Tarareo esta especie de rabia que se canta en la radio, en la calle, en la playa y en mi cabeza. Más que música, El fallo, de Creole New Generation y Jiggy Drama, parece un lamento sordo lanzado desde el meridiano 82 de este archipiélago que aún está de luto por la pérdida de 79.000 kilómetros cuadrados de mar. Acá se siente más noción de lo esfumado que en el resto de Colombia. Como isleños, creíamos que el mar era nuestro, que el horizonte era nuestro. Hasta que despertamos ese 19 de noviembre y encontramos partida nuestra idea de eternidad. Resentimiento patrio por un fallo que convirtió las islas en un anzuelo popular.

En las calles de San Andrés, la brisa se vuelve más fría y el horizonte se congela. La radio promete otra vez soluciones invisibles. Suenan canciones que protestan en diferentes lenguas. Una generación canta el suplicio: “Voy a luchar por lo mío”, dicen Juancho Style, Hety, Zetta Zee, Billy, Gotex, Migue Man, Juanchito, DJ Maff e Independent Insular Sweety Band, desde ese colectivo que entendió que solo el arte puede traducir este momento.

A diferencia del resto de Colombia, el archipiélago fue colonizado por ingleses y neerlandeses. Por eso, lo que se conoce popularmente como “Colombia” se distorsiona un poco al llegar a las islas. Pese a todo, muchos aquí sienten orgullo de ser colombianos. Ellos quisieran perdonar las estrategias locas que terminaron enclavando nuestro mar en un mapa ajeno. Otro porcentaje ve en Nicaragua una especie de tío que, a punta de chancleta, quiere venir a corregirnos el destino. Y existe también un número importante de isleños que ven apagado el faro de este barco y preferirían abrirse paso a la idea de un archipiélago independiente. Logro imaginarme un pasaporte lleno de peces en lugar de sellos.

En medio de este sinsabor y estas ganas de emprender una lucha que ya parece perdida, aterrizo de nuevo en San Andrés, mi casa. Al llegar, encuentro más colores de los que recordaba, unos que no existen en el resto del mundo: solo en este paraíso. Encuentro también la amabilidad y la calidez de siempre, que me hacen olvidar que todos en la isla llevamos una pena por dentro.

Son las seis de la mañana del 13 de enero de 2014. Ha pasado un año y un poco más desde el fallo. Muchos han olvidado lo que sucedió. Por eso, nosotros (el fotógrafo, el equipo de SoHo y yo) quisimos recordar que este mágico lugar que aún hace parte de Colombia, estos 26 kilómetros de tierra, tienen olor de mañana, de madera y de sal.

La primera parada es a eso de las 7:30 de la mañana en el Hoyo Soplador, un lugar que quizá para algunos solo sea un atractivo turístico donde sale agua de las rocas, pero que para los que nacimos acá es un referente geográfico. Ya casi no se puede ver el mar por la disposición de artículos de consumo: pequeñas pinturas, fotografías y otros suvenires llenan las tiendas para turistas. Ellos, los turistas, llegarán en una hora y comprarán todas las formas imaginables de los paisajes isleños. Y nosotros tendremos que partir a la siguiente locación.

En el camino hasta las playas de San Luis, “donde vive la gente feliz”, solo veo colores: de las flores, del mar, de los techos, de las hojas de diferentes tonos. La playa se asoma por todas partes. Las casas aparecen y se esconden. Es temprano todavía. De repente, paramos por una de las bebidas típicas de la isla: agua de coco. Para los de acá, es prácticamente como si el agua de la isla viviera dentro de un coco… y yo me la quiero tomar toda.

En una curva del mar saludamos a Bengué. El tiempo se detiene frente a su negocio, que, más que una simple venta playera de piñas coladas, es una excusa para matar las horas y no bajar al agitado centro. Cuando uno está donde Bengué, no hay reloj. Él tiene una bandera propia y unas bancas frente al mar. Allá todo se convierte en una acuarela con un número interminable de colores.

Para que el recorrido por la isla esté completo, paramos a comer crab patty o empanada de cangrejo. Para mí, las islas tienen sabor a jengibre y a leche de coco. Claro que también a pargo, a caracol y a pie de limón; sabor a menta, a ron, a té, a plantintá, a pulpo… El paladar de los isleños ha sido educado con sabores provenientes de islas cercanas, como Bermudas o Barbados, donde los ingredientes de mar juegan un papel fundamental en las comidas.

