“Este es el diablo de los seres humanos” —sentenció, magnífico, haciendo su aparición en la casa-estudio, Jorge Enrique Abello, ‘don Armando’. Al instante, descubrió un espejo y ordenó a los protagonistas quitarse la ropa. Como solo pasa en la casa-estudio, todos obedecieron. Las mujeres quedaron en tanga y el frío capitalino hizo ver a los hombres con el paquete… chileno.

En lo que se entendía, se trataba de una terapia gestáltica: don Armando dio inicio a la actividad. Cada protagonista se leyó en el espejo. 

—Veo un hombre inseguro, vacío —dijo uno de los protagonistas denotando inseguridad. 

—Tengo los senos flácidos —aceptó una que vestía triple top. 

—Vendí mi cuerpo —dijo el más comercial del grupo aludiendo a una práctica de emprendimiento. 

Mientras tanto, tras las confesiones íntimas y el llanto, el equipo de producción conmovía a todos con música propia de una crónica de Eccehomo Cetina, el periodista cuyas notas son una mezcla de novela de Julio Jiménez y Corín Tellado. Pero las de Eccehomo sí son cursis. 

Al fin llegó mi turno. Abello se paseaba a mi espalda con aires de sensei. 

—¿Qué ves en este espejo? —me inquirió, acudiendo a la rigurosidad del psicoanálisis. Me detuve en mi reflejo. Como a todos, me invadió una risa nerviosa al comienzo. Luego me adentré en la imagen. Traté de ser tan espontáneo como pude—: Veo a un hombre en pantaloncillos BVD y pilosidad en las tetillas. Veo a un hombre con six pack… pero litro y medio. 

Don Armando guardó silencio para darse aires de misterio.

—¿Qué más ves? —arreció su voz gutural. 

Volví a mi imagen: 

—Veo flacidez, veo vejez, veo a un hombre sin Revertrex —el verso me quebró la voz. Al fondo se podía escuchar una melodía entre new age y Richard Clayderman que me erizó la vellosidad de las tetillas anteriormente mencionadas. 

Don Armando no se detenía. Sabedor de las técnicas del conductismo y dispuesto a llegar a la raíz de mis miedos, me inquirió nuevamente: 

—¿A quién ves en el espejo? 

Profundicé la mirada. 

—Tienes que oírte —bramó don Armando. 

Fue cuando vi algo, a ese otro que habita en mí. Un dolor que me provenía de las entrañas me salió como un torbellino: 

—¡Veo al padre Chucho! —grité desesperado—. Al padre Chucho —repetí y me deshice en un llanto profuso. 

Con una agilidad propia de un especialista en terapia de grupo, don Armando extendió una manta sobre el espejo. Luego me indicó que al descubrir el espejo, el padre Chucho desaparecería para siempre. En un solo movimiento retiró la tela y volvió a parecer el reflejo: el padre Chucho había desaparecido. 

—No te castigues más —dijo Abello con ternura acudiendo a técnicas de la terapia de choque. 

Yo lo abracé. Mientras él hacía uso de técnicas de las constelaciones familiares, yo hice uso de su manga para sonarme. Vi que se había hecho un tatuaje después de los 40, me pareció un poco tarde para eso. Volví la vista al espejo. Acudiendo a las técnicas del coaching, don Armando volvió al interrogatorio: 

—Mira tú reflejo y ama lo que ves. 

—¿Como le ocurre a Jairito Dueñas? —pregunté curioso. 

—Sí, como el director de Cromos —confirmó y agregó, en lo que parecía una canción de Ricardo Arjona—: Acéptate con amor porque otros te amarán. 

Me concentré de nuevo. Don Armando siguió rápidamente al conductismo. 

—¿Qué más ves? 

—Veo a una persona llena de odio. Bronco —tragué mocos—. El odio es tan natural en mí, como el rubio de las cejas de la Laura Acuña —expliqué. 

—¿Qué odias? —preguntó volviendo a las técnicas de la terapia sistémica. 

—A los protagonistas de la casa-estudio —respondí, desconsolado. 

—¿Por qué los odias? 

Sorbí la mucosidad. 

—Odio que usen la frase “50 millones de colombianos nos están viendo”, cuando el censo de población dice que somos 45 millones y algunos ven el canal de la competencia —berreé deshecho—. Odio que los protagonistas se duchen en ropa interior, les va a coger un olor a guardado en la más noble de las partes —dije entre sollozos—. Odio que en sus cara a cara siempre usen frases que podrían ser títulos de películas de Dago García: “Hagámonos pasito”. “Se creció el enano”. “Usted perdió el año conmigo”. 

La sesión continuó. Hasta que llegó la frase definitiva, determinante. La que reveló a un Abello formidable: “El pasado pasó”, dijo con inteligencia superior. Nunca lo había visto así. La sola frase sirvió para alejar mis miedos. Don Armando hizo por mí lo que Annie de Acevedo no habría podido hacer en un año de a millón la consulta. Antes de sentarme nuevamente, volví la mirada al espejo. Ya no veía a Abello reflejado, veía en su lugar a Deepak Chopra. 

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