Yo, Linda, soy un colombiano de a pie, de esos encuestados que dejan al país como el más optimista del mundo, según la Red Mundial WIN-Gallup. Así que mientras el tiempo nos junta, sigo, optimista, pensando en nuestras nupcias.

Confieso que imaginé nuestra ceremonia con una fiesta de coleo con tus primos en el Rancho Jr. y una recepción sencilla pero elegante en Agüapanelas. Pero después de ver el matrimonio de Manolo Cardona y Valeria Santos, el de Julieta Piñeres y el de Maurizio Mancini, me pareció que no podemos pecar de modestos. Como celebridades, lo mínimo sería, Linda, que hagamos un esfuerzo económico y nos pongamos a su altura.

Claro, desde nuestras posibilidades. Al fin y al cabo tú apenas comienzas tu carrera y yo como columnista gano menos del salario mínimo permitido. Así que el evento no será en medio del escenario del Teatro Heredia de Cartagena, como el de Manolo y Valeria, con los más amigos en palco y los menos amigos en gallinero. Pero, si nos damos mañas con los contactos militares de tu papá, no tendríamos nada que envidiarles organizando en el Teatro Patria, en el Cantón Norte, nuestra ceremonia con posterior recepción en el casino de suboficiales.

Claro, si queremos que tu familia de Villabo venga —que no es poca, o mejor, que son gentío—, estaríamos hablando ya de la Media Torta o del Palacio de los Deportes. Cabrían en una isla, pero sería coincidir con el mismo gusto exquisito de la boda de Mancini. Y de alias Fritanga.

Habrá muchos regalos, eso es seguro. Porque de nuestros amigos, ninguno está en la lista de acreedores de Interbolsa. Eso habla mal de ellos. Pero son nuestros amigos. A Manolo y Valeria los acompañaron directores de todos los medios.

En nuestro caso sería mucho pedir. Si bien los Uribe hemos puesto dos presidentes de la república, los Palma todavía no. Eso tiene un costo. Pero, faltos de un Julito o un Pachito, seguro, nos acompañará, aunque de esmoquin blanco, un Édgar Artunduaga. Y de tufo y sin regalo, un Heriberto Fiorillo. Peor es nada. Del séptimo arte no atenderá la cita el director de cine Andy Baiz; le parecerá mañé venir, porque, querámoslo o no, tú, Linda, vienes de provincia. Pero asistirá gustoso, por ser gratis, un Harold Trompetero. Algo es algo.

De la farándula se excusarán de asistir Diego Cadavid y Carolina Guerra, Juan Pablo Raba y Mónica Fonseca, pero muy temprano harán su aparición Tatán y Maleja. Debemos acogerlos. Como pajecito había pensado en el hijo de Clara Rojas, pero parece que toca pagar o es violatorio de sus derechos. Mejor no.

Como testigos, para que el periodismo nacional se bote de bruces a la carroña, convocamos a los testigos del caso Colmenares. Manolo y Valeria se unieron mediante un rito maya, eso podemos hacerlo. Pero ajustado a nuestro bolsillo será un ritual emberá katío aprovechando que sus miembros ahora deambulan por las calles de la Bogotá Humana.

Para la cena había pensado en algo del gusto de todos: el arroz chino. Pero si les prohibimos hacer sombreros vueltiaos, lo mínimo sería que los chinos nos prohibieran preparar arroz chino. Y que nos prohibieran usar la imprenta y la brújula. Así que, humildes, ofreceremos de cena el salmón del pobre: la trucha. Con sus respectivas papitas al vapor y cilantro.

Vamos a pasar dichosos, Linda. He pensado en todo. Cada detalle. Una y otra vez antes de que me duerma la dosis de Levomepromazina y Alprazolam. He llegado incluso a imaginar el momento del brindis: tu padre tomará una cuchara y golpeará la copa de champaña Veuve Clicquot que ofreceremos en la mesa principal de una que sobró de tu fiesta de 15. Los demás invitados no sabrán que están brindando con champaña Madame Collet hasta bien entrada la endoscopia. Tu padre se dirigirá a mí, determinado:

—¡Uribe, cuídela, ella es mi tesoro! —ordenará grandilocuentemente.

—Sí, mi coronel Palma —haré el amago de ponerme firmes—. La cuidaré como a una orquídea; como a un Tamagotchi. 

—¡Dele una vida digna a mi princesa! —me exhortará efusivamente.

—Así será, papá Palma —diré, empezando a tratarlo como miembro de familia, porque, como dicen las cuñadas divorciadas, uno también se casa con la familia. 

—¡Quiérame a la nena! —exigirá frenéticamente.?—¡Más que a mis ojos! —responderé—. La voy a querer cada día, desde que se despierte por la mañana, así use placa antibruxismo, don Palma. 

—¡Dele una vida digna! —demandará vehementemente. 

—Me comprometo a no bajarla del estrato 5, papá Palma. Del estrato 4 —me corregiré al instante, al recordar las valorizaciones de la Bogotá Humana. 

—¡Formen una familia con mi muñeca! —reclamará tajantemente. 

—Así será, papaíto Palma. Tendrá usted sus nietos. Los nombraremos ora Linda Milan, si es mujer, ora Javier Piqué, si es varón.

—¡Ámela, Uribe! ¡Ámela! —bramará entrecortadamente.

—La amaré, papaíto, la amaré, porque desde que la vi, volví a nacer, como el árbol al que le llega la primavera. Ante usted me comprometo a ser un esposo entregado, fiel, chirriado, cuco.

En ese momento se fundirán con Linda en un berreo uniforme.

—¡Salud! —gritará jubiloso el público alzando la copa.

Será, entonces, el momento de responder al brindis. Seré la envidia de Manolo y Valeria. Mis palabras llegarán al corazón de los invitados. Apalancaré mi discurso en la mejor canción colombiana del siglo XX, El camino de la vida. Pero, sean optimistas, será en la siguiente columna.

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