Un reloj de un millón de dólares es una de esas cosas que hacen sentir pobre a un hombre que no lo es. Con carros, obras de arte o apartamentos de tal valor se siente sobrecogimiento, escalofríos tal vez, sabiendo que ese tipo de bienes nunca serán para uno. Con un reloj de pulsera se siente lo mismo, intensificado y con una pregunta agregada: ¿Por qué?

En términos prácticos, el Blancpain 1735 lleva su nombre por la compañía que lo fabrica y el año en que fue fundada (la más antigua del mundo) y vale lo que vale porque hace parte de una edición limitada de 30 unidades, es hecho por encargo y enteramente a mano durante más de un año por un solo relojero que, luego de terminarlo, viaja personalmente a entregárselo a su futuro dueño. Pero si hay algo que aprender de la alta relojería suiza es que la practicidad no es importante; si lo fuera, todos fabricarían relojes de cuarzo y tendrían mucho tiempo libre.

"Desde 1735 no ha habido ni habrá un reloj Blancpain de cuarzo". El grito de guerra (curioso tratándose del país de la neutralidad) se ha cumplido al pie de la letra pese a la gran crisis de la relojería de los años 70 y 80. En 1970 unas 90.000 personas trabajaban en relojería en Suiza, país que controlaba la producción mundial y que ya había hecho investigaciones con el cuarzo, pero no le veía futuro comercial. No pensaban lo mismo en Japón, que invadió el mundo de relojes a bajo costo, obligando a las marcas suizas a echar a 60.000 empleados en menos de una década y replantear el negocio.

Fueron tiempos duros, pero la respuesta fue el reloj suizo más vendido de la historia, el Swatch (Second Watch). Su éxito fue tal que Swatch Group se convirtió en el más grande del mundo y terminó fusionándose con tradicionales casas relojeras suizas, desde Omega y Breguet hasta Blancpain. Así, se puede decir que el Swatch de 51 componentes (en vez de los 91 que suele traer un reloj promedio) y 50 dólares que más de 300 millones de personas llevan en su muñeca es hermano del Blancpain 1735 que vale un millón de dólares, 740 componentes y solo 30 unidades. Nunca habrá un 1735 número 31.

Todo comienza en Le Brassus, un pequeño pueblo en el Valle de Joux que no llega a 4.000 habitantes, se encuentra a 10 kilómetros de Francia, a 55 de Ginebra y es centro del arte relojero suizo desde hace tres siglos, tiempo en el que los granjeros cuidaban sus animales y hacían queso gruyère en verano, pero se quedaban en casa al llegar el invierno, muchas veces atrapados por la nieve. Salir de casa era casi imposible, por lo que se encerraban meses a hacer relojes. Con poca luz y tiempo de sobra, la producción era poca, pero de la más fina calidad.

En pleno 2008 Blancpain parece cómoda con la vieja forma de hacer relojes. Mientras otras empresas perfeccionan sus cadenas de producción, en la empresa creada por Jehan Jacques Blancpain en 1735 no más de 50 empleados trabajan en "La Ferme" (La Granja), una pequeña casa adquirida en 1982, remodelada por completo e inaugurada en octubre de 2005. A conocer el lugar y ver con mis propios ojos el 1735 de un millón de dólares llegué un día a las 9:30 de la mañana tras una caminata de siete minutos y con la nieve aún en las faldas de las montañas pese a ser la última semana de abril. La noche la había pasado a pocas cuadras de allí en un hotel cuyo nombre no podía ser otro que Hotel de los Relojeros.

Es tanta la paz del sitio que nada se oye, aunque es de suponer que tan alta dosis de tranquilidad solo sirve para hacer relojes y poco más; con tanto silencio se puede alcanzar la locura. De tres pisos y pequeños cuartos independientes, en cada uno de ellos se realiza una labor específica. El primero es el cuarto de grabado, donde tres mujeres que durante años se entrenaron grabando monedas le hacen los últimos detalles a un reloj. La clienta, una mujer japonesa, mandó una foto suya para que la grabaran en el rotor, ubicado en la parte de atrás del reloj. El proceso, que incluye un dibujo en papel de la foto original enviada por el cliente, y luego un modelo en relieve hecho en yeso, puede tomar hasta seis semanas. No se trata del 1735 que he venido a buscar, pero no deja de ser conmovedor.

