Veinte días han sido suficientes para demostrar el grado de estupidez que puede alcanzar la humanidad. Ese, mal contado, es el tiempo que ha pasado desde que Nintendo lanzó al mercado el Pokémon Go, un juego de realidad aumentada que tiene a millones de personas literalmente enloquecidas. Mientras que los directivos de la compañía japonesa deben estar relamiéndose porque al fin les volvió a sonar la flauta, el resto de nosotros asistimos, anonadados, al lamentable espectáculo que están dando los seguidores de Pikachu.

Pero déjenme guardar los ejemplos para más adelante. Antes de seguir, contemos, para los que aún no saben, de qué se trata esta historia. Pokémon —la contracción de “Pocket Monster” o “Monstruo de bolsillo”— nació en 1996 como un videojuego de un éxito arrollador que se convirtió luego en una serie de televisión. El objetivo principal —que se aplica también en esta nueva versión del juego— es atrapar diferentes especies de monstruos ficticios.

La innovación del Pokémon Go es que, por primera vez, se han combinado los espacios reales (el juego usa Google Maps para ayudar a ubicar los monstruos en sitios que existen de verdad), con el mundo virtual. Así, basta con poner el celular frente al espacio donde esté el Pokémon para verlo en la pantalla. La gran novedad es que Pokémon Go logró sacar a la calle a los geeks de los videojuegos, que antes se pasaban horas encerrados en sus cuartos frente al televisor.

Y ese es el problema. Que en su afán por atrapar a los monstruos virtuales, los jugadores han olvidado que el resto de la humanidad existe. ¿Cómo explicarles, por ejemplo, que Auschwitz, el mayor campo de exterminio Nazi durante la Segunda Guerra Mundial, no es el mejor lugar para ir a atrapar sus bichitos? No es broma: los directivos del campo ya tuvieron que vetar la aplicación porque varios fanáticos entraron buscándolos.

Lo triste es que ese es apenas el comienzo. En la red social Imgur, Jonathan Theriot publicó una foto de su esposa en pleno trabajo de parto —cara contraída por el dolor, barriga de nueve meses—, mientras a su lado aparecía un Pokémon que él intentaba agarrar. No creo que eso merezca comentarios, ¿o sí? Y así podríamos seguir, ad infinitum: en Ohio trataron de entrar a una central nuclear; en Cali (aquí también nos contagiamos, por desgracia), varios fanáticos intentaron ingresar a la fuerza a una sala de urgencias en el hospital Cañaveralejo, y ya salió la noticia de que, en Estados Unidos, un tipo de 28 años llamado Nick Johnson se convirtió en la primera persona en completar el juego, luego de atrapar, de manera ininterrumpida durante ocho horas diarias, 142 Pokémon. 

En fin, basta con ver en internet los videos de las multitudes en el Parque del Retiro, en Madrid, o en el Central Park de Nueva York corriendo idiotizados con sus teléfonos al frente, para comprender que algo hemos hecho mal. Que la policía española haya sacado una serie de recomendaciones sobre cómo debemos comportarnos con el jueguito —diciéndonos que no olvidemos, por ejemplo, que un carro puede atropellarnos por tener la nariz clavada en la pantalla—, es una prueba fehaciente de que el fin está cerca. En eso estaba pensando hace poco, precisamente, cuando en la entrada de la oficina me encontré a un amigo con un cargo importante —o eso pensaba, pues— enganchado a su celular con Pokémon Go. Entonces acabé de convencerme: no hay remedio. Estamos jodidos.

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