La primera vez que oí a alguien hablar de “el viaje” fue en Belfast, a mediados de 2007. Se trataba de una mujer de unos 35 años, con inmensos ojos azules, céltica, de una belleza traslúcida. Yo había ido a conocer las Casas de Paz, donde víctimas y victimarios se reconocieron tras el proceso de reconciliación integral que le puso fin a la guerra en Irlanda, y ella era una de las personas que contaban su historia.
Claire, así se llamaba, había sido golpeada por la violencia política y religiosa que por centurias asoló a su país hasta dividirlo radicalmente entre católicos y protestantes. Su infancia la pasó viendo atentados, esquivando persecuciones, asistiendo a funerales y visitando en las cárceles a su padre y a sus hermanos, que eran militantes del IRA (Irish Republican Army o Ejército Republicano Irlandés), grupo que para los ingleses era una guerrilla católica de corte nacionalista, comúnmente recordada por sus actos de terror. A mí se me asemeja al M-19.
Claire fue criada en un ambiente segregacionista. Sus amigos siempre fueron católicos, según la doctrina impartida en su colegio, y durante años, en el ambiente de gueto del barrio en que vivió, nunca se cruzó en la calle con ningún protestante. Más aun, se acostumbró a convivir con esa estética violenta y desoladora que imponen los “muros de paz”, paredes de cemento que se siguen construyendo en algunas zonas de Belfast, incluso después de firmados los Acuerdos del Viernes Santo en 1996, para separar los barrios católicos de los protestantes.
Cuando Claire comenzó a hablar de “el viaje”, yo no supe a qué se refería. Sin embargo, al cabo de unos minutos entendí que no se trataba de un viaje cualquiera, sino de uno en especial que le cambió la vida: un viaje íntimo hacia los más profundos sótanos de la condición humana; uno que acabó por liberarla de todos esos odios apresados con los que había malvivido y que le permitió acometer un acto de valor insospechado: el de confrontar a su victimario, cara a cara, como siempre lo había deseado. Y sí, pudo mirarlo a los ojos sin el menor reparo y asomo de cobardía.
Si algo le envidiaba yo a esa mujer era su mirada franca, altiva y transparente. Luego de la firma de la paz, ella había vuelto a rehacer su vida. Aunque vivía en un barrio católico y su único hijo —que la acompañaba cuando la conocí— asistía a una escuela católica, se había convertido en trabajadora social y a diario solía atender a personas que habían sido acérrimos militantes del bando opuesto.
—Ese ex policía que viene por el pasillo asesinó a mi hermano, mientras mi padre y mis otros hermanos estaban en la cárcel —dijo.
Pronunció la frase con una tranquilidad y una frialdad que me puso la piel de gallina. Había en sus palabras un tono de entereza que me retaba y que me exponía de manera descarnada ante un desafío ineludible. ¿En qué sentido? No lo sabía.
Mientras ellos dos, protagonistas de una guerra implacable que los había obligado a odiarse sin cuartel, se saludaban cordialmente y se miraban a los ojos, yo me ubiqué en un rincón: quería verlos; saber en qué momento tanta normalidad se iba a romper; indagar si eran capaces de tocarse, de ponerse en la misma orilla. ¿Tendría yo el temple para hacer lo mismo con los verdugos de mi hermana Silvia? ¿Estaría yo lista? ¿Lo estarían ellos? ¿Lo estaría la sociedad en que vivo? ¿Valdría la pena? ¿Sería posible?
Por un instante me sumergí en un letargo, absorta. Por primera vez, en las lejanías de Irlanda, un lugar tan insólito y apartado, no tuve escapatoria de mí misma y recordé a Silvia antes de su asesinato en Cimitarra, departamento de Santander, Colombia, después de diecisiete años de haber intentado sepultar todo vestigio de su recuerdo.
Había olvidado su rostro y sus ademanes: su última palabra, su última sonrisa, su última carcajada. No conocía detalles sobre las circunstancias de su muerte ni me había entrevistado con ninguna persona que hubiera presenciado la matanza. Adrede había borrado de mi memoria los rostros de los dirigentes campesinos que murieron con ella y había sepultado sin contemplación su historia.
Al percibir que podía recordar el rostro de Silvia, así tan de repente, después de haber intentado sepultarlo por tanto tiempo, no sentí alivio sino miedo. Me toqué para ver si era real todo lo que me estaba pasando en aquel instante y vi de nuevo a Claire. Ella estaba sentada en el mismo sitio donde mi sobresalto la había dejado. Se veía tranquila, a pesar de estar conversando con el asesino de su hermano. ¿Cuántos estadios previos habría pasado para condonar las deudas de dolor inferidas por él? ¿Cuánto coraje habría requerido para llegar adonde estaba, para sonreírle amablemente como lo hacía en aquel momento y sin que el recuerdo de su hermano asesinado la paralizara?
Entonces me di cuenta de que ahí, en mis propias narices, como si se tratara de un intempestivo bofetón, me estaban relatando un caso idéntico al mío. Tal vez suene absurdo, pero descubrí que aún sufría, y mucho; un sufrimiento que ahora puedo definir como hermético, añejo, reconcentrado. De improviso, sin racionalizarlo, como un dique que se rompe, sentí necesidad de sacar el dolor, de comprenderlo, de asimilarlo, de curar la herida que yo creía cicatrizada y que, por el contrario, estaba tan fresca como si acabara de abrirse.
Entendí que ella, Claire, había ido hasta el infierno, de donde había renacido, y que “el viaje” le había permitido salir del horror con la dignidad que yo entonces le envidiaba. Solo que ella había hecho la inmersión hacia las profundidades de sí misma de la mano de su inquebrantable convicción religiosa; fe que yo no tenía. Hasta hoy, no recuerdo haberme sentido tan frágil ni tan vulnerable como aquel día.
Sin embargo, a pesar de la agonía del momento, sentí que debía desafiar el horror que yo había escondido en lo más recóndito de mi ser, aunque me doliera hasta los tuétanos. Descubrí que la anestesia que me había formulado durante tantos años para darme una tranquilidad ficticia se había agotado. Me di cuenta de que el asesinato de Silvia y sus consecuencias eran parte fundamental de mi vida, aunque me lo hubiera negado de forma tan pertinaz. Reconocí, finalmente, que yo era diferente por cuenta de lo que me había pasado y que mi lucha por ser una mujer común y corriente, igual a todos mis amigos y vecinos, ya no tenía sentido. Al comprender que había cambiado y que ya solo me afectaban las batallas que ponían en juego la esencia de las cosas, entendí que había llegado la hora de iniciar mi viaje.
¿Por qué lo hice? Al principio no sabía la respuesta. Sin embargo, ahora que han pasado veinte años de la masacre, entendí por qué había iniciado este viaje: pensé que debía recuperar el rostro de Silvia y su memoria para mis hijas; pensé que si estaban en pleno proceso de crecimiento y llenas de interrogantes, no las podía mantener en la misma oscuridad en la que yo me había refugiado.
Se lo debía también a mi madre, con quien nunca había tocado a fondo el desgarro que nos había producido la muerte de mi hermana, porque creía que guardando silencio y compostura podíamos hacer la vida más llevadera.
También porque como periodista había contado permanentemente la historia de los otros, de pronto huyéndole a la mía, como si de ese modo pudiera evitar mi turno y así ponerme a salvo del escarnio de tener que escribir en primera persona.
Y, desde luego, porque mi testimonio puede ser el mismo de miles de colombianos que, sin oportunidad de contar sus historias, han padecido tragedias similares o peores, en el silencio abismal de su dolor.

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