Años de estudio en labores manuales y trabajos previos haciendo monedas no es lo único dentro del grupo de empleados de Blancpain. Muchos trabajaron ajustando herramientas industriales o haciendo los acabados de finos muebles de madera. En general, cualquier labor que incluya finalizar pequeños detalles durante innumerables horas de trabajo sirve de entrenamiento. Es tal el nivel de exactitud y delicadeza que se maneja, que estar preparado para apenas pulir las pequeñas piezas de un reloj puede tomar varios meses de práctica.

No hay computadores en La Granja, ni teléfonos que suenan, ni recepcionista que espera por visitantes. Solo hay relojeros que les dejan los avatares de la vida de oficina a los empleados de la sede administrativa de Blancpain, en Paudex, cerca de Lausana. En Le Brassus, cualquier asunto de trabajo se trata verbalmente o se deja por escrito en pequeñas notas pegadas en ventanas o estantes. Hablar no está prohibido, pero siempre es mejor evitarlo, especialmente en horas de trabajo, que comienza a las 6:00 de la mañana y termina a las 3:00 de la tarde. No se trata de antipatía de los relojeros ni de presiones de la empresa; es que con silencio y sin distracciones todo funciona mejor. Tan ensimismados están todos que tardan en responder a mi pregunta: ¿qué hacen en la casa de al lado, donde hay un letrero que dice Piguet Frères? Tras pensarlo un rato me responden, con evidente inseguridad: fabrican prótesis médicas.

El mayor enemigo de un reloj es el polvo y la humedad, por eso las paredes de La Granja están cubiertas de roble, madera que combate los dos factores. Se trata del mismo roble con que están hechas las cajas que contienen un reloj Blancpain, y del que están hechas las paredes de las boutiques de la marca en todo el mundo. Cannes, Ginebra, Munich y Nueva York cuentan con una. En París, en cambio, hay dos. Pese a que cada una tiene un muestrario completo de la marca, en ninguna de ellas se puede encontrar un 1735. De los 30, 28 ya están en manos de sus dueños y los dos últimos se encuentran en proceso de fabricación. De haber llegado unos meses más tarde a Le Brassus, no hubiera tenido la oportunidad de ver un millón de dólares convertido en reloj.

Blancpain casi quiebra a causa de los relojes de cuarzo japoneses, hasta que Jean Claude Biver y Jaques Piguet, dos nombres claves en la relojería suiza, la compraron en 1982. Además de salvar a la marca de la desaparición y de comprar la casa donde hoy funcionan los talleres, se fijaron fabricar un reloj especial, que reuniera lo mejor de la historia de la relojería y que dejara en claro que la vieja tradición de hacer máquinas de tiempo estaba viva pese a los nuevos tiempos. Mientras sus competidores hacían relojes más básicos para abaratar costos, Blancpain iba contra la corriente. Así nació el 1735, considerado para la fecha en que fue lanzado —1991— el más elaborado del mundo por reunir seis complicaciones relojeras.

En el complejo universo interior de apenas 35,9 milímetros de diámetro de un 1735 existen 740 piezas, muchas de ellas virtualmente invisibles al ojo por ser más delgadas que un cabello humano; varias son de oro de 18 kilates y hay además 47 rubíes que no entran en la contabilidad de las 740 partes. Además de dar la hora (¿para qué más se quiere un reloj en primera instancia), los 30 dueños tienen las fases de la luna, calendario perpetuo, repetidor de minutos, cronógrafo rattrapante y tourbillon, todo esto en una máquina de carga automática con reserva de marcha de 80 horas.

No es por discriminar, pero para aquel que use un reloj digital hecho en Asia —me incluyo y pido perdón— no sobra explicar qué es cada cosa. La fase lunar se antoja obvio, el calendario perpetuo permite saber la fecha exacta durante un siglo —incluidos los años bisiestos—, el cronógrafo con rattrapante es un mecanismo con el que se cronometran de forma sucesiva los tiempos parciales dentro de un mismo evento. El repetidor de minutos es un invento de cuando había poca luz. En lugar de acercarse a una vela o un farol para ver la hora, una diminuta campana avisaba la hora, cambiando de tono según si lo que anunciaba era la hora, los cuartos de hora y los minutos. Así, si eran las 7:49, daba siete campanazos en un tono, tres en otro (uno por cada cuarto de hora) y cuatro en otro diferente. Solo un maestro relojero con el oído, talento y dedicación suficiente puede hacer tal maravilla.

