Me decretarán el extrañamiento, el exilio, la deportación aun de mi propia casa —como si fuera una intrusa—, porque no me interesa, no le encuentro gracia o gusto y, mucho menos, arte a un deporte en el que once tipos contra otros once corren de arriba abajo de la cancha, sudorosos, esquivando zancadillas, codazos y empujones para patear una pelota —el esférico, dicen los comentaristas—, con un solo propósito: meter gol a uno de los dos arqueros, los únicos jugadores que pueden usar las manos en un deporte que se juega con los pies. Hora y media en la que, en promedio, cada jugador no alcanza a tocar el balón ni cinco minutos, pues, como dice Valdano, “al balón hay que quererlo mucho, pero tenerlo poco”. Increíble tanto esfuerzo, tanta carrera, tanto sudor improductivos.

Durante un mes, tendré que suspender el uso de la aspiradora y de la olla pitadora si hay partido en las mañanas, y ajustar los horarios y reprogramar los planes familiares en función del Mundial. El fútbol es la excusa perfecta para no almorzar donde su suegra, no hacer la visita semanal a la mamá, cuadrar reunión de amigos sin parejas, cancelar una sesión de trabajo o una cita médica y, claro está, evitar hablar de temas personales. Usted, tan poco comunicativo en esa materia, puede, sin embargo, sostener sesudas y eternas conversaciones sobre un partido: si el árbitro pitó bien un fuera de lugar, qué hubiera pasado si tal jugador no se hubiera lesionado o si el técnico hubiera cambiado a Y por Z en el segundo tiempo. Cuando habla de fútbol, puede arder la casa o morir alguien de infarto y no se da por enterado. También puede olvidar el aniversario de matrimonio o el cumpleaños de su novia, pero nunca quién marcó el primer gol de la selección argentina en el Mundial del 74, o la alineación de Alemania en el 70, o el goleador del Mundial en el 98.

Durante un mes, el personal masculino de mi familia entrará en ‘modo de mundial’ y no hablará sino de fútbol. Lo mismo harán mis colegas de RCN Radio y allí donde haya hinchas. Ya no pensarán una vez cada minuto en fútbol, sino todo el tiempo. Mucho más que en el sexo, que les come el seso una vez cada 52 segundos, según una investigación de la británica Universidad de Hertfordshire. Quién lo creyera, el sexo desplazado por el fútbol, mejor un tiro de esquina que un ‘polvo’. Durante 30 días, la testosterona alcanzará sus niveles más altos, pero no para hacerlos efectivos en la cama sino frente al televisor. Luego de un gol (“el orgasmo del sexo”, escribió Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra), los hinchas preferirán besarse y abrazarse entre ellos, no a sus mujeres. Al fin y al cabo, un gol genera en el cerebro un efecto similar al del buen sexo.

Fútbol, la religión contemporánea —la llamó el filósofo español Manuel Vásquez Montalbán—. Religión laica pero con sus dioses (los jugadores estrella), sus pastores (los técnicos), sus profetas (los comentaristas), sus catedrales (los estadios) y su rebaño: los hinchas que se comportan como devotos feligreses. La razón suspendida.

Fútbol, la pasión que incluso comparten muchos intelectuales, que intentan disfrazar ese deporte de espectáculo estético: pura geometría euclidiana, la vida hecha metáfora, poesía colectiva, poesía del cuerpo en acción… Boludeces, la coartada perfecta para su pulsión vergonzante que los homologa con la mayoría de los machos, que tienen vínculos afectivos con el deporte porque les recuerda su infancia y encuentran en el fútbol el pretexto para liberar al niño que llevan dentro.

La locura mundialista se avecina. Los periódicos publicarán en las primeras páginas sus momentos estelares, y los noticieros de radio y televisión le dedicarán mucho más tiempo del ya excesivo que hoy le destinan al fútbol. Las jugadas y los goles de esos jugadores en calzoncillos que orgullosamente sudan la camiseta serán el pan de cada día. No sabré entonces de qué hablar y tendré que huir con mi música a otra parte. Y seguiré preguntándome qué diablos ven los hombres en el fútbol.

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