Las tías abuelas son las tías de verdad, las tías de lugar común. Es a ellas a las que se les mece el bíceps debajo del brazo cuando se despiden. Ellas, por más viajadas y leídas, empiezan a enredar las letras y le terminan preguntando cuánto sacó en el examen del Ifecs. Y pueden ser ellas también las que le abren los ojos a uno sobre lo que se le viene encima cuando decide adentrarse en el misterioso —y a veces difícil de digerir— mundo de la paternidad. Eso, al menos, me pasó a mí.

“Mijo, no se me asuste con el meconio”, me dijo una tía abuela y, acto seguido, me explicó —con detalles gráficos que no pienso reproducir por la salud mental del lector— qué es el meconio. ¿Cómo así que los recién nacidos expulsan una sustancia gelatinosa color camuflado de soldado? Me dejó jodido. Quise borrar la imagen de mi disco duro, pero ya era demasiado tarde.

Fue entonces cuando la pronto mamá de mi pronto primogénito me hizo caer en la cuenta de que había llegado la hora de salir de nuestra ignorancia maternoinfantil: nos tocaba afrontar con dignidad el curso psicoprofiláctico, en el que el concepto del meconio, aunque cueste creerlo, se perdería entre términos de igual calaña, como el tapón mucoso, la amenorrea y el calostro. O, mejor, el calostrico, porque durante la gestación uno se trastea a un mundillo cursi y empalagoso donde todo es calificado con diminutivos: desde la caquita del bebito hasta el senito lactante de la mamita.

Pues resulta que la mamita y yo nos creemos superfrescos, entonces decidimos que era mejor hacer el tal curso ese en grupo y, de paso, ahorrarnos un par de pesos, que mal no vienen en épocas prenatales. ¿Qué nos importaba a nosotros, que nos juramos una ultrachimba, aprender a pujar en un salón comunal, sobre colchonetas, rodeados de otros papitos entusiastas? Craso error.

No me malinterpreten, es respetable, a mucha gente le resultan fascinantes las actividades grupales, pero no a mí: alguna vez practiqué yoga, y vivía más preocupado por evitar el deslizamiento involuntario de un gas que por perfeccionar la posición del gato erizado; en los talleres de liderazgo empresarial me cuesta abrir mi corazón ante los representantes del departamento de ventas, y envidio la personalidad de aquellos que disfrutan de las pausas activas oficineras, cuando un tipo enérgico en sudadera lo pone a uno a estirar con el vecino de puesto.

Pues un curso psicoprofiláctico colectivo puede ser peor que todo eso junto: uno corre el riesgo de que le den tapabocas al simular la estéril sala de parto (¿?) y de que les pidan a las mujeres ponerse patas al aire para practicar lo que en el ámbito obstétrico se conoce como el pujo: inhalación profunda, soplo tipo ponqué de cumpleaños, jadeo de perrito cansado. Algunos papitos, los más comprometidos, pueden gemir al compás de sus esposas, en un espectáculo tan deprimente que lo hace a uno acordar del porno soft ochentero.

También como en el mundo de la pornografía, hay una alta probabilidad de tener contacto con un seno. Pero no con uno de verdad, ni más faltaba, con uno de práctica. Sí: existe una especie de teta de entrenamiento que nos ayuda a los papis a entender cómo manipular una real, de carnita y sin huesito, cuando la merodea un recién nacido hambriento. ¿Quieren detalles? Olvídense. No pienso terminar culpado por un descenso en la tasa de natalidad de este país de pichones.

Me limito a contarles sobre las agotadoras sesiones psicoprofilácticas, que suelen terminar con unos desconocidos sincerándose: que un nené es el milagro de la vida, que están dispuestos a cambiar pañales hasta que les sepa a pañal…

Y uno lagrimea. Porque esa es otra: desde que le dicen que va a ser papá, a usted se le agua el ojo unas tres veces al día. Lloré, por ejemplo, cuando Nairo Quintana pasó al podio del Giro de Italia con su hija de 4 meses, Mariana, luciendo un gorro rosa; también cuando me topé en Telepacífico con la premiación de una competencia infantil de yudo en Tuluá. Qué tristeza.

Pero volvamos al curso, que es lo que acá nos atañe: no fui capaz. No soy el tipo relajado que pensaba. Terminé aprendiendo a pujar en el sofá de mi sala, sin extraños, sin reflexiones públicas, sin pena ajena, sin tanto diminutivo. Ya ahorraré para cremas, pañales y jardines.

Pero no crean que me salvé. Igual, me tienen hablándole a la barriga donde reposa mi hijo a través de un tubo de papel higiénico, simulando partos vaginales, sacándole gases a un oso de peluche… Estoy seguro, eso sí, de que a la hora de pasar del muñeco al niño voy a ser un desastre. No me importa: tengo unas ganas las berracas de que nazca ya. Por él, estoy dispuesto a aprender de tapones mucosos y fuentes rotas. Y no me asusta convertirme en un papito de verdad y terminar comprando un estuche de cinturón para el celular.

Quiero alzar ya a Benjamín, limpiarle los mocos. Quiero enseñarle a montar en bicicleta con y sin rueditas. Quiero explicarle que el Deportivo Cali es el mejor equipo del mundo y, sobre todo, que es más decoroso ser hincha de un club que solo gana a veces. Quiero ver el espectáculo de él dormido sobre su mamá. Quiero cantarle Había una vez una iguana y Noche de bodas, de Sabina. Quiero todo eso, sí, y no me importa hacerme meconio del susto cada vez que pienso en su llegada.

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