Desde el comienzo del mundo, el mundo ha estado siempre al borde del fin del mundo. Para comenzar, basta repasar las imágenes de la Tierra primigenia que se muestran en los documentales de historia natural: supervolcanes, tormentas eléctricas, olas de decenas de metros de altura, maremotos, terremotos, bombardeo inclemente de meteoritos. Todo en una escala inconmensurable.

Si uno lo mira en la escala geológica, la Tierra se la pasa de fin del mundo en fin del mundo. Extinciones masivas de flora y fauna, placas continentales que chocan unas con otras desde tiempos inmemoriales, sequías, glaciaciones, avances y retrocesos de desiertos que se lo llevan todo por delante... La selección natural, que es el mecanismo de la evolución de las especies, es una aterradora sangría de individuos, poblaciones y especies enteras para quienes el fin del mundo puede llegar bajo la forma de un inesperado depredador o a causa de un cambio repentino en el entorno que los borra de la faz de la Tierra.

Pero no solo están las catástrofes que a cada rato provoca la madre naturaleza. Amenazar con cataclismos y el fuego eterno ha sido y es un mecanismo muy eficaz que han utilizado los poderosos para someter a los pueblos y mantenerlos obedientes. Nada más obediente que un individuo asustado. Si nos remitimos a La Biblia (el libro sagrado que nos tocó en suerte), allí abundan expulsiones del paraíso, sacrificios de hijos, hermanos que se matan entre ellos, diluvios universales, profecías de destrucción, de venganza, de ira divina.

Aún en estos tiempos, en los que en teoría prevalece la ciencia y la razón, el miedo al fin del mundo está más vivo que nunca. Y no solo a causa de la teoría maya o de la enésima reinterpretación del Apocalipsis o de las profecías de Nostradamus. Y es que esas profecías están escritas de manera tan críptica que un mismo verso se puede interpretar como una predicción contundente y concluyente  del ataque a las Torres  Gemelas  o el desastre de la selección colombiana de fútbol en el Mundial de Estados Unidos 94.

La ciencia misma, a través de los documentales que transmiten canales como Discovery o Nat Geo, se encarga de darle un falso cariz racional a la cultura del miedo. En algunos casos recurren al artificio de comparar los mecanismos de supervivencia de las especies con el comportamiento psicótico de los asesinos en serie. Les encanta bautizar sus documentales con títulos tan amarillistas como  Tiburón, la máquina asesina. También recurren al arma del miedo con programas hipotéticos en los que predicen como muy posibles escenarios extremos muy poco probables de incendios que arrasan con la costa este de Australia, marejadas que inundan a Londres en cuestión de horas y erupciones de supervolcanes que arrasarían continentes enteros y llenarían la atmósfera de partículas y cenizas que taparían por años la luz del sol.

Y cómo no caer en el pánico que provoca este estado permanente de fin del mundo inminente si a todo lo anterior se agregan miedos que son consecuencia de la ciencia misma y de su brazo armado la tecnología. La  guerra nuclear, el cambio climático provocado por la emisión desaforada de dióxido de carbono y metano. La destrucción de páramos, bosques y selvas a nombre del progreso y el desarrollo. La degradación de ríos y océanos como consecuencia de la contaminación. Ante semejante panorama de ficciones, suposiciones y realidades que nos abruman, resulta apenas normal que los seres humanos vivan convencidos de que el fin del mundo está cerca. O al menos puede estar cerca.

El miedo es el arma por excelencia de los caudillos enemigos de la democracia y de la libre circulación de las ideas. Cuando se manipula el miedo y la aversión (a un país vecino, un pueblo o una ideología), un país entero puede caer en las más perversas manos, y hacerlo con las mejores intenciones porque lo hace a nombre de la defensa del bien, de la moral, de las buenas costumbres.

Pero resulta que a veces los pueblos vencen el miedo. Recuperan el sentido de las cosas  y descubren que hay vida después de los caudillos. Como dice la frase del folclor del fútbol, "los hombres pasan pero la camiseta queda".

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