“Hoy viene mi primo Jorge a quedarse una semana con nosotros”, nos dijo mi mamá a mis dos hermanos y a mí un día cualquiera de nuestros ya lejanos años de infancia. El hombre, a quien no conocíamos, iba por cuatro meses hasta que mis papás tuvieron prácticamente que montarlo a la fuerza en el avión de vuelta a Nueva York. No precisamente por pesado, sino por todo lo contrario. Cali se lo estaba tragando y por su bien era necesario ayudarlo a escapar de su embrujo.

“El primo Jorge” tenía más o menos 30 años cuando aterrizó en nuestra plácida casa aferrada a un barranco del barrio Normandía que lo recibió perfumada en dulces de guayaba y manjar blanco. El motivo de su visita era simplemente pasar unas exóticas vacaciones en vista de que mi mamá, su prima del alma, vivía en la ciudad de la salsa, la rumba y las mujeres lindas. Su exquisito talento como dibujante y artista plástico la indujeron, entre otras cosas, a iniciarse en el diseño de modas, pues la irrupción de este hombre en ese momento de la vida de mi madre fue de extrema influencia para ella y, de paso, de altísimo impacto para nosotros, los niños de entonces.

Llegó vestido con unos jeans desteñidos, escandalosamente ajustados, zapatos de plataforma y una chaqueta de terciopelo divinamente cortada color púrpura. Debajo, una camisa blanca de algodón muy fino abierta más abajo del pecho desde donde traslucían el brillo ambarino de una cadena de oro y el de su piel canela, uno de los muchos atributos físicos de este joven con cuerpo de bailarín y 1,85 metros de estatura. Desde que cruzó la puerta, tuve la sensación de estar viendo un ser de otro planeta. Todo él a mis ojos era una revoltura de encanto: su pelo largo castaño oscuro cortado en capas; la sonrisa de dientes blancos perfectos; sus centelleantes ojos negros; sus manos como ramas, venosas, morenas y expresivas; las carcajadas que batían la nuez de su garganta y un refinado olor a hombre que se perfuma poco pero lo suficiente para que las químicas orgánicas y cosméticas se entrelacen en perfecta sinergia. Si hay algo que pudo haberme iniciado en mis primeras sensualidades fue ese prístino aroma de otros mundos con el que “el primo Jorge” impregnó cada rincón de su cuarto.

Llegó por la noche. La casa estaba vestida de fiesta, y mis padres esperaban invitados para agasajarlo con música y parranda. Desde que nos vio (a los tres niños), pareció divertirse mucho con nosotros, sobre todo con mi hermano Martín, que desde chiquito ya nadaba en sus rarezas. Antes de que nos mandaran a dormir, esta especie de estrella de rock nos tenía extasiados con su carisma. Había traído un disco con una canción cuyo estribillo decía, “Everybody was kung-fu fighting”, y antes de que llegara la gente, ya nos había fascinado con sus pasos “estoperoludos” de baile, dibujos impecables y trucos de magia. De ahí en adelante se volvió una aventura amanecer y esperar la nueva locura o extravagancia del “primo Jorge”.

Mi encantamiento con el nuevo huésped iba mucho más lejos. A mi corta edad no sabía cómo meterme en el cuerpo esa mezcla de mariposas, sofocación y perplejidad que me provocó desde el primer momento su presencia. Esa noche me quedé dando vueltas en la cama mientras me imaginaba yo misma en la fiesta que tronaba en la primera planta de mi casa, bailando con aquel Rasputín endemoniado, ardiendo en calores inexplicables y celosa de todos los asistentes.

Me quedé dormida, pero desperté en la madrugada. Las copas todavía chocando con el hielo y el tráfico de risas de todo género eran un rumor trepidante y provocador. Me levanté, me dirigí hacia las escaleras para pescar algún rastro de nuestro visitante y de pronto, a boca de jarro y desde la penumbra, me asaltó la escena que lo convirtió en un hombre real.

La puerta entreabierta de su habitación ofreció sin pudor la sombra de dos cuerpos embebidos en algo misterioso y carnívoro. Percibí la risita del “primo Jorge” y una queja de mujer. Pude ver a contraluz el beso que devora y las manos que buscan y lo encuentran todo. Como si hubiera atestiguado con placer un asesinato, me devolví estremecida de espanto a guardar esas imágenes en lo profundo de mis culpas. Con el tiempo comprendí que me había enamorado a primera vista y por primera vez.

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