¿Algo más feo que el culo de Yoko Ono? Hace algunos años aquella pregunta me dejó en jaque cuándo uno de mis amigos la disparó al aire en medio de una noche de copas. Nos reímos y planteamos algunas comparaciones, pero todas se quedaron cortas en ese momento. (Las portadas de revista más polémicas de la historia)

Debo aceptar que a partir de ese instante, aquel trasero demacrado me quedó rondando en la mente por un buen tiempo.  Sin embargo, y aunque parezca extraño, con el transcurrir de los años aquella cuestión se convirtió para mí en un rasero para medir mi madurez en cuánto a las relaciones amorosas.

De niño oí hablar por primera vez de John Lennon y Yoko Ono en una de las tertulias organizadas por mis padres en la casa.  Ahí solían congregarse decenas de sedientos adultos que brindaban sin tregua con vino y aguardiente, declamando al azar algunos versos de García Lorca, León de Greiff, Pablo Neruda y César Vallejo entre muchos otros poetas. 

Luego, bajo el efecto del alcohol, los encuentros pasaban al momento de la música y ahí, mi papá asumía un rol protagónico al mando del tocadiscos.  El ecléctico repertorio fluctuaba caprichosamente desde Harry Belafonte a Pacho Galán en cuestión de minutos.  En un momento dado y mientras de fondo se oía Imagine de Lennon yo andaba empijamado y trasnochado deambulando entre la gente, hasta que alguno de los asistentes interrumpió mi camino postrándome una mano en el pecho. El adulto de bigote retiraría el cigarrillo que traía en su boca y la llevaría al oído indicándome que escuchara la canción.

Acto seguido me diría solemnemente: “Lennon era un genio, pero tenía el gusto en el orto”. Al terminar su sentencia, lentamente me exhalaría una enorme bocanada de humo en la cara. Otro de los presentes que acaba de escuchar el comentario lo secundaría haciendo un gesto de afirmación con la cabeza. Con los ojos irritados simulé algo de cordialidad, emití una sonrisa postiza y me fui a mi cuarto.

Algún tiempo después, cariñosamente mi padre me dedicaría un buen rato para hablarme de los Beatles, Lennon y su amada Yoko Ono, buscando aclararme lo que me habían querido decir sus amigos. (Visita a la vidente que lee el culo)

Pacientemente me mostró varios libros, discos, artículos y en medio de la ilustrativa charla llegamos a una revista que contenía las famosas fotos de finales de los sesenta donde John y Yoko posaban como Dios los trajo al mundo. Nunca olvidaré que los retratos de la famosa pareja evidentemente mostraban el alicaído culo de la artista japonesa, que sin duda alguna, era el menos atractivo que había visto en mi corta vida. 

Extrañamente las escuálidas posaderas de la nipona quedaron flotando en mi memoria. Con aquella huella imborrable llegué a la adolescencia y por alguna razón, se acrecentó en mí un interés inusitado por la vida de John Lennon. En medio de mi curiosidad de aquellos tiempos avivada por la influencia de uno que otro amigo mamerto, empecé a investigar acerca de la vida del músico inglés y de los motivos que lo llevaron a refugiarse en los brazos de Yoko Ono y su desmirriado trasero.

 

Con la superficialidad propia de un adolescente, no lograba entender por qué pudiendo elegir entre cientos de mujeres despampanantes, el ídolo inglés terminó entregándose en cuerpo y alma a aquella mujer de glúteos lánguidos.

Mientras trataba de encontrar alguna respuesta, arribó a mi salón de clases una hermosa brasilera que puso mi mundo patas arriba. Creo que llegó directamente de Río de Janeiro con el único propósito de alborotar mi hasta ahora tranquila existencia. Mis compañeros de curso y los de otros niveles quedamos obnubilados por la belleza de la carioca, que sin duda alguna ostentaba el culo más perfecto que habíamos visto en la vida.

Mientras la veía caminar por los pasillos del colegio con su cola majestuosa, me quedaba simplemente pasmado y mentalmente trayendo a colación al gran Henry Miller cuando aseveraba en uno de sus textos: “Pasarle las manos por el culo era suficiente para hacerme olvidar todos mis problemas y también a Nietzsche, a Stirner y Bakunin”. 

Incluso nuestros fogosos profesores intentaban simular algo de indiferencia al ver a su churrísima alumna que pícaramente los saludaba mostrándoles una sonrisa perfecta. A partir de ese momento, la joven garota surgió como un referente en cuanto a mis exigencias físicas para futuros prospectos amorosos. Sin proponérselo, me reforzó aquel principio que tantas veces había oído en mi entorno social más cercano y que muy seguramente Lennon había dejado de lado: “Todo entra por los ojos”. (

Torpemente y tratando de flirtear con la brasilera en plena clase de arte, le conté la mítica historia transcurrida en el año 1966 cuando John Lennon se acercó a la exposición de Yoko Ono en la capital inglesa. Le afirmé que según contaban algunas fuentes, en un primer momento el músico se encontró con una lupa a través de la cuál vio escrita en una pared  la palabra “Yes” que le causó mucha sorpresa. 

