Muchas veces he jurado que no vuelvo a jugar y ahí estoy otra vez, sentado en la mesa del blackjack, esperando con ansiedad un as o una figura. He jugado ruleta, conozco el póquer, pero no hay como el blackjack. ¿Cuál es su encanto? Que ganar depende de uno. Lo cual no quiere decir que sea fácil. Al contrario: es lo más difícil que hay porque "uno" es el peor enemigo que todos tenemos. Y si a esto le sumamos que nos encontraremos con otros "unos" dispuestos a perder —los jugadores somos en el fondo masoquistas—, el asunto se complica. O se vuelve más seductor: si uno se vence a sí mismo —y a los otros— no es imposible ganar.

Hay cuatro barajas, las cartas grandes van para la talla y las pequeñas son para los jugadores. Por un momento. Luego es al contrario: las grandes para los jugadores y las pequeñas para la talla. La suerte va y viene: hay que tener paciencia, hay que saber cuándo aumentar la apuesta y cuándo desacelerar. Es la ley de probabilidades, mayores para la casa, desde luego, pero habrá un instante cierto en que los ases se acordarán de ti. Los jugadores lo saben y le tienen un lindo nombre: "el aroma". Es como un perfume irresistible. Y peligroso: en su búsqueda se han perdido muchas fortunas y mucha genta ha arruinado su vida.

Siempre cambio 40.000 pesos y apuesto en cada mano 10.000. Si voy ganando, 20.000 o 30.000. Depende de la mesa, depende de quién esté cerrando. A veces hay unos ineptos —o unos irresponsables— que no saben nada y piden cuando no se debe pedir y hacen perder a todos. Una vez en el casino del hotel Caribe, en Cartagena —tan bonito, lástima, ya no existe—, me tocó ver a un italiano energúmeno contra un señor que efectivamente estaba cerrando con las de caminar. A pesar de los gritos, era claro el mensaje del italiano: el objetivo del blackjack no es hacer 21 puntos sino lograr que la casa se vuele y todos ganen. Unidos todos contra la talla, esa es la idea, esa es la consigna. Es emocionante ese momento en el que, después de sudar frío por una apuesta alta y un pésimo puntaje, la talla se echa dos "burras" —dos figuras— y se vuela igual que Ricaurte en San Mateo: los jugadores se tocan las manos con el puño cerrado y se sienten compañeros de una causa común, como un equipo de voleibol. Como una buena familia. Pero no, hay quienes no lo entienden. En la historia del italiano, el errático señor decidió gritarle: "¡Italiano fascista!". Se armó el despelote y tuvieron que intervenir los de seguridad.

Cambio 40.000 pesos que pueden llegar a rentar 130.000. O un simple cero: nada. Lo cual resulta una gran victoria. Es que, a veces, no perder —o perder poco— es una gran victoria. Porque confluyeron todas las adversidades: alguien cerró mal, alguien pidió demasiadas cartas y dañó el sabor —quien ha perdido mucha plata lo domina la ansiedad—; jugadores que entran y salen de la mesa —llegaron con un puto bono que les pica en las manos y quieren gastarlo rápidamente— y, lo peor de lo peor, un hijo de papi lunático, un joven suicida ¡que se le ocurre pedir en diecisiete! Como diría el técnico de fútbol: "Firmo el empate". Hay que saber retirarse a tiempo: ese es el gran secreto. "Si vas perdiendo retírate. Si vas ganando retírate. Retírate siempre".

Cambiar poco, doblar la apuesta en el momento indicado, no jugar con ansiedad —no jugar a recuperarse—, no tener grandes expectativas —para no tener grandes derrotas— y no dejarse dominar por la ambición. Tal ha sido mi filosofía, bastante sensata y coherente, que me ha dejado unos pesitos para disfrutar unas deliciosas ginebras con tónica —que un vicio financie otro, esa es la verdadera justicia poética—; invitar a un amigo a almorzar, dar una buena propina, comprar un DVD o no arrepentirse de rechazar un curso de literatura en una universidad porque la miseria de la hora cátedra que pagan equivale a tres buenas manos de blackjack que se hacen en cinco minutos. Nunca he ido a un casino para enriquecerme y creo que el que lo haga está en el lugar equivocado. Ganar unos pocos pesos y relajarse: honestamente creo que hasta ahí podemos llegar. ¿Qué pasaría si en vez de los 10.000 apostara 100.000 ¿Ganaría un millón, dos millones? No, la tensión sería insoportable y me haría cometer errores. Además, no he visto ganar a nadie que apueste duro. Aunque, debo reconocerlo, más de una vez he incumplido cada uno de mis sagrados mandamientos: he jugado en una mesa atestada y con alguien cerrando pésimo, he comprado muchas fichas, he apostado más de lo habitual, he jugado con la angustia de ir perdiendo y no me he retirado a tiempo. Ir perdiendo 500.000 —para mí, una fortuna— y recuperarlo luego de una dura batalla de dos horas y con jugadas arriesgadas, con el corazón en vilo hasta que la talla se echa la última carta, es como practicar un deporte de alto riesgo: máxima intensidad y luego agotamiento. Más tarde, en la lucidez de la resaca, he jurado no volver a sentarme en una mesa de blackjack.

Y lo cumplo… Por unas cuantas semanas. Hasta que parece ridícula la decisión: no hay nada peor que un converso o un abstemio. Vuelvo entonces al placer inmenso de ver una esquiva figura al lado de un as, a la camaradería ante la adversidad de los jugadores, a sus historias tristes y dolorosas pero siempre interesantes, al humor negro que nunca falta en la mesa, a la complicidad con los dealers, dulces verdugos que si les caemos bien nos envían mensajes nada subliminales. "Deme un consejo", le pedí una vez a una jefa de dealers: "No juegue", fue su sincera respuesta. Le agradezco sus palabras. Y nunca las olvido. Pero creo estar salvo mientras mi policía interior y mi racionalidad no se vayan de carnaval. Todo está en orden: el vicio controlado y con saldo a favor. Los gestos de admiración de los otros jugadores cuando me ven partir ganando —o sin perder— me tranquilizan. La filosofía que me he impuesto es precaria. El caos y la pérdida de los límites están ahí, latentes, como un peligroso maelstrom. Listas para corroborarme que la vida no se puede dominar con la razón y que somos juguetes del destino y el azar.

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