Está por empezar la revolución. Y todos esperan se gane. El silencio previo a la batalla se rompe cuando, finalmente, aparece el comando infantil guevarista. Son once niños con las manos en alto, camisetas rojas, zapatos de fútbol y la cara del Che en sus camisetas. Entran al campo de juego muy serios, concentrados, como si supieran que solamente la disciplina y la conciencia podrán ayudarlos a tomar por asalto al equipo rival y clavar la pelota en el arco enemigo. Sus padres y hermanos y amigos y abuelos y tíos y vecinos saludan su ingreso gritándoles “¡Vamos, Che Guevara!”, o “¡Vamos, Che, carajo!”, o “¡Hasta la victoria siempre!”, o “¡Guevaristas hasta el final!”, o “¡Aguante el Che!”.

En esta historia, el Che Guevara es un equipo de fútbol.

Como todos los fines de semana, cada partido del equipo se transforma en un acontecimiento familiar. Más allá del fútbol, dicen. Los padres montan una comida comunitaria y cargan bolsas con los alimentos y se saludan de abrazos y besos guevaristas, mientras las madres se cuentan las últimas novedades, y van cortando tomate y partiendo el queso y picando cebolla y abriendo el pan y buscando la sal.

No hay otro Che Guevara oficial en la historia del fútbol mundial. El único club inscrito con ese nombre es el de estos niños argentinos que compiten en las distintas categorías.

Antes del pitazo inicial, cuando ya está todo en orden, los familiares despliegan una gran bandera con la cara de Ernesto Guevara y por una radio suena la canción Hasta siempre, Comandante. Esa suerte de himno del Che, que compuso el cubano Carlos Puebla en 1965, y que dice en una parte que aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara.


Se inicia el partido

Es posible que de aquí, de entre estos pequeños guevaristas que ahora persiguen la pelota en una cancha de tierra, salga la nueva estrella del fútbol latinoamericano. Pero más importante, o al menos esa es la idea de la presidenta del club, es que de aquí salgan los nuevos líderes de la barriada, los nuevos agentes sociales de cambio para los pobres de la ciudad de Jesús María, en la provincia argentina de Córdoba. Más que nuevas estrellas, dicen en el Che Guevara, lo que se espera es algo más ambicioso: que salga el Hombre Nuevo.

El Che Guevara está en Jesús María

La ciudad de Jesús María está en la provincia de Córdoba, Argentina, 50 kilómetros al norte de la capital de la provincia. Para llegar, hay que tomar la Ruta Nacional 9 y atravesar campos con vacas y vaquillonas y terneros y toros, y por la carretera van camiones con animales y camionetas con gauchos y autos armados en Argentina y motos con parejas de enamorados que van cruzando en medio de la llanura pampeana por entre gigantescas publicidades de Messi afeitándose o Messi tomando una bebida que recupera energía o Messi usando una determinada marca de ropa deportiva o Messi comiendo un pan que le da fuerza.

Jesús María es conocida en el resto de Argentina porque aquí tiene su sede el Festival Nacional de la Doma y el Folclore. Un encuentro folclórico con música en vivo y hombres tratando de durar mucho tiempo sobre caballos sin domar. Ajustando las rodillas para no salir volando, apretando fuerte las manos para no terminar en el suelo con algún hueso partido.



En uno de los barrios residenciales de Jesús María está la casa de Mónica Nielsen, la presidenta del Club Social y Deportivo Che Guevara, fundado el 14 de diciembre de 2006. Mónica me recibe con un mate, mientras ponemos a helar un par de cervezas.

—Te digo algo de entrada. Nosotros no vamos a sacrificar a un chico para mantener a 200. No vamos a vender jugadores a cambio de dinero —tira directo, como frenándome. La entrevisto, porque será parte de un libro que publicaré un tiempo después, y que se llama Niños futbolistas.

En los últimos meses, después de la aparición del libro, han llegado hasta aquí a grabar un documental para Europa, la contactó un entrenador de España que los quiere ayudar y los han entrevistado en una docena de medios de diferentes partes del mundo.

—Con este proyecto vamos en contra de lo que corrompió al fútbol. Nosotros llevamos un nombre fuertísimo. Yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos.

