Por Bernardo Fernández ‘Bef‘

Nunca falla. Siempre que conozco a otro latinoamericano lo primero que me dice cuando se entera de que soy mexicano es algo así como —Ese Chespirito, un genio ¿eh?—

El asunto me rompe el corazón por varias razones. La primera es que como buen hijo de un comunista y una hippie pasado por el colegio de los hermanos maristas —donde por cierto también estudió don Roberto Gómez Bolaños—, no puedo sentir simpatía por el creador del Chavo del Ocho ni ninguna de sus creaciones.

La segunda, un poco o un mucho más esnob, si quieren, es que lamento que el escritor mexicano más conocido (y querido) fuera de nuestras fronteras no sean Octavio Paz, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia o Juan Rulfo sino justamente este hombre, cuyo seudónimo deriva del diminutivo castellanizado de Shakespeare.

Y es que Chespirito siempre estuvo vinculado con la más rancia oligarquía mexicana. Fue a Televisa lo que Mickey Mouse a la corporación Disney. No en balde Emilio el ‘Tigre‘ Azcárraga dijo alguna vez que su compañía producía entretenimiento para jodidos (!).

Durante el lamentable mandato del presidente Fox, Chespirito no dudó nunca en brindarle su apoyo incondicional y recientemente apareció en una campaña contra la iniciativa local de despenalizar el aborto en la Ciudad de México.

Si a eso se le añade todas las leyendas negras que circulan alrededor de su persona —que si es un megalómano cruel, que si terminó peleado a muerte con Quico y don Ramón, que si dejó a su primera esposa por doña Florinda— el hombre se vuelve cada vez más antipático.

Y sin embargo, el niño huérfano de la gorra a cuadros parece un personaje de talla universal, al menos en la América hispanoparlante y Brasil. ¿Cuál puede ser el encanto de estos personajes grotescos, habitantes de una vecindad en ruinas en algún lugar indeterminado, más cercano a Comala o Macondo que a cualquier otra ciudad latinoamericana?

Quizá una de esas razones sea precisamente que el Chavo, la Chilindrina, don Ramón, Ñoño, Quico, Jaimito el cartero, doña Florinda, el profesor Jirafales y la Bruja del 71 habitan en un lugar mítico, alejado de la terrible realidad latinoamericana. Si bien se le ha criticado a Chespirito el pobre retrato que hace de las auténticas clases populares, lo cierto es que unos personajes fieles a las barriadas de las grandes ciudades serían muy poco divertidos.

Lo cual por otro lado no justifica —vuelvo a mi chespirofobia— que durante más de treinta años don Roberto haya repetido cada ocho días los mismos chistes, con apenas alguna situación sugerida para tener pequeñas variaciones de una semana a otra. ¿Cuántas veces vimos a don Ramón tratando de escurrir el bulto ante el acoso cobrador del señor Barriga? ¿O al profesor Jirafales recitar su cantaleta de amor frente a una extasiada doña Florinda a la que parecía que le reventaba una tableta de ácido justo cuando veía al maestro de su hijo?

—Ustedes los mexicanos no saben lo que tienen en él, no lo valoran —dijo una vez una alumna ecuatoriana que estaba de intercambio en la universidad donde doy clases. No supe qué decirle.

Incrédulo, yo solo alcanzaba a voltear hacia la televisión donde mi hermanito de ocho años se desternillaba de la risa cuando don Ramón recibía la enésima bofetada de manos de doña Florinda, o al Chavo volvía a chispoteársele. Yo sigo sin encontrarle la gracia.

Mientras tanto, su fama crece con los años, sin que el retiro parezca afectarla. Siempre me sorprenderán las historias de sus presentaciones tumultuarias en Argentina, Chile o Colombia, donde la gente conmovida le llevaba auténticas tortas, sin saber lo que en México es una torta de jamón, entre otras cosas porque como guionista, demiurgo cruel, rara vez le concedió a su personaje comerse una.

Sin embargo, no pocas veces me he puesto a dudar. ¿No será que el que está mal soy yo? ¿Que Chespirito, el Chéspiro, es un auténtico genio del humor? ¿Que ha explorado a través de sus chistes crueles y políticamente incorrectos la profunda naturaleza humana? ¿Que en medio de sus gags repetitivos se asoma la auténtica sabiduría de los grandes comediantes como Chaplin, Cantinflas, Jacques Tati o los hermanos Marx? ¿Será que estoy equivocado y que si algún día lo conozco, deba presentar disculpas avergonzado?

De ser así, ya sé lo que le diré:

­Discúlpeme, don Roberto. Se me chispoteó...

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