Si a uno le produce tanta alegría, emoción y felicidad ver, hablar, bailar o hacer el amor con una meretriz, es decir, si a uno le parecen tan del putas las putas, ¿por qué uno no es más machito y mejor, le hace la despedida a la novia con la que lleva muchos años y al otro día va y se casa con la cortesana para que su vida sea una putería?

Conquisté el corazón de una mujer ejemplar, fui un novio virtuoso, le di un anillo de compromiso divino, me gané el amor y el cariño de toda su familia, creo que ya me merezco una puta. Y es uno mismo el que decide que una bailarina que se frota contra un tubo despida de manera honorable nuestra soltería. Que un par de glándulas mamarias untadas de aguardiente y lamidas por uno y diez amigos más sean la mejor forma de dar inicio a esos votos de confianza, de fidelidad y de una vida sexual plena con aquella mujer cara de novia que va a ser la mamá de los hijos de uno. Y si uno se casa por la Iglesia pues, lo que Dios unió… Que no lo separe ninguna de las pelanduscas que anotaron mi celular anoche.
—Mi amor, ante los ojos de tus papás, de tus hermanos, de tus abuelitos, de tus amigas, de tus jefes y, sobre todo, de estos pajecitos, prometo serte fiel pero eso sí, a partir de la fecha porque anoche el pajecito era yo.
La mayoría de la gente cree que las despedidas de soltero son una manera de resetearle a uno el órgano viril y que lo sucedido unas horas antes del matrimonio ya no importa. Los solteros se despiden saludando a la hipocresía porque es muy mal vista la infidelidad en el matrimonio, que ocurre por esos líos que a nadie le tienen por qué importar pero no se condena y, al contrario, se permite, se aplaude y se celebra que un tipo que está a pocas horas de casarse se vaya a abejorrear con una fulana a la que la contratan para que despida. Y si ellas son tan indispensables en esa etapa crucial del novio, si ellas prepararon al macho para su nueva vida pues, por pura delicadeza, debería haber una mesa exclusiva en el salón de la recepción del matrimonio para las libertinas. Sobre la mesa deberían reposar los nombres de Cristal, Melanie, Verónika, Candy, Tifanny y Yumiglis. Se deberían tomar fotos con la familia y antes del brindis del padre de la novia, deberían ellas hacerle recomendaciones a la recién casada:
—Ana María, anoche sentimos a Francisco muy rogado para hacer el puercoespín… ¡Pilas! 
Amigos, amigas, tías, papás –y casi que el cura es el que más– aprueban esa conducta. Mientras las amiguis de la novia contratan a un titicaco con máscara de El Santo para que les baile en la sala de una casa o se van a ver una coreografía de un Y.M.C.A. criollo, la prometida se ve en la obligación de darle salvoconducto a la pistola de su prometido porque somos una sociedad doble que empieza en la Zona T de la 82 y termina en la Zona T (tolerancia) de la 22.
¿Cómo puede uno llegar a su noche de bodas enguayabado, con la espalda llena de rasguños y oliendo a cliente?
Claro, no falta el que justifique lo que pasa en una despedida de soltero echándole la culpa al trago: es que nos tomamos como cinco garrafas entre cuatro. Pero si uno cree tener la sapiencia, la sensatez y el suficiente peso en las brevas para casarse pero todavía no se ha pillado que ni el licor ni el dinero cambian a la gente, de pronto es que a uno le hace falta envolverse un ratico en papel periódico para madurar y por eso casarse no es buena idea, y peor aún sería ponerse a deseducar hijos. Es preferible reproducirse con la niña de la despedida de soltero y que en la casa haya otro hijo de puta, igual a uno. 
La anécdota ganadora
“En la despedida de soltero de un amigo, él pidió un trago que lo relajara y le dimos Old Parr. ¿Y saben qué dijo al tomarlo? Me caso, pero con Old Parr”.
Eduar Valencia.

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