La presidenta del club Che Guevara sabe que lo que viene no es fácil. Que el exitismo acecha todo el tiempo, desde todos lados. Lo sabe, dice, porque recuerda que desde que toda esta historia empezó, las cosas nunca han sido sencillas. Hoy tienen unos 120 jugadores de 6 años en adelante en siete divisiones diferentes. Todo gratis, remarca ella. Ninguno paga nada. Mónica dice que esta es su causa. Se nota entusiasmada con todo lo que ha provocado. Ya los han invitado a jugar fuera de Argentina, y en muchos lugares quieren imitar la idea. Ella sabe que una buena campaña, con triunfos y campeonatos, haría mucho por la causa. Pero también sabe que, al menos en su club, lo importante no es ganar.

—Lo primero: esto es un club social. El niño que entra en el Che Guevara sabe que, si se quiere ir a otro club, nosotros le damos el pase libre. Las puertas están abiertas. Acá nadie está secuestrado. Nosotros competimos contra clubes que tienen tomados a los pibes. Somos muy audaces al competir con equipos que tienen un poder adquisitivo superior al nuestro. Equipos que sí hacen negocios con jugadores, que cobran derechos y han vendido chicos. De este campeonato de fútbol de Jesús María han salido niños que ahora están jugando en River o en Boca. La gente lo ve como algo normal que el chico se vaya, que el club cobre, que la familia cobre y que el chico sea negocio. Como si fuera un producto más del mercado en la sociedad de consumo en que vivimos.

Hasta hace un tiempo, Mónica mantenía el club con su plata. El presupuesto mínimo que necesita mensualmente para funcionar la institución es de poco más de 3000 pesos argentinos (unos 780.000 pesos colombianos) por mes. Dice que no tiene idea, ni le interesa saber cuánta plata ha gastado de su bolsillo, pero que su satisfacción va por otro lado.

Hoy, el Che Guevara tiene personería jurídica y sus jugadores están federados a la Liga Cordobesa de Fútbol. Compiten en la Liga Regional Colón, con las categorías de primera y reserva. Desde el año pasado, también se sumaron la sub-17 y sub-12. Los entrenamientos se realizan en las canchas de clubes amigos y solidarios que les facilitan sus instalaciones.

—¿Tienes claro que el modelo del Che Guevara se contrapone a todo lo que sucede en el fútbol actual, donde la compra y venta de niños es el negocio de moda?

—Sí, sí, pero yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos. Si sos guevarista, vamos con el guevarismo a morir. Moriremos en el guevarismo.

—¿Y si te sale un Messi?

—Si ese chico es realmente consciente de darles una mano a sus congéneres o a los que vienen por detrás, se verá. Ese es el desafío. El pendejo sabrá si quiere darle una mano al club, si tiene la solidaridad que nosotros les estamos dando. El otro día les dije: “Chicos, ¿ustedes saben lo que es la solidaridad? Solidaridad es dar, es escuchar, es respetar”. Nosotros no le cerramos la puerta a ningún chico, ni para que entre ni para que se vaya. Y si alguien se quiere ir, bien, ya se corre la bola de que el Che Guevara no le priva el pase a ningún chico.


El Che Guevara va perdiendo

Antes de terminar el primer tiempo, van con dos goles en contra, pero eso no detiene a los pequeños jugadores ni a sus familias ni a la presidenta de un club de niños donde la idea es no venderlos.

En Francia hay un perfume llamado Che Guevara. Las zapatillas Converse sacaron una publicidad con la cara del Che Guevara. La modelo Gisele Bündchen desfiló por Nueva York con un bikini que llevaba estampadas cientos de caras del Che Guevara. Hay marcas de habano, de camisetas, de editoriales con la cara de Ernesto Guevara de la Serna. Pocos rostros, a nivel mundial, han podido conseguir esto.

