Se llamaba Bhagwan Shree Rajneesh y tenía una mirada difícil de clasificar, pero que estaba en un punto entre la perplejidad y el desafío. Completaban el cuadro una larga barba blanca, túnicas y gorros de colores, una sonrisa casi infantil y unas manos que no paraban de repartir bendiciones. Hoy el mundo lo conoce más como Osho, y aunque murió hace ya casi 30 años sigue siendo uno de los autores más leídos de esa difusa categoría que en muchas partes se conoce como libros de la nueva era.

Ahí está Osho, en cualquier biblioteca de cualquier parte del mundo, en la mesa de noche de tías rezanderas bienintencionadas, entre los libros de autoayuda que ponen en las cajas de los supermercados, en memes motivacionales que proliferan en internet con frases como “La vida comienza cuando el miedo termina”.

Y aunque esté en todas partes, la mayoría solo intuye que debe tratarse de un viejo sabio. Pocos saben que, más allá de su apariencia mística, Osho fue el centro de un escándalo que incluyó acusaciones por delitos de inmigración ilegal, intentos de asesinato, tráfico de divisas, fraudes electorales, entre otros.
Es alrededor de ese escándalo que gira Wild Wild Country, el documental de Netflix aclamado por la crítica que, a través de un trabajo exhaustivo con imágenes de archivo y entrevistas inéditas, logra desentrañar ese momento, a comienzos de los ochenta, cuando el idolatrado Bhagwan se convirtió en un dolor de cabeza para las autoridades estadounidenses, que tuvieron que exigirse a fondo para deshacerse del molesto prohombre.

Bhagwan logró negociar con la justicia estadounidense su deportación a India para evitar la cárcel. Se comprometió a no volver a pisar el país.


Todo comenzó en la India. Desde los años sesenta, Bhagwan se había erigido como uno de los líderes espirituales más reconocidos de su país. Pero no solo allí, pues sus reinterpretaciones de religiones antiguas y sus discursos desafiantes atrajeron las miradas de personas de todas partes del mundo. Osho no era un gurú tradicional, sino uno que defendía la acumulación de la riqueza (llegó a tener más de 20 Rolls-Royces), promovía el sexo libre y criticaba ferozmente a figuras tan respetadas como Mahatma Gandhi. Para finales de los setenta su áshram -monasterio- era visitado por discípulos de todos los confines en busca de experiencias trascendentales.

Entonces todo marchaba bien, unos 40.000 visitantes llegaban cada año a la comunidad en la ciudad de Pune y mantenían llenas las arcas de la congregación. Sin embargo, esa versión de hinduismo un poco light y capitalista no les gustaba a muchos. Durante un discurso Osho terminó siendo víctima de un intento de agresión por parte de un fundamentalista religioso, y la primera ministra Indira Gandhi al parecer ya estaba cansada de tener a la gente dividida por su culpa y no hizo nada para defenderlo de las acusaciones que empezaron a aparecer en su contra.

En ese punto, Osho y sus seguidores buscaron alternativas para llevarse su comunidad a otra parte y crear su paraíso en la Tierra. Siguiendo lo que ya habían hecho otros, desde los mormones hasta los menonitas, decidieron que en Estados Unidos fundarían su tierra prometida. Y así fue como en 1981 aterrizaron en una gigantesca propiedad de más de 64.000 hectáreas (por la que pagó cerca de 6 millones de dólares), muy cerca de un pueblucho minúsculo llamado Antelope.

Que Osho se fuera a vivir a Estados Unidos no era una idea descabellada. Tenía una afinidad natural con el Tío Sam representada en su olfato para hacer dinero. Si la religión de Estados Unidos era el capital, él podría haberse convertido en una especie de Walt Disney místico.

Pero no fue así. Cuando los olvidados 40 habitantes de Antelope empezaron a ver el desfile de cientos de personas ataviadas con trajes rojos, barbas y el pelo en los hombros (eran conocidos como sanniasins) se acordaron de sí mismos y vieron una amenaza a esa existencia monótona que habían llevado por siglos. Los resistieron desde el comienzo y muy pronto la extrañeza dio paso a la hostilidad en ambas partes. Otro ataque frustrado contra Bhagwan fue sucedido por la compra de todo un arsenal para defenderlo.

Buena parte del documental está centrado en Ma Anand Sheela, la mano derecha de Osho y vocera del movimiento, quien hizo de la provocación su mantra y que en una escena afirma que eso de poner la otra mejilla simplemente no era para ellos. Ella, y no Osho, fue la figura más visible de Rajnishpuram, como terminó llamandose la comunidad convertida en ciudad, y en buena medida su terquedad y personalidad difícil ayudaron a que el insignificante conflicto entre los residentes de un caserío ignoto y una secta de inmigrantes terminara en un problema nacional.


La causa se trasladó de Oregon a la Fiscalía General de Estados Unidos en Washington y desde 1981 hasta 1984 los sanniasins fueron acusados de varios crímenes. Se trató de una persecución sin tregua que finalmente tuvo sus frutos con acusaciones por fraude en temas de inmigración, contrabando, injerencia religiosa en política y otros más. Osho y Sheela se pelearon, se sacaron vergonzosos trapos al sol y se separaron. Terminaron pagando ante la justicia en épocas y circunstancias diferentes, y ambos desterrados de Estados Unidos. Osho murió en 1990, en la India, y a pesar de la opacidad de su biografía se las arregló para pasar a la historia como un iluminado de mirada perturbadora.

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