El tourbillon es un caso aparte. Tiene 52 partes, no es más grande que el botón de una camisa y su función es anular los efectos de la fuerza de gravedad sobre el reloj, un aparato que al estar en una muñeca cambia de posición constantemente. Es muy difícil hacer un tourbillon, pero más complicado para alguien que no hace relojes es explicarlo.

Se necesitaron 16 años para encontrarle dueño a cada uno de los 30 1735. El nombre de esos dueños se ignora, solo se sabe que el último hizo el encargo en 2007, por lo que recibirá su joya a finales de este año. Blancpain guarda en archivo cada compra, cada proceso de fabricación, cada fecha de entrega, pero es muy celoso a la hora de revelar nombres. Se sabe que Vladimir Putin, presidente de Rusia, usa relojes de la marca, pero no porque se trate de un acuerdo comercial, sino porque se pueden ver en varias fotos.

En el último piso de La Granja está el cuarto de los 1735. Junto a la puerta de entrada, un tablero con todos los componentes que le ha dado la vuelta al mundo. Numerados del 1 al 740, cada recuadro contiene una parte del reloj, pero la vista engaña y la primera impresión es que con tanto trajín se perdieron algunos elementos. Ese tablero es, si así se quiere, el Blancpain 1735 número 31.

En el cuarto de no más de 20 metros cuadrados hay dos escritorios, altos y robustos, que inspiran respeto. En uno se sienta Patrick Martin, que entre partes de reloj y delicadas herramientas de tal calidad que duran toda la vida, tiene una calcomanía del Girondins de Burdeos, equipo del que es hincha. Su colega se sienta a pocos metros, se llama Georges Schaffer y arma el reloj más complejo del mundo al ritmo que le marcan David Gahan, Martin Lee Gore y Andrew John Fletcher, los buenos muchachos de Depeche Mode.

Ningún 1735 se parece a otro. A pesar de tener el mismo aspecto, no existe un manual de armado, un procedimiento definido, cada uno lo hace a su manera, a su ritmo, por lo que ninguno es fotocopia del otro. Lo que sí tienen es la firma del relojero que lo ensambló, la marca puede estar escondida en cualquier lugar. Lo más curioso es que un 1735 es armado dos veces. La primera para comprobar que sí funciona, luego se desarma, se pulen los mecanismos y vuelve a armarse. Patrick, el hincha del Burdeos, ha documentado su labor con fotos y explicaciones para la posteridad, pero el libro no abandona La Granja, un búnker con muchos secretos y una apariencia adorable.

Una vez terminada su labor, Blancpain le costea el pasaje al relojero para que este viaje al lugar del mundo donde se encuentre el futuro dueño. El viaje lo podría hacer cualquier otro técnico, pero se perdería gran parte de la mística. Llega con un manual de usuario debajo del brazo. Es una cartilla simple, de no más de 20 páginas, redactada en nueve idiomas con unas cuantas instrucciones sencillas. La primera dice: "Antes de ponerse su 1735 (mientras está parado), gire la corona unas veinte veces para 'activar' el movimiento". Sin duda la instrucción más interesante porque se trata del momento en que se estrena. Cada punto explica un mecanismo del reloj y hay uno de ellos que podría sonar decepcionante, pero que es muy lógico debido a su complejidad: el reloj no es resistente al agua. Lo que no dice el manual del usuario, pero se le explica verbalmente, es que es recomendable no hacer movimientos bruscos mientras se lleva el 1735 en la muñeca. "No trote, no juegue golf ni tenis. Si llegara a dañarse, mándelo de vuelta a Le Brassus que allí se lo arreglaremos. Es improbable que pase porque se ha hecho a una máquina excepcional, solo se lo advertimos para que sepa qué hacer en caso de ser necesario", es a grandes rasgos lo que imagino le dice el relojero al cliente.

No es el 1735 el reloj más caro del mundo. Medio millón de dólares por encima está el Tour de l'Ile, de Vacheron Constantin, marca apenas 20 años más joven que Blancpain. Pero a esta altura de especialización no estamos hablando de dinero, así que, ¿qué importa un puñado de dólares? Lo único que se le pide al dueño de un 1735, además de que no juegue tenis, es que nunca se le ocurra llegar tarde a una cita.

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