He sido infiel a todos. Lo he sido en una escalera, en varios autobuses, en decenas de hoteles sin estrellas y bajo un cielo estrellado, en una playa, en un parking, en un museo, en un abismo, en sus narices. He sido infiel un Viernes Santo, un Día de la Madre, una Navidad y hasta durante un golpe de Estado. Borracha y sobria, despierta y dormida. Les fui infiel con mis vecinos, con los suyos, con mis compañeros de estudio, con mis compañeros de trabajo, con mis exnovios, con mis amigos, con mis amigas, con los novios de mis amigas, con sus mejores amigos, con sus otros yos, con extraños fascinantes y con extraños, simplemente. Con seis el mismo día, con dos la misma noche, con tres en la misma cama. Fui infiel sobre todo a mis infidelidades. Y, por supuesto, me casé con una de ellas. (Y las mujeres son infieles porque...)

Lo confieso: nunca pude ser fiel. No tengo vocación de perro. Al principio, pensé que tenía que ver con mi falta de carácter o mi escasa habilidad para imponer mis deseos frente al otro, para vivir con cierta coherencia. ¿Cómo disfrutar del buen sexo delictivo sin sacrificar los domingos de película y desayuno en la cama? ¿Cómo reservarme la emoción de los encuentros clandestinos sin dejar de dormir abrazada a un cuerpo amado y protector? ¿Cómo vivir sin una carta bajo la manga? Una voz dentro de mí me decía: “No puedes tenerlo todo. Tienes que elegir”, pero yo nunca he podido elegir.

Lo quise todo. Pero lejos de achacar mis contradicciones a la “sociedad” y a la “educación católica”, decidí subvertir el amor, ese modelo imperfecto, esa trampa mortal que me había condenado irremediablemente a las miserias de la doble vida. Así inicié una guerra de guerrillas.

Si todavía no estaban fijadas las bases para una auténtica revolución humana me veía en la obligación de trabajar por el cambio, desde la ilegalidad: participar en reuniones secretas con mis ocasionales amantes, escribirles cartas cifradas y perpetrar ataques indiscriminados contra objetivos reaccionarios, es decir mis parejas. Siempre me he creído el personaje de la infiel vengadora que lucha por la libertad al margen de la ley. Salía por las noches, con mi antifaz y mi traje de látex remendado, a colocar pequeñas cargas de dinamita junto al muro de la monogamia. Volvía al amanecer, más sola que nunca. Y más feliz. (¿Sabía que ser infiel lo puede enfermar?)

Por eso, solo hay una cosa de la que estoy segura: nunca somos tan buenas amantes como cuando estamos traicionando a nuestro marido. La frase es en realidad un giro de una muy célebre de Marilyn Monroe en la que se refería a lo maravillosos que son en la cama los hombres casados. La muy puta. Pero habría que agregar que también lo son los hombres celosos, a los que hemos pinchado con el aguijón de la duda. Los Otelos tienen orgasmos mucho más poderosos y expulsan más cantidad de esperma que un hombre seguro del amor que le profesan. Sus pequeños espermatozoides son como soldaditos de La guerra de las galaxias dispuestos a despedazar a los espermatozoides del enemigo. Visto así, deberían darme las gracias por esos dolorosos orgasmos.


Los teóricos de la evolución afirman que los varones se sienten más inquietos por la infidelidad sexual porque pone en peligro la reproducción, mientras que a las mujeres nos inquieta la infidelidad emocional porque pone en peligro nuestro hogar. Mentira. Nos inquieta la infidelidad emocional porque sabemos diferenciar el sexo del amor. La mayoría de hombres, en cambio, son tan miopes que suelen dolerse más por el adulterio sexual de ese “monstruo de ojos verdes que se burla del pan que lo alimenta” (yo), que de la auténtica traición amorosa.

Uno es infiel en gran parte y casi siempre, y lamentablemente, porque, como dice uno de mis escritores favoritos, Philip Roth, “si no te vuelven loca los vicios de tu marido te vuelven loca sus virtudes”. Aunque las estadísticas digan que la infidelidad “virtual” es para la víctima igual de dolorosa que una “real”, hay que ser muy histéric@ o muy exagerad@ para terminar una sólida relación por culpa de un inofensivo y tórrido chat que dejaste abierto por descuido, acto fallido o intentona suicida. El infiel patológico, qué duda cabe, siempre quiere ser descubierto: únicamente para que alguien lo ayude a terminar de una vez por todas —porque él solo no puede— con la angustia que supone llevar una vida sentimentalmente esquizoide. (¿Le están poniendo los cachos?)

Yo fui infiel pero la gente cambia. No sé si es acaso la endiablada sabiduría de la especie o si es solo que nos gusta construir edificios de concreto alrededor de una flor, lo único cierto es que llega un día en que hasta una infiel patológica no puede ser más infiel, como si se le acabaran las pilas y se interrumpiera el ciclo reproductivo de los cuernos. Herida de clandestinidad, decide ser infiel a sí misma, la única persona que le faltaba o eso cree la infiel. ¿Dónde está esa mujer que encontraba la miel de la vida en brazos ajenos?, se preguntará. Se mirará al espejo avergonzada de sí misma. Para entonces, la pareja conformada por Otelo y la infiel patológica se habrá invertido: la infiel es ahora una celosa y el celoso, un maldito infiel. Pero la historia de mis cuernos la tendrá que contar otro.

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