En plena pubertad soñé repetidas veces que Patricia, una niña de la cuadra, me robaba la virginidad. Digo me robaba porque tenía un cuerpo gigantesco y en mis sueños hacía uso de toda su fuerza conmigo. Se ponía encima y sus carnes conspiraban contra mi integridad. Ahora he vuelto a tener un sueño recurrente. Claro que más que sueño esto se ha tornado en una pesadilla y va así:

Es una noche de viernes y me preparo para salir. Me miro al espejo mientras una madre que no es mi madre me grita que ya me lleva la camisa, que Pastora la está planchando. Estoy vestido con un pantalón negro, zapatos de material y medias blancas. Pastora sube la camisa, me la pongo, tiene unas mangas bombachas y un cuello de golas como el de los dibujos de don Miguel de Cervantes que me obligaban a pintar para celebrar el Día del Idioma. Me digo en el sueño, "será una fiesta de disfraces a la que estoy invitado", pero al oír a mi mamá sustituta subir las escaleras haciendo un ruido de metales la desconfianza me invade. Cuando entra al cuarto blandiendo una pandereta, una especie de estola y una capa -sí, una capa llena de tiritas de colores, de escuditos- me doy cuenta de lo que me he convertido. Ella lo confirma diciendo: "Qué tuno más buenmozo tengo en la casa". Sí, tuno. Soy uno de esos seres que irrumpen en las casas cantando cosas como "No, no, no, no, señor, yo no me casaré". Un puñado de mozalbetes con el menor sentido del ridículo que en la era digital se creen estudiantes sevillanos en pleno medioevo, de aquellos que se ven en las películas yendo por callejuelas dando saltitos, cantando, tirándose un bidón de vino y gritándoles cosas a las mujeres que se asoman por los balcones. Pastora me ayuda a poner la capa en la que alcanzo a ver un escudo que dice: "1er puesto, Concurso de Tunas, junio de 2002, La Vega, Cundinamarca". Se oye el pito de un carro. Tengo plena conciencia de lo que soy pero no puedo evitar serlo. Si alguien entra a mi cuarto mientras transcurre esta pesadilla me verá convulsionando de una manera en que los movimientos espasmódicos de Reagan, la niña de El exorcista, le parecerán gimnasia pasiva. Creerá que algún espíritu me posee pero nada más falso: soy yo el que está tratando de salir del cuerpo de un tuno. Cierro la puerta de la casa. Un vecino me mira con pesar. Entro a la Renault 18 Break, color vino tinto y de mi boca salen unos sonidos extraños: "¿Entonces qué, Poncharelo? ¿Qué más, Focas, ¿Qui'ubo, Costa?". El conductor, un hombre canoso vestido como yo, les dice a los demás en un tono pícaro (no hay otra palabra que reproduzca la inflexión que le da a su voz): "Pero miren al Patacón, casi se ahoga en colonia. Esta noche sí está dispuesto a levantar, ¿no, mijo?". Todos, que en promedio tienen 30 años, dejaron la universidad hace seis y el colegio hace doce, voltean a mirarme y estallan en una carcajada francamente incomprensible. El carro arranca y alcanzo a ver a mi otra madre asomada a la ventana practicando la señal de la cruz.

"El Bulto dijo que nos veíamos allá pero paremos antes en una licorera. Hay que meterle traguito a esto", dice Poncharelo exultante. En el carro suena un mosaico de Gypsy Kings. Costa canta "bamboleiro, bamboleira, porque yo mi vida la prefiero vivir así". Paramos en un Romi y Focas se baja. Espero que traiga algo que me queme las entrañas, un bourbon por ejemplo. Dos señoras lo ven entrar al mercado y le dicen algo, él, sonriente, parece que les respondiera con un verso galante, una floritura verbal. El muy desgraciado regresa con jerez. Si hubiera traído sabajón por lo menos la intoxicación me habría salvado de lo que viene.

En la puerta de una casa nos esperan los demás. Parqueamos, el conductor, que parece ser el jefe de la tuna (me entero porque un tipo larguirucho le grita con acento pastuso "Magíster Tunae, ¿con qué vamos a romper hoy?"), abre el baúl y varias guitarras, un contrabajo y un par de bandolas salen de la Break. Unas castañuelas resuenan en la oscuridad. El tuno mayor habla con algunos de los integrantes y después me grita: "Bueno, Patacón, nos vamos con Las cintas de mi capa. Hágale pa' dentro". Un portón se abre y alguien me empuja. La parte que sigue del sueño es la más vívida y por lo tanto la más angustiante: entro a una casa y mis manos se empiezan a mover, la pandereta que llevo golpea mis codos, mis tobillos, mi culo, doy giros sobre mi propio eje y suelto algunos gritos. El último volantín es como de un metro y caigo sobre una de mis rodillas. El dolor es insoportable pero no dejo de sonreír y mirar al público, unas quince personas aplauden hasta romperse las manos. Se oye un par de olés y la tuna, rondalla o también llamada estudiantina entra en pleno. El Magíster Tunae declama a medio cantar "somos los tunos y venimos a hacerle el amor a la vida teniendo como testigos nuestra capa, una guitarra y la luna enamorada que con su séquito de estrellas acompaña nuestras noches de ronda". Y arranca la Feria de Manizales. Miro alrededor mientras bato pandereta a un ritmo miedoso y descubro a una mujer bonita en una esquina. Mi yo tuno ríe para sus adentros y se dice "ahora sí, Patacón, a levantar".
En este punto siempre me despierto lavado en sudor, prendo la luz y recorro mi cuarto. Mis calzoncillos están en el piso, señal de que ya no vivo con mi madre, la verdadera, y mis discos de The Clash están en el lugar de siempre. Me miro la rodilla y es blanca y sin señales de maltrato. Vuelvo a acostarme con algo de nostalgia por la gordita Patricia, pero pronto se disipa gracias a lo feliz que es mi vida al tener un par de certezas, entre ellas la de no pertenecer a una tuna.

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