Acá se habla creole. Esa lengua, nuestra lengua, tiene sus raíces en el inglés y nos la heredó un británico que dejó su rastro en el tiempo. Yo quisiera hablarla más. Y bailarla más. Y rezarla más. El creole está lleno de palabras hermosas que nadie más conoce: biebi (en español, niño de brazos), piknini (arrullo), wifa (mujeriego), gial (mujer), wata (agua)... términos que constituyen la verdadera herencia.

La religión predominante no es el catolicismo o el cristianismo, como en el resto del país. Los credos que más se practican en la isla, colonizada por pastores ingleses, son el bautista y el adventista; el día de ir a misa es el sábado, y aún se conserva la formalidad al vestir para visitar el templo. Además, la música suele ser un coro góspel, característico de las iglesias afroamericanas.

El archipiélago de San Andrés —con Providencia y Santa Catalina, con todos sus islotes y cayos— tiene la categoría de Reserva de la Biosfera, y esta a su vez lleva el nombre del barco que trajo a la isla a los primeros colonos ingleses: Seaflower. Pocos fuera de la isla saben de cayos como Albuquerque o Bolívar, al sur del archipiélago, o de Quitasueño, Serrana y Serranilla, al norte, ahora encerrados por mar nicaragüense. No se los enseñan en el colegio. Ahora, después del fallo, algunos hablan de estos lugares como propios, pero no saben, por ejemplo, que Colombia también tiene límites marítimos con países como Jamaica, Costa Rica y Panamá.

Nuestra reserva es la única en el mundo creada sobre una entidad territorial; mejor dicho, todo el archipiélago, incluido el mar, forma parte de ella, una de las más grandes del planeta. Para nosotros, el tema de la conservación y el medioambiente no es una moda impuesta por quienes tuvieron abuelos o papás hippies; es una estrategia de supervivencia. Mi profesor Teo Castaño nos inculcó los conceptos sobre la fragilidad de las islas pequeñas, que desaparecerían si los “compradores de cosas”, esos consumistas que compran y compran, dejaban tirados empaques y plásticos en cualquier lugar del planeta, indolentes ante el efecto que esto tiene sobre nuestro archipiélago. Las islas son ecosistemas muy frágiles que no pueden convertirse en vertederos de lo que se produce en el resto del mundo.

Esto bien lo sabe Carson, el pintor primitivista que vive en la escenografía de sus deseos. Fiel a sus raíces, se niega a hablar en español. Su casa, anclada en la mitad del manglar del núcleo de la Reserva, da la impresión de un santuario sacado de otro tiempo. Carson parece haber encontrado la imagen perfecta de lo idílico. Ahora vive y pinta desde ahí. Nos recibe con la generosidad de una amistad antigua guardada en las pausas de no vernos a diario.

Al atardecer, al lado de Carson, hacemos una foto con un grupo de pescadores. Todos, incluido el equipo de producción, sacan sus celulares y se convierten en fotógrafos. Los pescadores, que posan a mi lado como modelos profesionales, nos regalan esa fraternidad tan propia de quien espera una sorpresa para escapar de la monotonía.

La jornada termina en la mitad del estadio de béisbol, el deporte insignia de la isla. Estamos tirados sobre un pasto que parece importado. Llegamos a ese momento eufóricos y también nostálgicos porque descubrimos una complicidad en el color, la sorpresa y la luz.

Al día siguiente, 14 de enero, el encuentro es en el puerto de la Armada Nacional de Colombia, a las 9:30 de la mañana. La teniente Jaramillo y el capitán Rubio nos esperan con la tripulación de guardacostas de San Andrés que nos llevará a Cayo Bolívar (también conocido como Isla Bolívar), uno de los 15 islotes de este archipiélago. Ellos nos dan las instrucciones del viaje, que dura alrededor de una hora y media, dependiendo del estado del tiempo: “Se tienen que poner el chaleco y guardar sus cosas —nos dicen—. Si se marean, nos avisan… Y, por último, ¡disfruten!”.

Las tres lanchas en las que vamos fueron diseñadas en Colombia por Cotecmar, un departamento de investigación que hace parte de la Armada, y tienen sillas ergonómicas que impiden el rebote de los pasajeros al golpear las olas. Tengo entendido que la Armada ha avanzado mucho en temas de desarrollo y tecnología, y hoy incluso les vende buques a otros países, como Brasil.

