Con esa pieza de información inicié mi investigación. ¿Quién podría estar detrás de esta escena espeluznante? Diseñé el perfil del sospechoso: un hombre fuera de quicio, deprimido, frustrado. Mi olfato me condujo a los premios TVyNovelas. Ahí podía estar el perfil. Un resentimiento general se había apropiado del lugar: los actores que fueron a la ceremonia no ganaron ningún premio; y los que ganaron, no asistieron a la ceremonia. Para mayor tristeza, la proyección internacional de los actores colombianos quedó en entre dicho: ninguno estaba en la lista de Lindsay Lohan de los 36 famosos con los que tuvo sexo. Ni siquiera Manolo Cardona. Ni un Diego Cadavid quien, si hiciera el mismo ejercicio de Lindsay, no necesitaría una servilleta sino un mantel. Antes de descartar la pista, uno de ellos llamó mi atención: Pirry. Tal vez, de tanto husmear en casos tétricos, algo había podido cambiar en su interior. Lo estudié con atención. Al pasar al frente, se mofó: que por qué le daban un premio al mejor presentador si él no lo era; regañó a la audiencia porque el rating determina la programación; y no ahorró críticas contra el vicepresidente de programación de RCN por alterar los horarios de los programas como si fueran vuelos de LAN. Descarté a Pirry; no es psicópata, simplemente está enamorado de su arrogancia. A punto de aceptar que no contaba con ninguna pista, ocurrió el siguiente incidente. Una mujer oye una noticia. Ríe. Vocifera. Insulta. El espíritu de risa la embarga. Termina en una casa de reposo. Los móviles del crimen coinciden: noticia, risa, delirio. ¿Una nueva droga psicoactiva? ¿Una receta de los Rausch con pez león? ¿Una novedosa droga sintética? Eso me llevó a un nuevo perfil de sospechoso: consumidor y novedoso. Sin perder un segundo, me dirigí a la casa de Diomedes Díaz, hijo. Tenía una coartada. Su declaración fue contundente: “…Mis médicos y Dios saben que nunca he consumido nada”. Algo huele mal, frondio, como a concursante de El desafío, me dije. Interrogué acucioso, pero con respeto por los DD. HH. como en Guantánamo. Inquirí a Díaz Jr por su desmayo en un concierto. Confiesa: “Durante seis días metiendo ron, aguardiente y whisky en mi casa (…) y esa mezcla con trasnocho y sin alimentación me descompensó”. Lo descarté. El tipo cree que el trago es saludable. No le quedan neuronas. Donde a alguien le dé por regalarle el álbum de Panini, puede perder cualquier resquicio de inteligencia. Como ocurre con mis compañeros de oficina, reflexiono.

Comienzo a perder la fe. Veo el mundo con desesperanza. Me asalta la idea de que si queremos ver al Tigre en el Mundial de Brasil, tendremos que dejar que convoquen al Tigre Castillo. Me siento estancado, como Enrique Carriazo, haciendo el mismo personaje de Los Reyes, pero vestido de Dr. Mata. A punto de pensar que todo estaba perdido, llegué a una nueva hipótesis: las muertes pueden estar asociadas a una mujer trastornada. A una víctima del conflicto interno que aqueja al país. Víctima de ese enfrentamiento que no acepta despejes, cese bilateral de hostilidades, reparación, involucramiento de civiles inocentes. Víctima de la guerra sin tregua ni compasión que día a día libran dos fuerzas opuestas en ideología. Me refiero, claro, al conflicto entre Jairito Martínez y Amparito Grisales. ¡No más! Metámosle cascos azules a ese programa. ¡Pero ya no más esa trifulca! Caracol TV: ¿Qué hay que hacer? ¿Con quién hay que hablar?

Amparito casaba con el perfil del sospechoso (única forma de casarla). Procedí al interrogatorio:

—¿Rumbea?

Amparito, monda y lironda, confiesa:

—Todavía rumbeo, sin licor, solo un porrito de vez en cuando.

Al instante me salgo de casillas y vocifero:

—¡¿Amparo, y durante años nos hizo creer que era el Revertrex?! Compre y compre Revertrex, pero el secreto de la juventud estaba en otro producto —antes de despacharla, recomiendo a Amparito que se fume el porro antes de grabar. Que se relaje. Que se haga un masaje, una chocolaterapia o, si es por costos, una aguapanelaterapia.

Una última tragedia acaeció. Una mujer oyó una noticia. Comenzó a insultar. Desvarió. Cayó dormida. Se tragó la lengua. Murió. Al llegar al lugar del episodio, entendí lo sucedido. El forense describía: “Fallece por taponamiento de las vías respiratorias con lengua”. El fiscal describe: “Por ataque de risa tras chiste de Don Gediondo, mujer se atora con lengua en salsa criolla y patacón en restaurante del mismo nombre”.

No descubrí la verdad. Es normal, soy columnista y no detective. Al contrario de Daniel Coronell. Después me enteré de que el autor de estos crímenes fue descubierto: era Dios, el Dios de María Luisa Piraquive que la protege de las burlas. Ya se expidió orden de captura. Al oír la noticia, me entró el espíritu de risa. Vocifero. Desvarío. Insulto. Digo: “¡Mierda, yo soy el próximo!”.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.