Cuando le pregunté a Jon Lee Anderson, el mejor biógrafo del Che, sobre la explotación de su nombre por distintas marcas y productos, me dijo:

—El fenómeno del Che-Chic existe en los países del Primer Mundo, es decir, en los países industrializados, donde el Che representa algo ajeno a sus realidades (como lo fue estando él con vida) y donde el fetichismo y la parafernalia del Che (poleras, relojes, pósteres, etcétera) son más que todo una expresión cultural de retro-chic romántico, o exótico. Como lo sería, en menor grado, pues, Mao, o incluso figuras pop como Lennon. Coincide con el “fashion” de que Eres lo que Vistes. Pero en mucho del resto del mundo, donde hay pobreza aguda, carencia de libertad política, social y económica y del Estado de derecho, el Che sigue siendo un símbolo potente de rebelión y desafío del statu quo, un héroe que apela a la emulación.




En el club Che Guevara, la apropiación de la figura va más allá del chic mundial. Así lo ve su presidenta:

—Ya parezco Fidel Castro. Lo digo con orgullo, con honor, porque yo siempre les digo a los chicos que nosotros tenemos que formar cuadros dentro del club: “Chicos, miren hacia el futuro, una institución como esta nos sirve políticamente. El día de mañana ustedes pueden ser desde concejales hasta intendentes de este pueblo. Porque acá es la formación, acá ustedes tienen que dirigir, tienen que querer esta institución, valorarla, respetarla, contenerla, porque ella les va a dar a ustedes lo que ustedes no se imaginan lo que en el futuro les puede dar”.

En su casa tiene varias fotos de Ernesto. De distintos tamaños y colores.


En el segundo tiempo, el Che Guevara sigue perdiendo

El Che Guevara, por su parte, no fue un gran futbolista. En el deporte que más destacó fue el rugby, donde jugó bastantes años hasta que el asma le impidió hacer mayores esfuerzos. También hizo natación —llegó a participar en torneos escolares—. Y jugó ajedrez de forma competitiva.

En su libro El Che Guevara, el periodista argentino Hugo Gambini detalló la verdadera relación del comandante con el fútbol: “Leía las crónicas deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol y, como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca o River), Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había nacido, adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le encantó que le preguntaran ‘¿De qué cuadro sos?’, porque le daba la oportunidad de responder con cierta altivez: ‘De Rosario, de Rosario Central. Yo soy rosarino’. No tenía la menor idea sobre esa ciudad ni había visto jamás a su equipo, pero él era rosarino y defendía su identidad...”.

En el libro se recuerda que Guevara jugaba de arquero, y que era de esos guardavallas muy gritones, que daba instrucciones a sus defensas.

El arquero del Che Guevara, en cambio, es un niño de menos de 12 años que en el segundo tiempo ha tenido que ir a buscar la pelota dentro del arco un par de veces, nuevamente.

El Che Guevara no es un equipo competitivo. Siempre va en los últimos lugares de la tabla.

Joaquín Rojas quiere ser futbolista y todos los fines de semana sale a la cancha vistiendo una camiseta del comandante Ernesto Che Guevara. Joaquín Rojas tiene 6 años y juega desde los 5. Es del barrio Güemes, una villa miseria vulnerable donde la pasta base de cocaína se llama paco y la venden en todas las esquinas. Joaquín obligó a su padre y a sus hermanos a que lo acompañaran al Che Guevara, porque, a su corta edad, ya tenía claro que quería jugar al fútbol.

Hay clubes que compran jugadores de solo 6 años porque les ven futuro dentro de la cancha. Mónica, con un olfato de cazatalentos políticos, dice que Joaquín, a su edad, ya es un líder social.

Para transmitirles a los niños futbolistas quién era, realmente, el comandante Guevara, la presidenta del club optó por algo práctico: les pasa las películas del Che que protagonizó Benicio del Toro y que fueron producidas por Hollywood. Los chicos se sientan alrededor de la pantalla, y siguen sus aventuras como las de un superhéroe deportivo.

Para los chicos es orgullo jugar en el equipo del protagonista de esos filmes.

También, lo han dicho, es un orgullo jugar en un club con tanta hinchada en tantos lugares del mundo. Cada vez que los noticieros muestran una marcha política o disturbios con la policía en alguna parte del mundo, donde los manifestantes levantan banderas con la cara del Che Guevara, los niños se ponen contentos porque piensan que son hinchas de su club.

El Che Guevara termina perdiendo el partido de esta tarde.

A nadie parece importarle demasiado. La revolución de este comando de niños guevaristas continuará.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.