Aquello lo motivó a seguir recorriendo la exposición con una curiosidad casi infantil. Al rato observaría en uno de los muros el aviso “Clava un clavo” junto a una caja con tachuelas y divertido se dispuso a hacerlo, pero fue interrumpido intempestivamente por la artista de nalgas apocadas quién lo frenó tajantemente. Le indicaría enfática que la exhibición abriría al público hasta el día siguiente. Al rato y luego de que explicaran a la artista que el visitante era nada más y nada menos el famoso Beatle, se acercaría un poco más amable a decirle: “Puedes hacerlo si me das cinco monedas”. (Un video para homenajear las tetas naturales)

Graciosamente Lennon le respondería: “Te doy cinco monedas imaginarias si me dejas clavar un clavo imaginario”. Le expliqué riéndome que ahí el músico dio en el clavo y marcaría el origen de relación con la japonesa con quien se casaría tres años después. 

La brasilera después de escucharme emitió un prolongado bostezo, haciéndome entender que poco le había importado mi narración y que la estaba aburriendo. 

Mis embistes amorosos con mi Chica de Ipanema resultaron un fracaso total. La carioca no me prestó la más mínima atención a pesar de mis múltiples intentos por cortejarla. De nada sirvieron los chocolates y las empalagosas credenciales de Garfield y Ziggy. A pesar de sus negativas, la mantuve en un pedestal y continué contemplando la redondez de su trasero día tras día.  Supongo que el hecho de haber crecido en los ochentas contemplando a Heather Thomas en Profesión Peligro, a Linda Carter en La Mujer Maravilla y a la supermodelo Cindy Crawford en decenas de comerciales, inconscientemente generó en mí un “ideal físico” de mujer, representado en una figura voluptuosa con hermosas posaderas. 

La mujer con una cola hermosa era para mí una especie de requisito indispensable dentro del check list personal que inconscientemente había creado en mi interior, a la hora de aprobar y desaprobar a una jovencita.

Siendo apenas un inmaduro adolescente con una vida sentimental prácticamente nula, me retorcía de la risa criticando el gusto de John Lennon y mientras lo hacía, me toparía con mi primer amor.  Llegó a mi vida gracias a una apuesta con mis amigos en la que acordamos que cada uno se debería ennoviar con alguna de las jóvenes que vivían en nuestros edificios.  Fijamos una única fecha para obtener el ansiado “Sí”.  El que no lo lograra se vería excluido del grupo de amigos para siempre.  Bastante drásticos resultamos pero para mí fortuna, ese día resulté favorecido con una respuesta afirmativa.  

Paradójicamente mientras seguía idealizando el estereotipo de mujer voluptuosa que Sofía Vergara había inmortalizado en un comercial de Pepsi, mi primera novia resultó flaquísima. Nada de redondeces, pero eso sí, tenía una sonrisa adorable adornada con unos flamantes brackets plateados. 

A partir de ese momento empecé a replantearme algunas cosas.  Me arrepentí de haberme burlado de Lennon y las desmirriadas pompas de su pareja. Decidí meterme en sus zapatos y poco a poco comprendí que no era necesario pavonearse con una mujer con el culo de Monica Bellucci y la cara de Winona Ryder para sentirse pleno  y orgulloso. 

Es mi diosa del amor, ella llena mi vida” sentenció en alguna oportunidad el músico inglés refiriéndose a Yoko Ono y me pareció admirable llegar a ese nivel de compenetración.  Si el Beatle en pleno Olimpo de la fama y la gloria con cientos de opciones alrededor encontró su complemento vital en la artista nipona -lo que no halló en las imponentes rubias de Hamburgo ni en el resto de sus eufóricas fans-, muy seguramente entonces, un joven promedio como yo, podría toparme eventualmente con mi media naranja en el amplio entorno terrenal. El físico seguiría importando, pero definitivamente no era lo esencial.    

Así con el tiempo, una buena conversación, un chiste inteligente y una mirada sugerente, fueron ganando importancia dentro de mis prioridades a la hora de hacer click con una mujer. Sin embargo, no puedo decir que pasaron a importarme un culo los traseros y estoy lejos de hacerlo. Con lucidez el escritor polaco Witold Gombrowicz avizoró hace muchos años el advenimiento de la civilización del culo donde hasta los hipopótamos de las películas infantiles iban a mover el bote y las musas reggaetoneras nos iban a atiborrar con sus nalgas siliconudas. 

Probablemente Lennon también lo intuía y en contraposición a lo impuesto por la gran masa, decidió convivir con la antítesis de todo esto.  A fin de cuentas él lo tuvo claro siempre: “No voy a cambiar la forma en la que me veo o la manera en la que me siento para avenirme a algo. Siempre he sido un bicho raro. Toda mi vida he sido un bicho raro y debo vivir con ello. Soy una de esas personas".

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