Recientemente, algunas personas de la zona rural de Riosucio, en el departamento de Caldas, se han reunido para quejarse por unas iniciativas gubernamentales. En particular, se muestran molestos porque en algunos sitios de influencia de las comunidades indígenas, en las escuelas los niños van a recibir la misma educación que reciben los pueblos indígenas de la zona. En una reunión realizada hace poco, una señora vociferaba a través de un megáfono que ya no podrían enviar a sus hijos a la institución donde siempre lo hacían. En el clímax de su discurso, gritó:

“Porque nosotros no somos indígenas. Nosotros somos…”.

De pronto se detuvo. Agachó la cabeza como para pensar, la levantó y le preguntó a su auditorio —esta vez en voz baja y sin usar el megáfono—:

“… ¿Qué es lo que somos?”.

Un señor le contestó con voz recia: “Campesinos, somos campesinos”.

La señora prosiguió:

“¡Porque nosotros somos campesinos, sí, señor, no indígenas!”.

Esta señora despliega mucha más autoconciencia que algunos adalides de la corrección política que buscan instaurar el castigo como forma de luchar contra la expresión de ideas estúpidas o inmorales (si es que puede haber tal cosa). Para empezar, prohibir la expresión de ciertas ideas o actitudes es apuntarle con el dedo a la gente para obligarla a pensar dos veces antes de hablar. Esto sería buena cosa si solo se tratara de obligarnos a pensar y hablar mejor. Pero no, lo que logran estos recortes de la libertad de expresión es que la gente busque la manera de esconder lo que realmente piensa. No sé el amable lector, pero yo prefiero vivir en un lugar en el que pueda saber la clase de prejuicios que tengo y que tienen mis vecinos.

Estas iniciativas no son nuevas. En Colombia hay una ley (1482 de 2011) que penaliza lo que los mojigatos llaman “discriminación”. En 2014, un concejal del municipio de Marsella (Risaralda) fue condenado a 16 meses de cárcel por haber hecho un comentario que violaba las prohibiciones de dicha ley. El tipo dijo lo siguiente en una sesión del Concejo en el año 2012: “Siendo sinceros, grupos difíciles de manejar, como las negritudes, los desplazados y los indígenas, son un cáncer que tiene el gobierno nacional y mundial”. La frase es lo suficientemente estúpida como para atraer por sí sola la burla y el desprecio, pero los paranoicos de las buenas maneras quieren que, además del escarnio que tales pendejadas acarrean muy naturalmente, se meta a la cárcel a todo el que diga la primera majadería que se le pase por la cabeza.

En algunas universidades colombianas se oyen propuestas para regular el habla con respecto al sexo, la raza, etcétera. Políticas de género o antidiscriminación, las llaman. Esto hace parte de una costumbre perenne de los colombianos: imitar lo extranjero. Como muchos profesores han cursado posgrados en Estados Unidos, les parece que el primer paso para sacarnos de la incivilidad consiste en copiar los reglamentos de las universidades gringas. Pero podría no ser buena idea. En el mundo angloparlante ya se dejan ver algunas consecuencias de estos reglamentos que recortan la libertad de expresión. Por ejemplo, el año pasado fue cancelada una conferencia de la líder feminista Germaine Greer, que estaba programada en la Universidad Cardiff, porque cerca de 3000 estudiantes firmaron una petición para prohibir que la señora hablara. El argumento que esgrimieron fue que la feminista es misógina, puesto que ha dicho cosas como la siguiente acerca de los transexuales: “Solo porque te cortas la polla y te pones un vestido no significa que te conviertas en mujer”. El periodista John Carlin (de quien tomé el dato) dice que este tipo de ambiente está criando una camada de estudiantes eunucos. Supongo que es una metáfora para referirse a un hatajo de mequetrefes dispuestos a hacer prohibir todo lo que les suene mal. Porque, ¿dónde si no en una universidad la gente puede decir lo que piensa? Aunque alguien podría decir que la sociedad espera de una universidad que allí solo se digan cosas interesantes. Pero eso es ingenuidad: si esa expectativa fuera razonable, habría que empezar por cerrar las universidades.

La ONU tiene un Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, que ha establecido una lista de recomendaciones con el propósito de que los países prohíban los discursos y las conductas problemáticas. El comité incluye, entre las conductas que deben penalizarse, “toda difusión de ideas basadas en la superioridad o en el odio racial o étnico, por cualquier medio”. En pocas palabras, habría que penalizar la prédica del judaísmo, del calvinismo, del cristianismo en general y, hasta donde entiendo, de casi todas las religiones. Dado que una etnia es cualquier grupo humano definido “por afinidades raciales, lingüísticas, culturales, etcétera”, tales agrupaciones pueden contar como etnias y todas ellas predican la superioridad de algunos humanos con respecto a otros (a propósito, ¿qué puede esperarse de una legislación basada en una noción tan vacía como la de raza, vacía hasta el punto de que cualquiera la llena con lo que se le antoja?). Hay pueblos indígenas que se refieren al resto de la humanidad como “los hermanos menores” y consideran que somos unos pobres descarriados alejados del camino correcto. ¿Qué hacer con los vegetarianos y veganos que equiparan la industria de la carne con el holocausto judío, y a quienes comemos filetes con los nazis, comparación de la que salen ganando Hitler y compañía?

