Alcides levantó la vista y sintió una profunda tristeza.

Alcides es Ghiggia, el hombre que alguna vez dijo que solo él, Frank Sinatra y el papa habían enmudecido al estadio Maracaná de Río de Janeiro. Cuando se sintió triste fue, precisamente, luego de convertirle un gol al arquero Barbosa de Brasil en la final de la Copa del Mundo de 1950.

Dicen los que peinan canas que fue la hazaña más grande de la historia del fútbol. En ese imponente estadio, abarrotado por 200.000 brasileños para ver triunfar al locatario, el plantel uruguayo construyó bastante más que una victoria de resonancia universal: construyó un mito que condicionaría el semblante del país y a su idiosincrasia para la eternidad. Pero al menos por un instante, Ghiggia sintió pesar. “Hice el gol y había un silencio impresionante. Salí corriendo y miré las tribunas. La gente estaba muerta, destruida... Por eso me sentí triste, por ellos. Pero enseguida me abrazó Obdulio y llegaron los demás, y empecé a darme cuenta de lo que estábamos por conquistar”, cuenta Ghiggia, 64 años después de ese momento.

Obdulio es Obdulio Varela, el recio capitán de aquel equipo, quien acuñó la frase: “Los de afuera son de palo”. La dijo como consigna de rebeldía luego de que les comunicara a sus compañeros que un par de dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol le habían realizado un extraño pedido. Le dijeron: “Muchachos, si nos hacen dos o tres goles estamos cumplidos. Hay que evitar que nos goleen”. Esos dirigentes no llegaron a ver el triunfo celeste en Maracaná, porque la mañana del domingo 16 de julio de 1950 se volvieron a Montevideo. No querían estar presentes cuando se concretara la humillación.

El empate daba ganador al locatario, que había preparado toda la fiesta para alzar la copa Jules Rimet. Por los altoparlantes daban vencedor de antemano a Brasil, los diarios de ese domingo celebraron la victoria antes de que se jugara el partido, como si fuera un mero trámite para que la blanca resultara la mejor del mundo. La camiseta todavía no era la archilaureada verdeamarelha: era blanca. Fue para exorcizar el dolor del 50 que la Federación Brasileña optó por cambiar el color de su camiseta.

Ghiggia dice que la camiseta que utilizó en la final del 50 se desintegró, se disolvió. No tiene ni idea dónde quedaron los zapatos de fútbol que mandó a hacer en la fábrica Combi número 39 con los que jugó aquella tarde. Los siguió usando con Peñarol en el torneo doméstico y en 1953 se los llevó a Italia, hasta que se deterioraron y los cambió por otros. Les perdió el rastro como uno no sabe dónde fueron a parar los juguetes de la niñez o los vaqueros nevados. No conserva camisetas ni zapatos ni medias gloriosas, nada.

Cómo será de desapegado que hace unos años remató una plataforma donde dejó la huella de sus pies para la inmortalidad. Los mismos pies que burlaron una y otra vez a Bigode en la final del Maracaná: en una oportunidad lo desbordó y tiró el centro atrás para la definición de Juan Alberto Schiaffino; en otra se mandó un pique electrizante que terminó en el mentado gol que hundió a Barbosa en el ostracismo.

Precisamente por haber hecho ese gol el 16 de julio de 1950 en Río, Alcides, este hombre diminuto de 87 años que vive en una casita modesta en las afueras de la capital, ha recorrido el mundo entero. En cada lugar al que fue invitado lo cortejaron como a una estrella.

Alcides alguna vez fue rico, se codeó con estrellas del star system italiano y debió huir de los paparazzi como la princesa Diana, quien murió en el intento. Luego volvió a Uruguay, fue administrativo en Casinos del Estado, instructor de una academia de choferes y hoy es un jubilado famoso que duerme siesta rigurosamente todas las tardes. Cobra una pensión graciable otorgada por el Congreso de 15.000 pesos uruguayos (1.500.000 pesos colombianos).

