Para que una colectividad exista bajo un rubro identitario, debe existir cierto orden predominante que se mantiene por el consenso o la represión.

Las sociedades basadas en el consenso toleran la desigualdad, admiten la autocrítica y se fundamentan en la relación dialéctica que existe entre opiniones encontradas que buscan su catalizador en el ejercicio de la política: siempre habrá adhesiones y oposiciones en este tipo de sociedades, todo orden será relativo y el poder estará distribuido en facciones disímiles que, sin embargo, conviven con la idea del "otro" e incluso toleran la existencia del "adversario". En las sociedades basadas en la represión existe, según el filósofo francés Alain Finkielkraut "no ya un desorden indescriptible, sino un batallón gigantesco; no ya una multitud estridente, sino una estructura homogénea y temiblemente armoniosa; no ya una muchedumbre incontrolable, sino un ser multiforme, manejable y disciplinado: así se presenta la humanidad en la guerra total, es decir en la situación en la que toda existencia se convierte en energía y todo individuo —desde la fábrica al frente— se ve reducido a no ser más que una pieza del dispositivo, una parcela de la voluntad, un engranaje de la turbina. Cabe llamar totalitarios a los movimientos políticos que han erigido en valor supremo esta manera de presentarse". En las sociedades totalitarias, para garantizar el reino de la voluntad única, "hay que liquidar (...) en el hombre la espontaneidad, la singularidad, la imprevisibilidad, resumiendo todo lo que constituye el carácter único de la persona humana", y la mejor forma de lograrlo, como apunta Todorov, es mediante la centralización de la información y el aplastamiento de los discursos particulares —personales— a favor de las versiones que la intelligentzia totalitaria fabrica. En los regímenes autoritarios no hay adversarios, hay enemigos de la patria; todo aquel que quiera contradecir las versiones oficiales amenaza con romper la unidad ideológica que se impone desde el despotismo, o sea la supresión de las libertades, y el oscurantismo, o sea la explotación del prejuicio y de la ignorancia.

No digo que vivamos en una sociedad totalitaria, ni más faltaba, pero veo que existe una tendencia promulgada desde el gobierno para conducir el destino del país hacia allá. Un tercer período no haría más que consolidar ese proyecto. Tenemos un presidente a quien nadie puede contradecir. Los que lo cuestionan inmediatamente son tachados de guerrilleros vestidos de civil, permisivos cómplices del terrorismo, y son espiados sus movimientos, intervenidos sus teléfonos, acosados y presionados desde diversos flancos.

El espionaje del DAS a los candidatos presidenciales es un claro signo de que el disenso ya no se permite. El disidente es mirado con sospecha y se investiga como si fuera una amenaza. José Obdulio Gaviria, el flamante ideólogo de la doctrina uribista, compara Anncol con la revista Semana, pues para él ambas son iguales, ambas son antiuribistas. Además le parece gravísimo que se publique información que hace quedar mal al gobierno. El pecado no es que esas cosas ocurran sino que se revelen, pues deterioran el unanimismo casi religioso que se pretende conservar, aglutinado en la inefable figura paternal del líder sin el cual vendría la hecatombe.

Es hora de pasar la página, de mirar hacia los lados y encontrar un candidato que también tenga la mano firme, pero que en realidad posea un corazón grande. Alguien que, por ejemplo, no se empute si le hacen una pregunta incómoda (y lógica, como si quiere lanzarse por tercera vez o no). Un presidente que no le pida a los congresistas investigados que antes de la encanada apoyen los proyectos del gobierno. Que no defienda a tipos como Jorge Noguera y Carlos Náder. Que no haga homenajes a Turbay o Rito Alejo del Río. Un presidente que no vea las cosas en blanco y negro, que pueda percibir toda la gama de grises. Si usted reconoce los aciertos de esta administración pero está consciente de que está haciendo otras cosas mal, y algunas muy mal, entonces le ruego que mire alrededor y escoja al uribista de su predilección, el uribista que le parezca más chévere. Si le gustan los principios de este gobierno, pues vote por su continuidad, pero hágalo en la figura de alguien más. Otro candidato entre todos los que hay. Alguno le tiene que dar buena espina. Apueste, hágale, sálgase del molde. Es importante, para que no nos convirtamos en otra Venezuela, que en este país haya relevo. Que al menos haya eso.

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