En los congresos de escritores, mi pesadilla es el regalo de libros. Cada escritor considera imprescindible que el colega lea su obra, incluso varias de sus obras; pero no son igualmente conscientes del flagelo del viajero contemporáneo: el exceso de equipaje. Se descubre, en el mostrador de la compañía aérea, que los libros no solo son pesados por su contenido: las multas consecuentes decuplican el precio de un amable envío postal. Por eso, en mi visita a la pasada feria de Guadalajara, cuando una colega ensayista me obsequió sus obras completas, más de mil páginas que abarcaban temas tan diversos como el feminismo y la lucha contra el hombre, olvidé el libro debajo del colchón con la ilusión de que lo disfrutara la mucama: ella tenía muchos más motivos que yo para odiar a los hombres, comenzando por cómo dejan la habitación.

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, al hacer el check out, el conserje me advirtió que me olvidaba un libro debajo del colchón.

—No me lo olvido —confesé—. Por favor, tómenlo como parte de pago.

—En ese caso, señor —sonrió el conserje—, debería usted pagarnos cien dólares para que nos quedemos con el libro.

—¿Cien dólares? —repregunté, escandalizado.

—Si fuera un policial —me explicó el conserje—, se lo podríamos dejar en cincuenta. Pero son mil páginas… y de esa autora.

—En fin —concedí—. Olvidemos este desagradable desacuerdo: se lo dejo para que lo donen a la biblioteca de la ciudad, a nombre del hotel, naturalmente.

Y agregué:

—Apuesto a que pueden deducir la donación de sus próximos impuestos…

—No compensa con el tiempo en que deberíamos permanecer como custodios del libro.

—¡Es que no puedo pagar cien dólares por dejar un libro! No los tengo ni siquiera para comprar uno.

—Lo entiendo.

Un botones me traía mi libro con una carretilla.

—Llévemelo hasta el taxi —pedí. Lo hizo, pero tuve que darle propina extra.

En el aeropuerto, decidí hacer lo que hasta entonces siempre me había prohibido a mí mismo: tirar un libro a la basura. Pero descubrí que se me acercaba, con ambos brazos abiertos, la autora.

—¡Hola! —gritó, viéndome con el libro en la mano—. ¿Qué te ha parecido?

—Estupendo —respondí—. Lo leí la noche en que me lo regalaste. Justo ahora estaba marcando los párrafos más significativos.

—¿Qué opinas del capítulo acerca del pene como arma represiva?

—Ojalá fuera así el mío —respondí sin pensar.

—Ja, ja —fingió reírse (mientras que las mujeres comunes fingen el orgasmo, las feministas, como consideran la actuación del orgasmo un sometimiento, solo fingen la risa).

—Nos vemos —aproveché su actuación para marcharme.

Corrí a dejar mi equipaje, libro incluido, en los armarios pagos. Cuando llegó la hora de abordar, retiré mi equipaje y dejé el libro en el armario, bien al fondo.

Abordé sintiéndome como esos personajes que huyen de un país totalitario y hasta que la nave no abandona el suelo no respiran tranquilos. La voz de una azafata resonó a lo largo del avión: "El pasajero que olvidó el libro de mil páginas en el armario, por favor identifíquese". Permanecí en silencio, escondido en mí mismo. ¡Me libraría de ese libro! Ya no se trataba solo del exceso de equipaje, era una lucha por la libertad del género masculino.

Cuando repitieron el aviso, advirtiendo que el avión no despegaría hasta que apareciera el dueño del libro, las miradas amenazantes de los pasajeros me forzaron a confesar. "La tarifa por exceso de equipaje son cien dólares —me explicó la azafata—. No se preocupe, lo puede pagar con la tarjeta de crédito".

"Al menos —me dije— el avión no va a caerse: estoy condenado a este mamotreto". No fue la única ventaja: luego de leer la dedicatoria, me dormí como un bebé.

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