El oleaje arremete contra nosotros y sufrimos el temible mareo. Confieso que la noche anterior había pedido al cielo que no pasara esa pena, parece que el ruego no fue escuchado. Pero cualquier indicio de enfermedad se desvanece después de una hora y media, cuando se asoma una pequeña isla de arena rosada. Solo queda saltar del bote para tocar ese pequeño paraíso.

Estamos en el atolón, de 6,4 kilómetros de longitud, que está rodeado del mar más azul del mundo. Hay un faro y un puesto militar, y están los infantes de marina de turno, que duran 30 días allá mientras esperan el cambio de guardia. Desde 1972, la Armada tiene presencia en los diferentes cayos del archipiélago. Nadie habla de conflicto o de guerra. Todo está tan tranquilo como siempre.

Cayo Bolívar es casi virgen, si es que eso es posible. Se recorre en tres minutos y tiene el orden de los lugares sagrados. Las fotos salen fácil, solo se necesita llegar a este escenario natural. “Cualquiera se inspira en un sitio como este”, escuché.

Teníamos que apurarnos, pues a las cuatro de la tarde debíamos regresar a la isla mayor. De vuelta, el camino fue mejor. El mar se convirtió en un espejo donde se dibujó el atardecer. Luego, la noche apareció con una luna llena enorme. Guardaré ese momento para siempre.

Llegamos directo al restaurante Capitán Mandy. Teníamos sed de sopa de cangrejo y hambre de langosta espinosa, bread fruit (fruta pan) y langostinos. Misión cumplida.

El viaje me sirvió para reconfirmar que siempre perteneceré a este lugar. No hay nacionalidad ni pasaporte que me pueda quitar mi condición de isleña. Nada me hará olvidar la infancia libre que me otorgó el mar. Al final, Esteban, el fotógrafo, y su equipo partían a Medellín, y los demás regresaban a Bogotá. Mi cuerpo viajaría dos días después; mi alma se quedará por siempre.

FOTOGRAFÍA: ESTEBAN ESCOBAR/ WWW.ESTEBANESCOBAR.COM
DIRECTORA DE ARTE: LUCíA SOTELO
ASISTENTES DE FOTOGRAFíA: JORGE EDUARDO CASTAÑO Y ANDRÉS BUSTAMANTE /
MAQUILLAJE Y PEINADO: áLEX RAMOS
PRODUCCIÓN, LOGÍSTICA Y PLANEACIÓN EJECUTIVA: ALEJANDRA QUINTERO
PRODUCTOR DE CAMPO: JUAN MARIO GUERRERO
PRODUCCIÓN Y LOGÍSTICA ARMADA NACIONAL EN SAN ANDRÉS: TENIENTE MARíA DEL PILAR JARAMILLO
DETRÁS DE CÁMARAS: LEONARDO CASTRO
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES:
ARMADA NACIONAL DE COLOMBIA, COMANDO ESPECÍFICO DE SAN ANDRÉS Y PROVIDENCIA, Y OFICINA DE PRENSA DE BOGOTÁ.
HOTEL CASABLANCA AVENIDA COLOMBIA CON AVENIDA COSTA RICA
N.° 3-59, SAN ANDRÉS 0098, COLOMBIA, TEL. (8) 5124116, MAIL. vacaciones@hotelcasablancasanandres.com
ANDRÉS JARAMILLO Y SU BANDERA TRICOLOR EN TAPAS DE GASEOSA DE ANDRÉS CARNE DE RES, OBJETO ELABORADO EN SUS TALLERES DE MADERABLES Y OXIDABLES.
POLICÍA NACIONAL DE COLOMBIA EN SAN ANDRÉS Y PROVIDENCIA.
LÍDER Y ARTISTA RAIZAL CARSON HUDGSON Y SU ESPOSA CAMILA MALLARINO DE POSADA, NATIVA CARSON’S PLACE UBICADA EN EL SECTOR DE LA BAHÍA DEL COVE (ZONA NÚCLEO DE LA RESERVA MUNDIAL DE LA BIóSFERA SEAFLOWER-UNESCO 2.000).
TELéFONOS DE CONTACTO: (314) 251-8892-(321) 204-6087
ALONSO CORPUS PUESTO PLAYERO DE COCOLOCO EN LAS PLAYAS DE SAN LUIS.
MARCOS HARVEY ARCHBOLD PESCADOR DE LA COOPERATiVA DE PESCADORES ARTESANALES DEL CENTRO.
DAVID GORDON DE CASA MUSEO ISLEÑA UBICADA EN EL KILÓMETRO 5 DE LA AVENIDA CIRCUNVALAR.
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