El desorden se construye con morritos y montones, y estos se forman más o menos de la siguiente manera:

Hay un espacio entre el nochero y la pared, en toda la esquina de la habitación propia. Imaginemos que uno llega un día con una cajita del mismo tamaño que una de zapatos infantiles. Es la publicidad de un producto que reproduce, a la manera de los libros con plegables animados, una caja de música con bailarina y radiola. Es una pendejada, pero es lo suficientemente curiosa o bonita para no tirarla a la basura, aunque tampoco es que den ganas de ponerla en la sala de la casa, entonces uno la deja ahí, en el espacio entre el nochero y la esquina de la habitación. Cinco días más tarde uno entra afanado, con un montón de recibos y la revista de la EPS, que es gratuita, poco interesante y aún está empacada en una bolsa plástica. Suena el teléfono y uno, por la premura de contestar, tira de lejitos la revista para que caiga en el nochero, y sigue derecho hasta caer, simétricamente, encima de la caja de música. A la semana uno deja ahí un flyer, y luego el catálogo de un supermercado, y un muñeco para armar que venía en un huevo de chocolate, y luego un borrador, una canica, una llave que ya no abre nada, una etiqueta de ropa, unas facturas, más flyers, un fólder, una carpeta, otra revista, esta vez leída, un cubo de Rubik, más catálogos…

Esa especie de núcleo del desorden, ese montón heteróclito que se forma en las esquinas o bordes de las habitaciones, según mi amiga Pía Escobar, se llama gurrunera. Yo, que encuentro fascinantes las cosas sin nombre y aún más la capacidad de encontrarles uno, me apropié de la palabra. Aunque gurrunera sea una palabra venezolana para ‘madriguera‘, y sea también un vocablo aragonés que significa ‘quicio‘, y una pieza del torno de alfarería, me pareció que por fonética se ajustaba a la perfección a este nuevo significado: Gurrunera f. coloq. Dícese del montón de cosas que se van apilando sobre el suelo, en las paredes o esquinas de las habitaciones.

Eventualmente, en casos extremos, una gurrunera puede llegar al techo. Las gurruneras se parecen a los agujeros negros en que ambos atraen materia. Yo conocí una habitación que había sido tomada por una gurrunera. Un caos de libros, revistas y, sobre todo, recortes de periódico que había crecido como una capa de maleza encima de una biblioteca, se había tomado el piso y había trepado en asientos y escritorio. Increíble. Las gurruneras comunes, por lo general, tienen una tasa de crecimiento que depende del nivel de desorden de su propietario y el volumen de circulación de materiales; y un tope, que suele estar por debajo de la altura de la rodilla. Cuando una gurrunera empieza a hacerse conspicua es cuando uno se enfrenta al dilema de disolverla (archivar lo necesario, encontrarles puesto a algunas cosas, botar todo lo demás) o, en su defecto, abrir una segunda gurrunera. Una persona con tres gurruneras ya es un caso de abandono.

El antropólogo Edward T. Hall, en The Hidden Dimension (1966), traducido al español como La dimensión oculta, puede servirnos para explicar el motivo de las gurruneras: estas responderían a que los humanos, sobre todo en Occidente, tendemos a querer rellenar los espacios que consideramos ‘vacíos‘. Existe, además, una expresión latina para describirlo, horror vacui, que significa ‘miedo al vacío‘. La gurrunera podría responder a comportamientos enraizados en nuestro ADN o latentes en nuestro inconsciente colectivo.

En nuestro cuarto, mi esposa y yo hemos empollado una gurrunera. Se trata de una maleta en una esquina sobre la que hay papeles, ropa y un par de estuches. En el estudio y cuarto de huéspedes hay otras tres. Dos son de mi autoría, y una de ellas ha tenido un crecimiento pausado pero decidido. Hace más o menos dos semanas trepó a la mesa del televisor. Pienso que algún día de estos voy a tener que ordenar e inmediatamente huyo a la sala, donde no hay gurruneras y, por lo pronto, estoy a salvo.

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