Soy así con los compromisos que adquiero por intrascendentes que parezcan. Me importan tanto como si fueran proyectos ambiciosos, aunque se trate de un simple ejercicio de piano que debo mostrarle en privado a mi profesor en la clase siguiente o de algo más público, como esta columna. Por ejemplo, me preocupa horriblemente quedarme en blanco y no saber qué asunto tratar, entonces a veces pido auxilio a sus editores con mucha anticipación para que me den ideas. Me demoro en tener el texto listo porque lo volteo al derecho y al revés, además me fascina mi idioma, me deleito combinando las frases para que resulten precisas y expresen lo que me interesa comunicar. A toda esta gimnasia va adicionada una que otra manía, como no querer repetir palabras y poner más comas de las que exige la ortografía. Así puedo pasarme varios días tratando de perfeccionar lo que he escrito tal como si fuera a presentar una tesis de grado.

Me desconcerté mucho cuando al abrir la versión impresa de SoHo vi que le habían cambiado el título a mi artículo del mes de febrero. Originalmente se llama “Los pecados cometidos”, pero prefirieron encabezarlo con “El día que me besé con Amparo Grisales”.

El tema había sido una oportuna sugerencia de su director, pues yo aprovecharía la ocasión para referirme desde un diferente punto de vista al rayadísimo episodio de las escenas eróticas con la protagonista de Los pecados de Inés de Hinojosa.

Pero mi decepción fue muy grande cuando me encontré donde menos esperaba con el mismo síndrome abusivo del cual he querido huir desde que empecé a responderles preguntas a los medios de comunicación. Estaba feliz porque escribiendo yo misma me libraba de que pusieran en boca mía lo que se les antoja a quienes pretenden así producir un efecto más fuerte sobre el lector.

Este caso concreto me agrede de muchas maneras y aquí empieza mi diatriba, discurso para el que no soy muy hábil, entre otras cosas.

En cuanto a la forma, como autora de la columna, qué pereza leer un título con el cual nunca la hubiera bautizado por absoluta aversión estética. Primero, porque no soy de las que dicen “me besé con...”, así como nunca digo, “me soñé con...”, y, segundo, porque no acostumbro llamar a mis amigas por su nombre y apellido en circunstancias tan informales como hacen en las telenovelas. Ejemplo: “Quiero besarte, José Carlos Sanclemente Ortega” y esperpentos por el estilo.

Éticamente es una falta de respeto intervenir un texto ajeno sin autorización, y mucho más algo tan llamativo como el título, amo y señor del contenido.

Como columnista, no me toman entonces tan en serio, ya que pueden permitirse tamaña libertad, lo cual no creo que pasaría con ninguna de las respetables y renombradas firmas que hoy colaboran en los diferentes medios de este país y en esta publicación.

Como mujer, no puedo evitar sentirme manoseada por la intención vulgar de los que no se aguantan las ganas de morbosearse a costa de asociar nuestros nombres y usarlos para completar sus propias fantasías en público. Algo así como “efecto TransMilenio”.

Como vil objeto del pobre y miserable mundo del entretenimiento colombiano, la tautología desoladora: sigo siendo un vil objeto. Cuál columnista ni qué nada, pongamos al objeto a que hable del día en que “se besó” con la otra objeto, pues eso es lo que produce interés, la besada, la lesbianada, eso de los pecados cometidos es muy ambiguo, muy general, no tiene casi impacto, ni siquiera dice “Amparo Grisales”, y ese nombre solo ya levanta polvo. Léase esto último en todos los sentidos que quieran.

Alguien podría opinar que mi alharaca es exagerada ante una nimiedad como puede ser esa frase entre mil dentro de las otras mil ediciones publicadas y por publicar. Es el mismo caso de cuando a uno le dedican un piropo indecente y no vale la pena ir a poner un denuncio. Toca aguantárselo y limitarse a observar que precisamente en las pequeñeces cotidianas del comportamiento humano es donde se nota hasta dónde ha penetrado la estupidez de todo un sistema, siendo esta el fruto de estar al servicio de la inmediatez y del afán por aplacar el infinito tedio de los que no tienen nada interesante que hacer con su ocio. Pero sí, toca aguantárselo.

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