MAURIZIO MANCINI RELATÓ que fue en el Central Park de Nueva York, en el centro de la pista de hielo. Él se arrodilló —coquetón— y alzó y clavó la mirada en los ojos de Julieta Piñeres. En ese momento recabó que por los patines se encontraba a la altura de los gemelos de la modelo. No obstante, besó —tierno— su espinilla. Buscó el anillo. El estuchito era rojo y tenía en una esquina el emblema del equipo tiburón, donde se podía leer “Junior tu papá”. En la altura, Julieta apenas lograba escuchar la propuesta de matrimonio. Él volvió a besarla —romanticón— esta vez en la bota del patín. Julieta percibió un fulgor. Pensó que era un diamante en un diente, como el de Diomedes Díaz. Afinó la vista hasta que identificó una sortija. Reaccionó con refinamiento: —¡Eeeerdddaaa!—. Como haciendo 21 con un balón, Julieta intentó, sin lograrlo, que su pretendiente se pusiera de pie. Él se mantuvo impávido. —¿Estás llorando, Mau? —le preguntó la modelo con dulzura seguido de un —No joooñe. No —respondió el otro postrado— es que se me durmió una rodilla y se me congelaron las nueces por no ponerme calzoncillos térmicos—. Al final, ella se dejó caer, dio el sí, y retozaron alegres sobre el hielo hasta que los expulsaron porque había niños presentes en el lugar. Recuperados de la bronconeumonía, regresaron a Colombia y anunciaron su boda.
¿Cómo no celebrar la boda del milenio? ¿Cómo pasar por alto este triunfo del amor puro y verdadero? ¿Cómo no celebrar que haya modelos dispuestas a casarse con gorditos que como yo sudamos al comer, tosemos al reír y nos sonrojamos al sentarnos? Decidí organizarle una despedida de soltero a Mancini. Era lo mínimo. Era pura solidaridad de cuerpo, literalmente hablando.
El ágape comenzó siendo un evento sencillo de viejos conocidos: los hermanos Cardona, Lolo Sudarsky, Yamid Amat Jr. e Ingrid Wobst, quienes son a las reuniones sociales lo que los cisnes de hielo a las fiestas de 15: adornos imprescindibles. Mancini exigió la presencia de la gente de su tierra y de personajes de la farándula internacional. Yo accedí. Al comienzo pensé que tenía más futuro Rodrigo Obregón en Hollywood que la fiesta. Pronto cambié de opinión. Los ánimos subieron cuando un combo de costeños venidos de la avenida Pepe Sierra irrumpieron en el lugar, alegres y en plan de carnaval, es decir, tirándose maicena en los ojos. La fiesta se degeneró. Cuando menos pensé se había vuelto tropipop. En un momento ya no conocía a nadie. Amigos de Mancini iban y venían. Logré identificar a Dominique Strauss-Khan que se paseaba en bola cubierto por una toalla que dejaba caer siempre que veía una mesera. Llegó el Tigre, no Falcao, sino Tiger Woods, quien venía insaciable y con ganas de meterla en el hoyo. Apareció Silvio Berlusconi, quien al ver a Belky Arizala le pidió que se disfrazara de Barack Obama. Travolta no paraba de acosar masajistas diciendo que tenía Fiebre de sábado en la noche. Unos llenaban de trago el guargüero. Otros inhalaban Revertrex. Todos saltaban bailando la canción No te metas a mi Facebook. Traté de apersonarme de la situación, porque el apartamento ya parecía Rock al Parque. Tuve que llamarle la atención en el baño a Jena Talankova, la candidata transexual a Miss Universo; le dije que me alegraba que hubiera sido aceptada en el certamen, pero que eso no le daba derecho a omitir levantar el bizcocho del inodoro. La cosa comenzaba a salirse de madre. Me topé de frente con Hugh Hefner, y aproveché para pedirle que no exhibiera biringa a Shakira en Playboy, que no descubriera ese cuerpo ni revelara la piel de esa cadera “ublime”. De repente, en la puerta se comenzó a oír una bulla (como dicen los cantantes de las orquestas). Eran los del Servicio Secreto. Les expliqué que no era Obama, que era Belky, que eran cosas de Berlusconi, que se fueran. Ellos preguntaron si había prostitutas. “Donde hay un hombre, hay prostitución”, explicó providencial la canciller, quien practicaba el baile de la mayonesa. Tuve que dejarlos entrar. Pasamos felices.
No solo Tomás y Jerónimo Uribe —primos lejanos— se casaron con sendas modelos más altas que ellos. Ahora lo hace Manzini, quien reivindica a quienes tenemos papada, no se nos ve el cinturón e incluso en un glaciar nos sudan las axilas. Hay una esperanza para nosotros. La fiesta fue un éxito; para Mancini, vacilón; para mí, una fiesta bunga-bunga. Humildemente creo gané el derecho a estar dentro de los 400 invitados al matrimonio. Dejo la inquietud.

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