Gracias a la generosidad de Isaac Lee al comienzo, así como de Felipe Jaramillo, Pablo Jacobsen y Daniel Samper Ospina, los sucesivos directores de SoHo, he estado presente en todas las ediciones de esta revista desde su primer número. Y en estos diez años he visto pasar muchas cosas buenas y algunas no tan buenas por estas páginas.

No voy a presumir de haberla leído con juicio. De hecho, a veces las ediciones de SoHo son tan grandes y plagadas de ‘gatefolds‘ en cartulina y hasta cartón paja, que para leerlas hace falta un atril. Imposible disfrutarlas echado en la cama, que es el escenario natural para enfrentar su lectura. Por fortuna, varias de estas crónicas memorables aparecieron más adelante en las antologías de SoHo Crónicas, donde se reunieron varias de estas piezas, como la de María Alejandra Villamizar cuando formó parte de un batallón de lanceros con los que atravesó a pie el páramo de Sumapaz. O qué tal esa crónica de Andrés Felipe Solano, quien durante seis meses vivió en Medellín con un salario mínimo. Otra que aún recuerdo con gran emoción fue la tarde en que Fernando Quiroz le siguió los pasos a un perro callejero de la zona de La Macarena, La Perserverancia y las Torres del Parque. O la vez que Héctor Abad Faciolince pasó una temporada en un monasterio de monjes de clausura. Y ejemplos similares los ha habido por decenas.

Además de varios especiales de humor, lo que más recuerdo han sido esas ediciones dedicadas a temas como la ecología, como la de hace dos meses, o una noche en Bogotá. Y, confieso, me descrestó el texto de Lucho Garzón en el que recuerda sus épocas de caddie en el Country Club y aprovecha para enviarle divertidísimos varillazos a más de un exponente del estrato siete cachaco. Otra virtud de SoHo ha sido la de publicar a escritores de otros países de América Latina, lo que ha permitido a sus lectores conocer puntos de vista diversos acerca de cómo nos vemos los latinoamericanos.

A través de sus reportajes de periodismo de suplantación, SoHo ha logrado que los lectores conozcan caras ocultas de la realidad cotidiana y se conmuevan ante las historias de personajes que, cuando uno los ve por la calle, no son más que parte del paisaje.

Claro está que no todo lo que aquí se publica me gusta. Me aburren esas portadas de las ediciones de aniversario donde amontonan a siete modelos. A mí aquello no me genera nada relacionado con el erotismo. Por el contrario, y con el respeto y admiración que me merece cada una de las modelos que en ellas participan, me recuerdan más bien las bandejas de icopor de los supermercados donde empacan langostinos o pechugas de pollo.

Como tampoco me gustó la descachada de Pilar Quintana cuando se fue lanza en ristre contra Andrés Caicedo, de lejos el mejor escritor que ha dado el Valle del Cauca, así le duela a doña Pilar. Y me indignó en particular la frase en la que acusaba a Luis Ospina y a Sandro Romero de ser unos parásitos de Caicedo. Seguramente alguna que otra vez a ellos les habrán pagado honorarios por hablar sobre la vida y obra de Caicedo. Pero calificar de esa manera tan despectiva a uno de los más grandes cineastas colombianos y a un gran cronista, dramaturgo y escritor...

También me chocó sobremanera que SoHo, en un especial sobre personas a las que les caía como anillo al dedo el comienzo de una canción famosa como Yo me llamo Cumbia (apareció alguien en Perú con ese apellido) y Yo nací en una rivera del Arauca vibrador, hubiera cometido la lagartada extrema de haber incluido a Tomás Uribe por aquella canción de Piero que dice "Es un buen tipo mi viejo".

En tiempos en que el periodismo escrito se ve cada vez más acorralado por la inmediatez de la radio y la televisión, e intenta competirles, en vano, con textos cortos, SoHo ha sido un escenario muy valioso para que en Colombia se recupere la crónica, el reportaje y también el humorismo escrito.

Espero que dentro de diez años siga gozando de buena salud. No me imagino un futuro tan lejano, y menos en estos tiempos en que todo cambia tan rápido y los paradigmas del periodismo parecen caer a pedazos. Ya sea impresa, en una página web, o de pronto en un soporte que ni siquiera imaginamos, espero que SoHo siga siendo un refugio para la crónica, el reportaje y el humor.

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