Sábado 19 de junio. El arquero inglés Robert Green se hace un gol insólito. Cualquier similitud entre su apellido y el color de una ola que se autoeliminó en cinco segundos a punta de autogoles es pura coincidencia. Contundente premonición.

Al día siguiente, domingo, el doctor Don Juan Manuel gana las elecciones de manera abrumadora y celebra su triunfo en el Coliseo El Campín, un lugar donde a cada rato se llevan a cabo eventos y manifestaciones del Avivamiento. Como el avivamiento del gobierno, que favoreció al doctor Don Juan Manuel no solo con intervenciones descaradas del presidente, sino también al amedrentar a los usuarios del Sena y a los beneficiaros de Familias en Acción. Un show al que asistieron, o al menos trataron de colarse, no solo los aliados naturales del doctor Don Juan Manuel, sino también gran parte de quienes hacía un par de meses lo abucheaban en centros comerciales por los falsos positivos.

En un gesto de avivamiento extremo, el doctor Don Juan Manuel agradece a Vargas Lleras y ni menciona a Uribito. Tampoco ha invitado a la fiesta a José Obdulio Gaviria, el ideólogo de la doctrina de cuerpo del uribismo, movimiento filosófico que hizo posible la victoria del doctor Don Juan Planet.

Minutos antes de que hubieran cerrado los puestos de votación, el delantero Luis Fabiano, de la selección brasileña, había anotado el segundo gol de Brasil ante Costa de Marfil. En la maniobra previa al remate se ayudó con la mano. ¿Error arbitral? No. Una imagen posterior mostró al árbitro francés Stéphane Lannoy sonriéndole a Luis Fabiano, como diciendo: "No te preocupes, vi que la bajaste con la mano pero tu picardía queda entre nosotros dos".

Igual que los jugadores de Costa de Marfil, víctimas impotentes del engaño, de la trampa, de la picardía, yo me había dejado llevar por la rabia. Rabia que se transformó en depresión.

Pero en la noche, mientras el doctor Don Juan Manuel celebraba su triunfo, descubro que ese no es el camino. Que existe una tercera vía. Y decido seguirla. Me resigno. Lo asumo. Lo acepto. El nuevo presidente de Colombia es un veterano en el arte del engaño y la trampa, y eso parece gustarles mucho a los nueve millones de compatriotas que han votado por él.

Eso ya lo saben todos los que hablaban pestes del doctor Don Juan Manuel y ahora se rebuscan algún mendrugo en el amplio paraguas del gobierno de unidad nacional.

Leo en periódicos y revistas que no soy el único que ha decidido transitar por la tercera vía. Columnistas que se caracterizan por su antiuribismo furibundo, ahora buscan afanosamente diferencias entre Uribe y el doctor Don Juan Manuel para que no les parezca tan grave el ascenso del sobrino nieto de Eduardo Santos. Que él sí tiene modales en la mesa. Que él sí habla bien inglés. Que él juega golf y no le gustan los caballos colombianos de paso fino. Es más. Comienzan los panegíricos. Que para el doctor Don Juan Manuel los recursos del Estado son sagrados. Así no haya dicho nada cuando sus hijos utilizaron helicópteros del Ejército para irse de paseo a Anapoima con unos amigos. Eso qué importa ahora. Fue una picardía, qué caray.

Otros, que lo conocen de vieja data y saben qué clase de persona es, quieren creer que el doctor Don Juan Manuel Santos tiene en sus manos la gran oportunidad de dejar de ser un político sinuoso y ambicioso para convertirse en la imagen misma de Lincoln, de Churchill. Quiero creerles a estos líderes de opinión. Hago un esfuerzo supremo, pero debo confesar que me resulta imposible imaginarme a Lincoln o a Churchill amangualados con Roy Barreras, Piedad Zuccardi, Aurelio Iragorri, Armando Benedetti, Rodrigo Rivera o Simón Gaviria, y con Alfredo Rangel y Germán Santamaría como sus biógrafos oficiales de cabecera.

Pasan los días. Mientras el doctor Don Juan Manuel se gana los favores unánimes de las llamadas fuerzas vivas de la nación, en el Mundial le roban un gol a Inglaterra, le validan un gol en off side a Argentina, otro a España… Al día siguiente, el portero argentino Sergio Romero se declara enemigo de que la tecnología ayude a los árbitros porque, según él, va en contra de los avivatos. Asegura Romero que los grandes futbolistas de la historia no lo han sido porque jueguen mejor que el resto de los mortales sino porque son vivos. Porque saben engañar. Porque saben hacer trampa.

Yo pensaba aislarme de la realidad colombiana al menos por un mes dedicándome de lleno al Mundial. Pero no, Sergio Romero me recuerda con su declaración que el mundo es de los avivatos. Me recuerda que el doctor Don Juan Manuel es el presidente electo de Colombia.

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