No busquen estas palabras en el diccionario, por favor. La descripción de lo que significa el fútbol para mi hermano Martín necesita sustantivos zurumbáticos inventados porque ninguno hay que nombre el estado de paroxismo místico en que entra cuando está viendo un partido.

Tuve que ir a su espectáculo Sit Down Tragedy para obtener una explicación inesperada del porqué de semejante trastorno. Cómo será de severo que no pudo eludir el impulso de incluirlo como uno de los temas centrales del guion que él mismo ayudó a escribir.

Según Martín, cuando era niño, el punto en el que realmente se sentía cercano a mi papá era cuando iban al estadio. En vista de que nuestro padre no era intenso como los de hoy en día, Martín optó por magnificar el momento paterno más entero y completo que era asistir al templo del fútbol en su compañía. En uno de esos guiños caprichosos del inconsciente se le quedaron en un mismo altar el fútbol con El Padre, su héroe extrañado e indestronable. Me sorprendió oír esta elaboración recontrapsicoanalítica en un show cómico, pero me casó perfectamente con su desmedida devoción por este deporte. 

En todo caso, desde chiquito empezó a sorprendernos con su destreza para narrar partidos imaginarios en los que su rutilante Deportivo Cali ametrallaba a goles al América; también cuando convirtió el patio interior de la casa en el Maracaná, y mucho más cuando nos mostró una serie de dibujos que ilustraban jugadas de alto nivel técnico, donde indicaba incluso el curso del balón y el movimiento de los jugadores como en una foto congelada, su posición exacta, uniformes con el número de la camiseta, medias, guayos, todo.

Más grandecito empezó a interesarse por los programas de radio en los que se discutía sobre fútbol, motivo por el cual después de la comida veíamos que el muchacho se encerraba solo en su cuarto a oír La polémica, su preferido, y ninguno de nosotros osaba llamarlo para algo, pues era lógico que ya no existíamos.

Martín y el fútbol son uno. Su respetable conocimiento sobre el tema se lo debe al rigor de su propia pasión, que lo impulsa a memorizarse los impronunciables nombres de jugadores nacidos en países remotos, fechas enmohecidas de partidos que nadie vio, jugadas de las que pocos se acuerdan, alineaciones de equipos del siglo antepasado y de ahí para adelante la contemplación al detalle de todo el paisaje futbolístico contemporáneo internacional y local.

Nada puede traducir más la comunión de Martín y el fútbol que la narración de un partido. Por algo su destino finalmente le hizo caso a su corazón y ahora trabaja en lo que más puede amar en la vida. Tal vez por eso cuando narra, su transformación se parece a la de los buenos cantantes de rock o de flamenco, que son capaces  de hacer arte con sus gritos. Mientras arranca de sí mismo una voz que recoge con todo y tripas, también extrae la poesía de un lenguaje hiperbólico buscado con saña, salpicado de su salvaje humor escatológico y satírico, embebido de amor por las palabras que rasguñan lo inefable, las únicas que pueden contar la batalla épica de la que está siendo testigo.

Él sabe que está loco por el fútbol y que esa locura es la madre de todas las demás. Vendrá de ahí la consiguiente veneración por su idioma materno con todos sus recovecos gramaticales y un vocabulario con los suficientes arrestos para que ningún sinónimo escape de la acuciosa necesidad de expresar su poderosa Ilíada.

Nada de esto es normal porque Martín es un hombre fuera de lo normal. Por eso el fútbol, el deporte más popular del mundo, a través de él se vuelve una rareza fascinante, exótica, un hallazgo histórico, una contienda bíblica, algo inmenso que merece ser dicho con belleza, aunque él crea que se burla de sí mismo. Yo no me pierdo ninguna de sus transmisiones. A veces transcribo sus frases insólitas por Twitter cuando el partido involucra a nuestra selección, esperando en vilo que su alma termine de desbordarse y desde el fondo de sus dioses y demonios por fin cante “¡¡GOOOOOOOOOOOOOL!!”.

 

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