La vida me cambia apenas me volteo a mirarla, digo. Y sin embargo sigo oyendo, cada vez que me asomo a la sociedad, las mismas mentiras, las mismas excusas, las mismas escenas, las mismas sentencias que he oído desde que tengo memoria. Salgo a la calle y las veo. Prendo el televisor y ahí están. Abro los periódicos y las vuelvo a leer. Ya no más. Ya estuvo bien. Quiero decir, queridos graduandos, que la responsabilidad de alguien que tendrá el privilegio de graduarse es no caer en los lugares comunes que sabemos.

Denme un párrafo para explicarlo. La sociedad funciona hoy como ha funcionado desde el principio: como una gigantesca producción de Hollywood. Primero están esos "productores" sin rostro que mandan a escribir el libreto que debe seguir el mundo hasta que la gente solo sea una cifra en una gran calculadora. Después vienen esos "directores" que, a cambio de unos años de poder, ponen en escena lo pactado. Y al final estamos nosotros, estos "actores" que hacen planes para el próximo fin de semana, que nos dejamos manipular en lo público porque lo que en verdad nos interesa es lo privado. Nuestra responsabilidad (y nuestra salvación: nos devuelve en la intimidad la libertad que perdemos afuera) es volvernos buenos personajes: seres irrepetibles que logran escaparse de una manada de mediocres.

Lean algún periódico algún día de estos. Mírenlo de arriba abajo. Sin afanes. La realidad se cuela, como los ojos detrás de una máscara, en medio de todas las mentiras. Así que les será fácil sacar conclusiones como estas:

Futuros jefes: no se aferren a la silla del que manda, como estos dictadorzuelos tropicales que aguantamos, porque verse a nadie le gustan esos malos perdedores que mueren con el dedo índice levantado. Futuros yuppies: no se queden en las frases en spanglish ni en los gestos caritativos en un planeta que se cae de su peso. Futuros deportistas: no prometan triunfos. Futuros vagos: no se hagan los profesionales serios con una hoja de vida intachable. Futuros oficinistas: no se queden atrapados en trabajos sin salida, fingiendo que terminan un informe mientras revisan en el peligroso Facebook quiénes son mucho más felices que ustedes, listos todo el día a irse a la tienda de la esquina a reducir a sus jefes a las categorías de malnacidos o de idiotas.

Futuras celebridades: no se traguen el cuento de la fama (no se dejen volver bestias de circo) ni le gasten más tiempo a venderse que a hacer su trabajo. Futuros fanáticos: recuerden que solo una sociedad a medio hacer cree en personas mágicas, en villanos endiablados o en superhéroes de verdad. Futuros clientes: no confíen en nadie que les diga que tienen toda la razón. Futuros negociantes: no se acostumbren a pagar sobornos para ganar licitaciones ni se habitúen a cobrar por debajo de la mesa. Futuros corruptos: acepten sus culpas sin eufemismos, no digan "tengo mi conciencia tranquila", apenas los agarren con las manos en la masa. Futuros arribistas: no dediquen todas sus energías a triunfar en España ni se sientan obligados a reírse de los chistes de los extranjeros. Futuros políticos: ya. Futuros mafiosos: no se metan con los políticos, no se dejen infiltrar por los políticos, no les digan "doctor", que no lo son, y no les crean que van a tomarse el poder un día juntos porque en verdad van a deshacerse de ustedes (van a someterlos a la justicia, a extraditarlos) apenas consigan lo que quieren.

Futuros periodistas: digan exactamente lo que es. Futuros lectores: exíjanle a cada texto, como a cada persona, que respete las reglas del juego. Futuros comentaristas resentidos: quéjense todo lo que quieran, maldigan, escupan en los muros de las páginas web todas las cobardías que quieran si (y solamente si) ese gesto mediocre nos lleva a tener más limpias las paredes de los baños públicos. Y gradúense, queridos graduandos, alguna vez. Ya no más. Ya estuvo bien. Envejezcan. Decepciónense. Recobren el optimismo sobre la base del horror. Y mueran poco a poco dignamente. Nadie dice que no la pasen bien. Nadie les pide que sus días sean desapacibles. Pero sí que, apenas den un paso afuera, comiencen a volverse profesores. Y pasen la voz de que vivir en la burbuja es imposible.

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