Sé de carros lo mismo que Eduardo Pimentel de ética; lo mismo que Álvaro Uribe de etiqueta.

Por eso, aun no entiendo por qué terminé comprando el viejo Willys que aun hoy estorba en el parqueadero de mi edificio y por culpa del cual estoy a punto de quebrar a mi familia, de dejar a mis hijas sin educación y de colgarme en el crédito hipotecario que tomé hace dos años.

Un Willys, para quien no lo sepa, es uno de esos jeeps que suben las montañas del viejo Caldas con una capacidad para trepar que sólo se ha visto en Juan Lozano. Algunos tienen casi tantos años como José Galat, pero, a diferencia de él, aun funcionan con vigor. Y todos arrancan con un ánimo sorprendente, como Juan Manuel Santos.

Son unos carros poderosos, unas máquinas formidables; unas reliquias de la segunda guerra que andan por los montes colombianos como si fueran los pedazos vivos de un museo. En la zona cafetera son fundamentales para transportar carga pesada por trochas inclinadas sin que nada los detenga. Se sabe de Willys que han cargado cinco toneladas de bultos de café sin mostrar fatiga alguna; y existió uno que incluso fue capaz de transportar a Junior Turbay sin vararse más de dos veces.

En un paseo a la zona cafetera que hicimos mi mujer y yo, cometimos el error económico de nuestras vidas: nos dejamos llevar por un rapto de amor patriótico y decidimos que compraríamos un Willy. Finalmente, junto con la camioneta Renault 12 break de color verde manzana que vende merengones con el baúl abierto en los bordes de las autopistas, el Willys no es un carro sino un símbolo nacional.

No sé qué falló. No sé por qué lo hice, si nunca me han gustado los carros. Desde que tengo uso de razón me despiertan ronchas los seres humanos que hablan de camionetas con un entusiasmo adolescente y elitista que detesto por instinto. Digo más: siempre he sospechado de los señores bogotanos que pertenecen a clubes de carros antiguos: son los mismos que usan foulard y llevan en el meñique anillo de oro con el escudo familiar.

No sé qué fallo, digo. Pero en medio de esas vacaciones me parecía que eso Willys que surcaban las montañas no estaban exentos de cierta poesía, y por eso, cuando en una plaza nos topamos con un letrero que advertía que había uno a la venta, la curiosidad nos llevó a preguntar cuánto podían cobrar  por una reliquia de estas.

Hay pocas maldiciones tan profundas como ser un señorito burgués bogotano. Cuando me dijeron que costaba tres millones de pesos, me pareció un regalo: hay bicicletas que valen eso, le dije a mi mujer. Es una ganga. No tenemos carro para el pico placa. Y además es rojo, del color del glorioso y siempre altivo Independiente Santa fe.

El color ha debido decirme algo, porque, tal y como le sucede al Santa fe, el carro anduvo bien solo al comienzo. Dos semanas después teníamos al Willys varado en la casa con un mecánico que lo examinaba.

-    Eso debe ser un mugre de la gasolina.

Lo llevamos al taller. No era que la gasolina tuviera un mugre: era que estaba más sucia que el ministerio de agricultura tras el paso del “Pincher” Arias.

Le cambiaron el tanque. Me cobraron dos millones de pesos. Me lo entregaron, una vez más, frente a la casa. Pero cuando al día siguiente no encendía y llamé de nuevo al mecánico.

-    Eso debe ser la batería.

Y se lo llevó. Y lo trajo de regreso, dos semanas después, con la batería intacta pero daños nuevos en el motor. ¿Cuáles? No tengo ni idea. Soy un ignorante. Ya les dije que sé tanto de carros como Eduardo Pimentel de ética y Álvaro Uribe de etiqueta, o al revés, que también funciona: como Uribe de ética y Pimentel de etiqueta.  

El hecho es que la dinámica con el carro era esa: se lo llevaban con un daño determinado y lo regresaban con un daño nuevo en alguno de estos tres elementos: el chicler, la bomba y la manguera. No sé ni cuál bomba ni cuál manguera ni qué quiere decir chicler. Sólo sé que mecánico tras mecánico todos fueron abusando de mi ignorancia y utilizaban esos términos para cobrarme, cada vez, dos millones de pesos: a veces se dañaba la bomba de la manguera, otras veces la manguera de la bomba, y a ratos volvía a fallar la batería y el chicler. Y el radiador una vez.

Por culpa del Willys me adentré en la lógica de quienes terminan padeciendo una quiebra: ya le he medio tanto dinero que la única manera de recuperarlo es seguirle metiendo. Tontamente me resisto a perder lo que ya le invertí y tengo la falsa esperanza de que alguna vez el carro funcionará bien. De modo que, metódicamente, sigo entregando dos millones de pesos al mecánico de turno –“este sí es el único que sabe de Willys en Colombia”, suelen presentármelo- que me los quiera cobrar por llevárselo un mes y decir que tenía dañada la bomba y la manguera y el chicler y el radiador y que además tenía un mugre.

Mugres los mecánicos, más bien. Son casi tan incumplidos y miserables como los contratistas de obras. Y mugre yo, que he puesto en riesgo el placer feliz de no saber de carros. Pero ya aprendí: aprendí que los Willys son bonitos libres, en su hábitat, cuando andan silvestres por las colinas y se juntan y aparean con otros ejemplares de su especie: cuando cargan por delante costales, y gallinas, y campesinos como si fueran ellos mismos agentes de la seguridad democrática.

Por eso he tomado la decisión de que tan pronto el décimo mecánico arregle el chicler de la bomba de la gasolina, iré con toda mi familia y liberaremos el carro. Nos iremos hasta el Valle de Cocora. Nos bajaremos en la orilla del camino. Le daremos un empujón para que se anime a irse con los suyos. Y nos quedaremos abrazados, mi mujer y yo y mis hijas, mientras el carro arranca solo y se pierde en una montaña cafetera y el sol de los venados se oculta en el poniente.

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