Lo primero que hago cuando me levanto es meterme el dedo en el culo. La puntita, nomás. Lo mío es breve: bastan unos segundos de dedo-en-culo. Si hay un inesperado excedente de mierda, la limpio con papel higiénico, Si no, continúo con el procedimiento. Cubro una de mis fosas nasales (cualquiera de las dos) con el dedo utilizado, inhalo con alegría.

Después, recién después, me lavo las manos. Antes era, digamos, más tímido: mantenía el dedo a cierta distancia de la nariz y simplemente, olía. La decisión de inhalar llegó de la mano de la experiencia, que va animándolo a uno a correr riesgos en aquellos territorios que domina. ¡Ah, qué placer! Lo hago otras veces durante el día (la trasnoche es ideal), pero solo cuando estoy en casa y, por supuesto, cuando nadie me ve. (Me fascina ver malas series de televisión)


No sé cuándo descubrí que mis propios hedores me fascinan: supongo que fue cuando niño. En los niños está permitido este tipo de cosas (los pediatras nos dieron permiso para descubrirnos). En los perros de cualquier edad, también. A quienes suele censurarse es a los adultos humanos. En todo caso, la pregunta debería ser “cuándo descubrí que mis propios hedores seguían fascinándome”. Porque hay más, claro que hay más. (El semen como ingrediente de cocina)

Todos los varones estamos dispuestos a reconocer que nos encanta rascarnos los huevos. A menudo asociamos esa práctica con el disfrute del ocio, apoyados en la falacia de que aquellos que trabajan mucho no tienen tiempo para rascarse los huevos. Sin embargo, deberíamos admitir —al menos yo estoy dispuesto a hacerlo en este momento— que nos deslumbra el olor a huevo cuando impregna las manos (ahora ya no hablamos solo de los dedos, porque la palma también puede participar) y cuanto más penetrante es, mejor: cuando sentimos, aunque no lo veamos, que se forma una especie de caldo grasiento, cuando el “sudor de huevo” adquiere algo así como un espesor que pegotea los dedos.

Para los no iniciados en estos asuntos, hay que decir que el perineo —el punto limítrofe entre los huevos y el culo— es un lugar exquisito, en la medida en que allí se juntan dos olores muy específicos, que mezclados dan lugar a una fragancia intermedia. (A qué sabe el flujo vaginal)


Los genitales nos reservan a los varones (las mujeres tienen sus propios olores deliciosos, pero no es este el objeto de mi estudio) dos olores más que valen la pena. Sujétese muy despacio el prepucio (si lo hubiera) entre los dedos pulgar e índice, y masajéese durante unos cinco segundos. El olor que quedará entre los dedos no es “a pis”; no, señor: es un olor suave, como a leche tibia. Y hablando de leche tibia, el olor a semen, que Wikipedia describe, no sin cierta poesía, como “dulce y afrutado”, también tiene lo suyo.

Pero tengo que bajar de esa zona, para que no piensan que es la única que puede proporcionar felicidad olfativa. Vamos a decirlo: los sobacos también son fabulosos. Sé que hay gente a la cual le gusta olérselos directamente, es decir, de la nariz al sobaco y del sobaco a la nariz. Yo prefiero casi siempre la mediación de los dedos índice y/o mayor: tocarse el sobaco, llevarse los dedos (si están mojados, mejor) a la nariz.

En general, mi estilo contempla la utilización de los dedos de las manos como medio de transporte de las sustancias que contienen mis propios olores. Los dedos de las manos, por ejemplo, hurgando entre los dedos y en la planta de los pies (las zapatillas no me van ni me vienen: los pies en sí mismos son mucho mejores) para traer hasta mí aquello que el ingenio popular bautizó alguna vez como “olor a queso”. (Por qué a los hombres les gusta el olor a sexo)

Los dedos de las manos hurgando entre los oídos para quitar la cera. Los dedos de la mano izquierda para el oído derecho, los dedos de la mano derecha para el oído izquierdo, aunque en este caso, ay, lo esencial no es tanto el olor, sino más bien el penetrante sabor amargo de la cera, que tarda bastante tiempo en irse. Nunca conversé sobre estas cosas con nadie, porque uno no suele conversar sobre sus placeres solitarios con los demás, en especial si estos no están lo que se dice “bien vistos”. Si le parece que todo lo que digo es un disparate asqueroso, tómese diez minutos para sí mismo antes de bañarse y después me cuenta. O no me lo cuente, si no quiere.

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