En un primer instante, con la euforia del enamoramiento, da igual que haya hijos, un pasado, o incluso una condena penitenciaria. Al mes y medio, por lo general, importa menos la condena penitenciaria (las relaciones a distancia y dificultosas son un aliciente) que la presencia de dos o tres preciosos vástagos de una relación anterior. A los tres meses quieres matarlo a él, estrangular a los niños y, sobre todo, asesinar muy despacio y de manera muy dolorosa a su antigua mujer. (Elogio del porno)

Consuela saber que, aunque la ex es una mala pécora, él la ha perdonado, y mantiene un trato civilizado. Eso nos dice. Por los niños, claro. Si una es novata en las relaciones con hijos, es posible que se ceda al error de intentar una amistad con la ex. No. No. Así no. Las ex no son nuestras amigas. Los niños de otras no son nuestros amigos. Si una se leyera, con atención y sin prejuicios, La Cenicienta, desde el punto de vista de la madrastra, podría prever lo que le espera con una niña aficionada a la moda y a la que hay que enseñarle cómo llevar una casa. Por desgracia, los cuentos suelen contarse desde el punto de vista de los hijos. Ajenos.


Nos gustan ellos porque se han comprometido al menos una vez, porque se preocupan por los retoños, porque son corteses con mujeres a las que amaron y ahora no soportan. Da muchas esperanzas de futuro, para cuando nosotras seamos las ex (generalmente sin hijos... ya los tuvieron. Con otra), el que no sea propenso a hablar mal de las anteriores. Nos gustan porque son maduros y responsables, porque dicen cosas como "estoy enamorado de mis hijos", y porque nos permiten jugar a ser madres de fin de semana sin serlo.

Para cuando una se entera, es madrastra: está eligiendo bicicletas para los hijos de otras (se la robaron, pobre), asistiendo emocionalmente a una adolescente insoportable (necesita referentes, pobre), eligiendo el regalo para la ex (lleva tan mal nuestra ruptura, pobre), y aceptando ser la mala oficial (será rompematrimonios... zorra...).

Si cometes el error de enamorarte de un separado con hijos, asegúrate a) de que no es un casado con hijos (siempre se están separando, lo suyo está terminado y tú eres su alegría y quien lo ha devuelto a la vida); b) de que tú no eres la siguiente a su divorcio y c) de que su mujer sabe que están separados. No, no basta con que hayan firmado los papeles del divorcio. Ella debe aceptarlo. Aún así habrá berrinches, escenas o encuentros de falso paternalismo. "Pobrecita, si supieras lo que te espera", nos dicen mientras nos invitan a un café. (Elogio de la mujer madura)

Los hijos no lo aceptarán jamás. Montarán escenas, mojarán la cama, echarán tu Chanel N.º 5 en la bañera cuando laven al perro, arrojarán tus zapatos preferidos por la ventana, y a todo ello tu novio pedirá paciencia (a ti), comprensión (a ti) y un tranquilizante (esperemos que también a ti) porque sus delicados nervios no pueden soportar la escena.

Con el tiempo comprenderás que no ha mentido: que es cierto que está enamorado de sus hijos, y que, por lo tanto, tú vas a ser siempre, y para siempre, la otra. Que si ellos lloran, manipulan, exigen o fingen, irán siempre por delante de tus necesidades. Que ellos son sus hijos, la ex, la madre de sus niños, por más que haya rehecho su vida, y que a ti te encontraron, casi siempre, en la calle.

Queda otra opción, claro: dejar de ser madrastra y convertirte en madre de sus hijos actuales. Deforma el cuerpo, no vamos a negarlo, y destroza aún más los nervios, pero ¿qué no haríamos por amor las mujeres? Ah, el enamoramiento, esa mirada de soslayo, ese hueso de la clavícula que se atisba por debajo de la camisa, ese yacer en la cama abrazados, tan tierno, tan cercano, antes de que suene el teléfono y sea la ex, porque el hijo mayor necesita ortodoncia y es cara... Y entonces, en esos fines de semana en los que se juntan los niños propios, los dos del primer matrimonio, y las ruidosas mellizas del nuevo matrimonio de la ex miras atrás, te miras a ti, y te preguntas cuándo, cómo, por qué... (Elogio a las (pequeñas) mentiras)

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