Hay que salir en defensa de las malas palabras. Por malas palabras entiendo, no las llamadas "feas", como "carajo", o "malparido", sino las pervertidas. Las que han sido tergiversadas y corrompidas para obligarlas a decir lo contrario de lo que significaron en su origen inocente. "Cínico", digamos. O "mefistofélico". O "bolivariano". Pobres los cínicos, pobre diablo Mefistófeles, pobre Simón Bolívar.

"Cínico", por ejemplo, es una palabra que nació para designar a un grupo de filósofos, estoicos antes de tiempo, que buscaban la virtud como soberano bien; y ha terminado sirviendo para calificar a los sinvergüenzas. Es una palabra que, como un perro amaestrado de circo, ha dado una voltereta mortal sobre sí misma para volver a decir lo que en principio quiso decir: perro. Pero no ya el perro considerado como animal noble, modelo para el hombre; sino como animal vil, objeto de desprecio. Decir de alguien que es un cínico hoy constituye un insulto, cuando en su origen griego fue un elogio: kynikos, que significa "como el perro". O sea, de la secta de los perros, fundada por Antístenes, discípulo de Sócrates, que fue testigo de su muerte de toro acorralado por los perros de Atenas en jauría: tomado aquí lo de perro en el sentido vil. Pero era una escuela filosófica admirable la de los cínicos, cuyo arquetipo es Diógenes: un sabio que vivía en un tonel, buscaba en pleno día con una lámpara encendida un hombre honrado, sin hallarlo, y se masturbaba en la mitad del ágora delante de la gente. De él dijo Platón que era como el mismo Sócrates, si Sócrates hubiera estado loco.

Porque ya Platón, también, era lo que nuestros tiempos habría que llamar "políticamente correcto". Es más: era él quien dictaba la corrección política. La cual no es cosa nueva, como tiende a creerse: Platón sentaba cátedra hace veinticinco siglos.

Digo que hoy "cínico" es un insulto. Un cínico es hoy un sinvergüenza, un caradura sin escrúpulos, sin principios éticos ni morales, que solo mira por su propio interés egoísta, desprecia la verdad y miente: finge aceptar lo que no cree, pues no cree en nada. Pero no de modo hipócrita, "en homenaje a la virtud"; sino descaradamente, porque está seguro de que no le va a pasar nada. El agudo Oscar Wilde definió al cínico como "uno que sabe el precio de todo y el valor de nada". Y sus malquerientes, que eran numerosos —hoy ya no, porque está muerto- lo acusaban a él mismo de cinismo. A partir de la Ilustración francesa, desde Voltaire, digamos, cínico es el escéptico absoluto, que no cree en nada, y en consecuencia ajusta su conciencia a su conveniencia. Y los enemigos de Voltaire, cínicamente, lo llamaban a él cínico.

De Diógenes se contaba que el oráculo de Delfos le había recomendado que falsificara moneda, o, más bien, que mostrara que la moneda que circulaba en la ciudad era falsa: que las convenciones sociales eran huecas. Que combatiera los artificios impuestos por el qué dirán y desafiara su autoridad por todos aceptada. Es un insolente el que hace eso, un desvergonzado el que pone en evidencia las desvergüenzas de una sociedad ante sí misma. Y Diógenes era un desvergonzado. Comía en público, como los perros. Se masturbaba en público, y decía que ojalá el hambre pudiera quitarse de manera parecida: frotándose la barriga. Porque las cualidades que apreciaba eran las del perro: la de distinguir al amigo del enemigo, la de defender aquello en lo que se cree o aquello que se ama. Pero las virtudes, llevadas a su extremo, tienden a convertirse en su contrario. Se pasa del desprecio de los vicios al desprecio de las costumbres. ¿Y si las costumbres son viciosas, y si los vicios se han vuelto costumbres de la sociedad? Entonces al virtuoso la sociedad lo llama cínico.

Así que a aquellos filósofos de la escuela del perro, que quisieron ser los mejores de los hombres, que no tenían otro propósito que el de buscar la virtud entendida como la liberación del miedo y de los deseos, y consideraban tal virtud como suficiente para la felicidad, que simplemente querían, en palabras de Diógenes, beber el agua en la mano, no les creyeron. Sus jueces eran, ellos sí, lo que hoy llamamos cínicos: incapaces de entender que alguien haga algo como no sea movido por un interés rastrero.

Ha dado mucho que hablar en estos dos milenios y medio la entrevista que sostuvieron en las calles de Corinto Alejandro Magno en toda su gloria y el cínico Diógenes sentado al sol en su tonel. Le dijo el conquistador al filósofo que le pidiera lo que quisiera, y se lo daría; y el filósofo solo le pidió que se moviera un paso para no quitarle el sol. Y se cuenta que Alejandro comentó que, de no ser Alejandro, le hubiera gustado ser Diógenes.

Tal vez. Pero el caso es que prefería ser Alejandro.

¿Y Diógenes? No se sabe. Pero si hubiera dicho que él prefería ser Diógenes, se le hubiera venido el mundo encima: ¡No sea tan cínico!

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