Mi amigo Ángel me confesó que su esposa, en sueños, susurraba el nombre de otro. Hasta el día en que me lo contó, no se había atrevido a averiguar de quién se trataba.

—Solo repite "Juan" —me explicó—. Y no hay ningún Juan en nuestro círculo íntimo.

—Afortunadamente —comenté—. Pero… ¿por qué te inquietas? Tal vez sea el nombre de un perro de su infancia…

— Ni modo —replicó Ángel—.

Las señales son inequívocas: jadea, se mueve acompasadamente, todo en sueños, y repite el nombre. Por otra parte, cuando una mujer repite un nombre en sueños, no hay ninguna otra posibilidad: ni tú te la crees la del perro.

Acepté en silencio.

Un tiempo después, Ángel me citó en un bar del barrio de Once.

—Ocurrió algo extraño —retomó—. Cuando repitió el nombre, en sueños, jadeando, me acerqué a ella, tú sabes, sin despertarla, y le hice cosas que nunca me ha dejado hacerle despierta…

—¡Felicidades! —contesté.

—Fue un delirio… una maravilla… Pero…

—¿Pero qué?

—Tuve que aceptar que me dijera el nombre de otro, en sueños.

Permanecí mirándolo en silencio. Finalmente dije:

—¿Qué preferirías? ¿Qué se acueste con otro y le diga tu nombre? ¿O que te deje hacerle de todo y te diga el nombre de otro?

Ahora el silencio lo hizo Ángel. Pero finalmente declaró:

—Que lo hiciera todo conmigo y me llamara por mi nombre, despierta.

—Pero eso no lo logran ni los ángeles —argumenté—. A lo máximo que puede aspirar un hombre es a que una mujer pierda el pudor con él, que además lo respete es pedir demasiado. Yo ya me he resignado a que nuestra única dignidad es que las mujeres se nos entreguen sin reservas. Mientras lo hagan, pueden llamarnos "vagos", "malvados", "canallas", lo que quieran, incluso por otros nombres. Siempre y cuando se entreguen con nosotros y no con otros.

—Pero todo indica que alguna vez se entregó del mismo modo a este mismo Juan. Y que quizás todavía lo haga…

—Que lo haga en la actualidad —reflexioné— lo descarto por completo.

En ese caso, no se te entregaría. Y lo que pueda haber ocurrido en el pasado, es un terreno que hemos perdido desde que se dejó de usar la virginidad como prenda matrimonial.

—¿Entonces?

—Disfruta de lo que tienes. Y grita tú también el nombre de otra, si eso te sirve.

—No —me contradijo Ángel—. Yo no grito ni cuando termino…

—¿Por qué?

—A ver si todavía se despierta…

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