Solo para insistir, me gustaría recordar un fragmento de las cartas de san Pablo, con seguridad el más influyente mojigato en la historia de Occidente. En la primera carta a Timoteo, Pablo da esta recomendación con respecto a la conducta de las mujeres:

“La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión”.

¿Qué podemos hacer si seguimos el impulso prohibicionista de los voceros de la corrección política? Una primera medida puede ser prohibirles a todos los hombres cristianos enseñar o difundir este pasaje (me gustaría ver cómo quedaría un ejemplar de la Biblia al que le recortaran todos los fragmentos inapropiados). Pero ¿qué hacemos con las mujeres cristianas, que no son pocas? ¿Habría que prohibirles que prediquen las partes machistas de su propia religión, que no son pocas?

Aquí se ve uno de los aspectos más sensibles de esta clase de política mojigata. Virtualmente, casi cualquier persona violaría las normas de la corrección política en algún momento. Así que se trata de tener un reglamento que pueda ser aplicado para acallar a la gente que comience a volverse molesta. Es una práctica bastante conocida, para la que existe una expresión: “A que le aplico el reglamento”.

Tomemos otro caso, un chiste racista típico:

El juez le pregunta al policía:

—¿Usted presenció cuando este individuo le dio una golpiza a este negro?

—Sí, señor juez.

—¿Y por qué no intervino?

—Porque me pareció un abuso pegarle más.

Como los demás chistes racistas que he oído, este no es particularmente desternillante, ni siquiera es chistoso. Pero que pueda ser contado y que haya gente que pueda reír con semejante tontería puede ser revelador de las iniquidades que una sociedad comete contra los negros. En Colombia, por ejemplo, supongo que mucha gente se reiría con el apunte, y es explicable: aquí a las comunidades negras se las ha considerado inferiores y se les sigue tratando como tal. Me temo que, de tener éxito, la prohibición de contar chistes racistas podría borrar uno de los pocos espacios en los que podemos recordar lo racistas que somos.

Cuando tengamos el impulso de legislar sobre el humor o cualquier otro medio de expresión, sugiero recordar algo que decía Borges a propósito de la literatura comprometida. No podía entender a quienes pretendían hacer una literatura que contuviera mensajes políticos por la razón de que cualquier escritor sabe que nunca la obra sale como lo esperaba. Se puede generalizar: nunca nada sale como se espera. Los judíos tienen un dicho muy bueno: si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes. ¿El ambiente resultante de prohibir el habla ofensiva no podría ser peor que el que ya tenemos?

Crecí en comunidades conservadoras en las que se predicaba contra el homosexualismo, y quienes más duro hablaban eran homosexuales que tenían esposa e hijos. Creo que nos entendemos: en la sociedad mojigata, usted puede permitirse cualquier transgresión, con la condición de que guarde las formas. El delito imperdonable es ostentar la desviación. Así, el cacorro que tiene esposa e hijos es un varón intachable. El tipo que va a misa los domingos puede abusar de su esposa, sin problemas. Los marginados son el marica que no esconde su condición, que no exhibe un solo gesto de remordimiento; el marihuanero que no se esconde y que no habla mal de su hábito; la mujer que lleva una vida sexual parecida a la de los hombres pero sin esconderse y sin mostrar sumisión. La mojigatería es el costo menor que una sociedad así le impone a todo el que quiere darse gusto. Quienes no quieren asumirlo deben pagar un precio más alto: la segregación, el estigma, la discriminación arbitraria.

En el caso de las normas propuestas para prohibir el habla machista o racista, es sintomático que haya gente preocupada por castigar las maneras de hablar, mientras las desigualdades reales pasan sin problema. Es el caso de la ley de cuotas, por ejemplo, que establece una participación mínima de las mujeres en ciertos cargos. En la Alcaldía de Manizales, en la Gobernación de Caldas, por ejemplo, no se cumple la ley. Especulo que no se cumple en ninguna parte del país. Pero no importa. Creo que el alcalde y el gobernador ya dicen “todos y todas”. Es sintomático también que en un país con una tradición tan sólida de irrespeto por la ley, se la proponga siempre como la solución para cualquier problema. En el caso de los males que la corrección política pretende erradicar, quizá el escarnio, la burla abierta e incorrecta sean recursos más eficaces para enfrentarlos que la ley. Después de todo, ¿queremos que un político estúpido y racista sea nuestro mártir de la libertad? (Hasta donde sé, el Tribunal Superior de Pereira nos salvó de ese destino infame: hace un mes revocó la sentencia que condenaba al concejal de Marsella).

La libertad de expresión, como cualquier otra libertad, trae consigo malestar, no bienestar. Las cosas buenas no pueden meterse todas juntas como si la vida fuera una bolsa de regalos. Al contrario: si tienes una es porque ya no tienes otras. Si la vida consistiera en el dilema típico de los filósofos o las telenovelas en el que uno debe elegir entre el bien y el mal, no sería tan difícil. El problema está en que, la mayoría de las veces, debemos elegir entre varios males (piénsese en las elecciones presidenciales de Colombia, por ejemplo).

Alguien dirá que el problema con la libertad es que se pueden cometer excesos. Con seguridad se cometerán, y se cometen. No es posible legislar contra el riesgo, sería como legislar contra la vida. De todos modos, la legislación gazmoña es ya un exceso. Pero si algo caracteriza al mojigato, además del deseo por castigar al otro, es la incapacidad para devolver su mirada acusadora hacia sí mismo y preguntarse qué es.

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