Hace 80 años, en la edición número 11 de la revista belga Petit Vingtième, apareció por primera vez Tintín, un reportero que jamás ejerció su oficio, al menos en los 23 libros oficiales de la colección ni en los otros tres de la serie Tintín en el cine, ni en el boceto inconcluso Tintín y el arte-alfa. Acompañado desde el comienzo por un perro blanco de raza terrier, a él se le fueron sumando los detectives Hernández y Fernández, el capitán Haddock y el profesor Tornasol. Desde entonces se ha ido consolidando una cofradía, la de los autodenominados tintinólogos, que se mantiene fuerte a pesar de que el último libro de las aventuras de Tintín se publicó en 1976 y que su creador, George Remi, más conocido como Hergé, murió en Bruselas en 1983. Ellos no solo atesoran la colección completa de libros de Tintín como si se tratara de la mismísima Biblia de Guttenberg, sino que también coleccionan cuanto libro y revista consiguen sobre Tintín o Hergé, así como objetos de la más diversa índole relacionados con los personajes de la serie. Como homenaje a este personaje que me acompaña desde 1969, cuando mis papás nos regalaron de Navidad a mi hermano y a mí cuatro libros de Tintín, me uno al formato de la serie "lo que aprendí de" que publicó SoHo hace un par de meses. Las aventuras de Tintín me enseñaron muchas cosas. Además de las decenas de blasfemias del capitán Haddock aprendí, por ejemplo, que los jeques son gobernantes de los países árabes. Aprendí que los aviadores utilizan un código para deletrear palabras y matrículas de aviones sin posibilidades de error: alfa, bravo, charlie, delta, eco… Aprendí que en Shanghai, antes de que Japón entrara en guerra contra los Aliados en diciembre de 1941, existía una Concesión Internacional. Aprendí que salaam significa hola en árabe. Aprendí nombres de ciudades para mí hasta entonces desconocidas como Patna, St. Nazaire, Haifa, Nanking…

Aprendí que Rossini había compuesto una ópera titulada La urraca ladrona y que Gounod había escrito otra que se llama Fausto. Aprendí que la estación de tren de Ginebra se llama Cornavin y su aeropuerto, Cointrin. Aprendí que los nombres terminados en an (como Karaboudjan, Petrossian, Bogossian) son de origen armenio. Aprendí que existe un tipo de pistola que se llama Browning. Aprendí que si uno se encuentra un objeto fabricado con cobalto en estado puro tiene que ser de origen extraterrestre. Aprendí que los romanos habían tallado una ciudad en las rocas del desierto, que después resultó ser Petra, en Jordania. Aprendí cómo es el timón de mando de un buque. Aprendí que un avión que viaja de Djakarta a Sydney sobrevuela las islas de Sumbawa, Flores y Timor. De paso, aprendí que tres islas del archipiélago de Indonesia se llaman Sumbawa, Flores y Timor. Aprendí que la línea férrea más alta del mundo está en Perú. Aprendí que los japoneses invadieron China poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial y cometieron allí toda suerte de atrocidades. Aprendí que la Guerra del Chaco que desangró a Paraguay y Bolivia en los años treinta la promovieron en parte las multinacionales del petróleo. Gracias a Tintín descubrí que la ironía y el humor sutil son herramientas muy eficaces para desnudar el lado risible y grotesco de los dirigentes políticos. Gracias a Tintín comenzaron a fascinarme las escrituras árabe, hebrea, hindú, cirílica, china… Aprendí a valorar y respetar la diversidad de distintos pueblos del mundo a través de la obsesión de Hergé por dibujar a sus habitantes de la manera más exacta posible (salvo en los muy caricaturescos Tintín en el Congo, Tintín en América y La Oreja Rota) y por destacar sus creencias y enseñar a respetar sus culturas. De Tintín, en últimas, aprendí que lo mejor que uno puede hacer en la vida es viajar. Incluso a la Luna y a países que no existen. Los que inventó Hergé, los que no existen. Ya sea en el terreno, frente a un atlas o con la imaginación.

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