Hace poco almorcé con un amigo. Yo iba tarde a la cita, pactada en uno de esos restaurantes de comida rápida donde se paga primero en la caja y se reclama la comida después, así que lo llamé para pedirle que fuera ordenando por mí. Al llegar al sitio, mi amigo había hecho el pedido, pero no lo había pagado. Yo no esperaba que me invitara, sino que pagara para después reembolsarle. Así se lo hice saber y luego pensé que era un miserable. Ya con la cabeza fría y mientras hablábamos, entendí por qué lo había hecho: mi amigo es periodista.

Es un oficio de muertos de hambre el periodismo, donde un par de miles de pesos hacen la diferencia. A la gente con mejores sueldos le puede costar entender, pero quienes hemos pasado por esas entendemos lo que es hacer cálculos para saber si se puede o no comprar cualquier cosa de más. Si es periodista, mire su sueldo y compárelo con el de alguien equivalente en otra profesión; descubrirá que usted gana monedas. 

Los sueldos en periodismo son bajos porque a quienes lo ejercemos nos apasiona, y los medios lo saben. Encima, hay mucha demanda. Yo me hice periodista porque en Economía las matemáticas me molieron a palo. Sabía que quería escribir, pero no quería terminar en comunicación social porque sospechaba que era una carrera llena de mediocres. Luego terminé matriculándome para comprobar que así era. No todos los que estudian comunicación son mediocres, pero sí muchos mediocres escogemos comunicación por descarte. Si usted fabrica aviones y se le caen, su empresa quiebra; pero si hace artículos, podrán ser malísimos que saldrán publicados en cualquier lado y nadie va a morir por ello.

Si usted, en cambio, tiene un medio, ofrézcale 11 pesos a un periodista que gane 10 y aceptará de inmediato porque sabe que detrás de él hay una fila que haría el doble de trabajo por 9. Y si se trata de un principiante, no le ofrezca plata, basta con que le diga que le está dando la oportunidad de publicar en un medio masivo. Pero si es dueño de una marca, regale cosas, que los periodistas nos derretimos por los regalos. Nos gustan más las cosas regaladas que las adquiridas con nuestro sueldo. De un almuerzo para arriba, nos vendemos por lo que sea. De hecho, varios almuerzos en restaurantes de lujo vi yo gorrear al amigo que esta semana no quiso pagar el mío. Yo he recibido todo tipo de dádivas: celulares, consolas de video, iPods, relojes y viajes, que es lo que me gusta. Prefería poder darme lujos con mi propio dinero, pero el periodismo se mueve con pequeños sobornos no declarados. A mí no me llevaron a Europa por mi linda cara, que ni linda es, sino porque esperaban algo a cambio. Ignoro si esté bien o mal, solo sé que así funciona la cosa.

Y hablo de cosas banales por no meterme en el periodismo político, aliado de tal o cual funcionario, pero enemigo de este otro. Cada medio tiene unos personajes a los que les casca con toda y a otros que ni los toca porque no conviene. Mientras el periodismo denuncia ollas podridas en las demás profesiones, pocas veces habla de la corrupción adentro de él mismo, pese a estar lleno de periodistas comprados o amordazados. Como dijo alguna vez Alberto Salcedo, somos uno de los gremios menos autocríticos del planeta. Y así seguiremos mientras vivamos de los anunciantes y estemos aliados con el poder. El periodismo vive denunciando conflictos de intereses cuando es un oficio repleta de ellos.

Otra cosa es que nos gusta figurar; nos seduce el poder. Salir en la foto, hablarle al oído al ministro, conseguirnos la chiva, la exclusiva, influenciar a quienes nos leen. Pura vanidad camuflada en una modestia y en una supuesta belleza del oficio que aún no hallo. Yo vivo soñando con que algo malo me pasa, que abusa de mí mi operador de celular, un hospital, un policía, para hacer la denuncia y armar un escándalo. Escribiría un artículo y pediría retuits. Saldría en televisión y me volvería trendig topic solo por abrir la boca buscando venganza.

Otra cosa que no sobra que hagamos los periodistas es dejar de fingir. Nos creemos defensores de la objetividad y la libertad, cuando ninguna de las dos cosas existen. Un periodista no es libre de decir lo que quiere, su verdad se tiene que adaptar a los lineamientos e intereses de su empleador. Es eso o renunciar e irse a otro lado, que a veces pasa. Basta también de ostentar superioridad moral, creyendo que el nuestro es un oficio sublime que está por encima de hacer empanadas o lavar baños. También deberíamos dejar de sobarnos la chaqueta, que a esta profesión no le cabe un arrodillado más, un adulador más, un lambón más. 

Aún así, y si les queda dicha en el cuerpo para celebrar, les deseo un feliz día del periodista a todos mis colegas.

@azableh 

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