Pasé por tres colegios, no precisamente por mala estudiante aunque suene inmodesto. A los 12 años resolví, literalmente, salvar mi salud mental huyendo despavorida del primero, donde alcancé a terminar segundo de bachillerato porque mi Dios y mi determinación son muy grandes. Nunca nadie en la historia de mi vida me ha despertado tanto terror como la honorable directora de mi primer colegio. Esta mujer rubia, de dientes enormes, alta estatura, voz metálica y expresión furibunda, era la comandante en jefe de un joven batallón de educadores, casi todos ellos norteamericanos energúmenos y pertenecientes a un peculiar movimiento cristiano del cual nunca volví a tener noticia. Ella, la directora y propietaria del colegio, me produjo desde el primer momento ese frío en los huesos que solo anuncian los malos presagios. Su mirada estaba siempre liderada por una ceja que parecía que tuviera vida propia. Esa ceja era famosa por su poder de intimidación, arma favorita para obligar al estudiante a obedecer. La escalofriante coreografía de la consabida ceja combinada con un discurso fundamentado en el Castigo Divino y articulado, a su vez, con una boca descomunal desde donde se asomaba una pianola interminable de muelas, hacían las delicias de mis peores pesadillas infantiles. El cénit del horror llegó cuando en un acto suicida de rebeldía resolví usar unas medias del Barcelona azul con rojo que me prestó mi hermano Martín, las cuales no pertenecían al uniforme. A primera hora de la mañana, la mujer, desde su lugar estratégico, alcanzó a ver cuando me bajé del bus y con qué cara de placer caminó hacia mí y me ordenó que la siguiera a sus tenebrosos cuarteles. Cuando cerró la puerta me acercó la cara de tal forma que parecía distorsionada por un lente gran angular, para decirme con toda su mandíbula: “De mí no se burla nadie, quítese esas medias”. De pronto, agarró una Biblia gigante como de la película Los Diez Mandamientos y me leyó un pasaje espeluznante sobre Satanás y la ira de Dios. Cómo olvidar aquella escena tan desproporcionada y a su carismática protagonista, quien me condujo a pensar que el diablo me había tentado por usar las medias del Barcelona, pero al parecer Dios era hincha, pues nunca me castigó por eso.

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