Hace poco el predicador evangélico Harold Camping aseguró que el día del juicio final tendría lugar el 21 de mayo pasado. El tema de las sectas milenaristas y apocalípticas siempre me ha intrigado, así que me encontré una vez más con un pretexto para bucear dentro del tema. Descubrí un libro de 1956 titulado When Prophecy Fails, producto de una investigación conducida por el psicólogo Leon Festinger y un grupo de colegas.

Festinger, profesor del Laboratorio de Estudios en Relaciones Sociales de la Universidad de Minesota, quería probar su teoría de la disonancia cognitiva, que constituye una buena explicación de cómo la gente se engaña a sí misma, actúa contra toda evidencia y puede llegar a hacer cosas macabras o estúpidas, en contravía del sentido común y el buen juicio. 

A pesar de haber conducido algunos test que apuntaban a la validez de dicha teoría, se presentó la oportunidad perfecta cuando el 23 de septiembre de 1954 salió un reportaje acerca de un grupo de seguidores de una médium, una ama de casa de Chicago llamada Dorothy Martin (Marian Keech en el libro), quien se había comunicado telepáticamente con extraterrestres del planeta Clarion y estos le habían revelado que el 21 de diciembre de ese mismo año un cataclismo inundaría todo el continente desde Chile hasta Norteamérica. Solo unos pocos elegidos serían recogidos minutos antes del desastre por platillos voladores y llevados a un lugar seguro. Festinger y sus estudiantes se infiltraron en la secta para estudiar cómo reaccionarían sus diferentes integrantes frente a la decepción, cómo sería su vida la mañana del 22 de diciembre de 1954, cuando no hubieran llegado los platillos voladores y América aún existiera. 

Es un libro de psicología, pero tiene la intensidad y la fuerza narrativa de una novela. El lector sigue, con una mezcla de conmiseración y burla, todo el frenesí de los seguidores, las preparaciones para el Apocalipsis, la decepción, el escarnio público. Es tan, pero tan evidente la realidad, y tantas y tan variadas las racionalizaciones que elaboran Los Buscadores (The Seekers, como se llaman en el libro) para mantener su fe, que resulta realmente escalofriante y a la vez conmovedor. Todo esto se agrava si aclaramos que no son los típicos lunáticos de ojos inyectados y mantas blancas, sino personas inteligentes, sensibles, con hogares unidos, familias normales y buenos trabajos. Personas comunes y corrientes que gastaron su dinero, vendieron sus cosas, dejaron sus trabajos por una promesa que jamás se cumplió. 

Ahí radica, justamente, la explicación para aquella fe irracional, inquebrantable, y la expresa uno de los creyentes, un médico que dice: “He renunciado prácticamente a todo. He cortado cada atadura: he quemado todos los puentes. Le he dado la espalda al mundo. No puedo darme el lujo de dudar. Tengo que creer”. Si uno ha invertido todo su prestigio, toda su energía, toda su capacidad discursiva y toda su fuerza de trabajo para una idea fallida, es muy difícil que se desengañe de ella, y la prueba está en que la señora médium luego viajó al Perú y se integró a un grupo llamado Hermandad de los Siete Rayos, que no creía en los extraterrestres de Clarion sino en los de Venus, se cambió el nombre a Hermana Thedra y volvió a California para fundar la Asociación de Sandanda y Sanat Kumara. Algunos de sus seguidores, a pesar del absurdo y la irrefutable evidencia de que todo había sido una mentira, continuaron creyendo.

Este libro me sirvió para entender, además, por qué tipos como Alfredo Rangel y Juan Lozano suenan como lobotomizados en Hora 20, y por qué José Obdulio siempre tiene una teoría para negar cualquier exceso de poder, cualquier forma de corrupción, cualquier posible error del anterior gobierno. Cuando uno ha invertido toda su credibilidad, todo su capital intelectual, toda su trayectoria profesional o política para defender el ideario y los métodos de Álvaro Uribe, no puede darse el lujo de dudar, tiene que creer.

Ese mecanismo también explicaría la defensa férrea, inquebrantable y fácilmente endilgable al complot de la derecha para acabar con el Polo que esgrime el senador Robledo cuando habla de Samuel e Iván Moreno. 

En fin. La fe mueve montañas, pero a veces las pone justo donde impiden ver todo el panorama.

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