Me acuerdo muy bien de la primera vez que vi a Manolo: yo estaba en casa, devorando televisión en blanco y negro, y él se me presentó encerrado en esa caja que me crió con la ayuda de papá y mamá. Manolo lo sabía todo. El rock era Manolo y yo, que no acababa de entender qué era el rock (¡aún sigo en la tarea!), ya sabía quién era Manolo. Cualquiera de mi generación puede confirmarles que fue Manolo el que, para la música, nos abrió las puertas de la televisión y de la radio, y de los comentarios de prensa escrita. Manolo es uno de los pocos disc-jockeys en ejercicio. Quizás el último de los armados con materiales de primera (una especie de Marantz clásico, pero en perfecto estado). Y entiéndase por disc-jockey no el concepto de mezclador de pistas con ínfulas de músico profesional, sino el de sujeto juicioso con el poder de sacar de la oscuridad a un talento que, de otra manera, se habría perdido en los anaqueles de una tienda de discos. Porque los disc-jockeys como Manolo han sabido siempre que su oficio es ser el oído del mundo. El oído y la mano, porque en 576 páginas Manolo ha hecho el milagro de encerrar la historia del rock de una manera tan clara, amena y didáctica que su editorial no pudo resistir la tentación de llamar al libro ABC del rock/Todo lo que hay que saber. Y Manolo sí que sabe. En términos de rock, la rúbrica de Manolo nos recuerda la vieja cuña de los almacenes J. Glottman en sus buenos años: "Nuestra firma respalda su compra". Manolo firmando un libro es todo lo que uno necesita saber para leerlo y hacerlo propio.

No hay que esperar una autobiografía de Manolo; ya la escribió y quien compre su ABC del rock la tiene entre manos. La historia del rock, que es la de todos nosotros, es la propia existencia de Manolo.

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