***

Tuvo muchas vidas Alcides, pero aquel gol en Maracaná le cambió la existencia para siempre. Desde el minuto 79 de la final del Mundial de 1950, Alcides ya no fue el mismo. Dice hoy que cree que el destino está marcado, que tenía que ser así. Desde entonces, a Uruguay se le exige ganar y nos olvidamos, por un instante, de que somos tres millones, menos de la mitad de la población de Bogotá.

“Yo era muy rápido —recuerda Ghiggia, sentado en un bar montevideano—. Tenía dribbling, dominio de pelota con derecha e izquierda. Antes era importante jugar bien a la pelota, ahora es todo preparación física. Cambió mucho todo” —concluye y parece que le pesara.

Ghiggia cree que con sus características como futbolista hoy sería millonario jugando en Europa. Dice que nació antes de tiempo. “Antes se jugaba con tres o cuatro arriba, ahora se juega con dos ¡o a veces uno solo! Cambió mucho todo”, reitera.

Por aquellos años cincuenta, Alcides comenzaba a vivir una fama que no molestaba. Integraba un equipo que era sensación, Peñarol, y no paraban de saludarlo por la calle. No había cámaras digitales ni celulares con cámaras de fotos incorporadas, ni celulares, ni tele. Ghiggia y su fino bigotito eran famosos. Es el único sobreviviente de la epopeya de Maracaná. El último futbolista de aquella gesta que murió fue el arquero suplente Aníbal Paz, luego de una larga enfermedad, en marzo de 2013.

Ghiggia arrastra un resentimiento de años: siente que el Estado uruguayo no lo ha reconocido como él merece. En 2009, la Junta Departamental de Montevideo puso un sol con su nombre debajo en una baldosa de la Ciudad Vieja, frente a la puerta de la Ciudadela. Y dice que eso es todo. Le recuerdo que en marzo de 2011, cuando se celebraron los 100 años de la camiseta celeste, el Estado con José Mujica a la cabeza lo aplaudió de pie en la ceremonia que se desarrolló en el Teatro Solís.

En 2007, en oportunidad de una fiesta que organizó la embajada de Brasil en Uruguay y a la que Ghiggia —su verdugo más odiado— fue invitado, se encontró con el entonces canciller uruguayo, Reinaldo Gargano. El ministro lo saludó y le dijo: “El pueblo le debe mucho a usted”. Ghiggia lo corrigió: “El pueblo no, ustedes los gobernantes me deben”. Y se fue.

En los últimos años, Uruguay se ha puesto al día con esa deuda.

El 20 de noviembre de 2013, previo a la revancha del repechaje ante Jordania, clasificatorio para Brasil 2014, un grupo de publicistas y la empresa Tenfield organizaron un homenaje. La idea era regalarle a Ghiggia el grito de gol que nunca pudo escuchar. A fines del año pasado, una pantalla gigante recreó la jugada del gol mientras el conteo final llegaba a cero y 50.000 aficionados que esperaban a Suárez, Cavani y compañía gritaron el gol de Ghiggia. “Me llega muy hondo, pero no quiero llorar, aunque capaz que se me cayó una lágrima”, dijo el viejo Ghiggia.

Después de la emoción, a Ghiggia lo sacaron de la cancha en el carrito que transporta a los jugadores lesionados.

“Lo del grito de aquel gol fue emocionante... Toda esa gente que había y todos gritando mi gol tantos años después... me hizo emocionar, te digo la verdad. ¡Y eso que el gol lo he visto millones de veces! Ayer fui a hacer un mandado a Montevideo y estacioné el coche. En el muro vi folletos pegados con mi foto haciendo el gol, era una afiche de la película Maracaná”.

La película del documentalista Sebastián Bednarik contiene imágenes inéditas de ese Mundial y entrevistas desempolvadas a aquellos héroes. Ghiggia es, claro, el protagonista estelar.

“Va para 64 años la gesta... lo que pasa es que se recuerda porque ahora no estamos tan bien. Antes se respetaba mucho a Uruguay, ahora no se lo respeta igual”.

—Pero, Alcides, somos los actuales campeones de América y en el último Mundial salimos cuartos —le digo.

—Dentro de unos años preguntás cómo salió Uruguay y nadie se va a acordar. Siempre se recuerda al campeón, no al segundo, tercero o cuarto. Hay jugadores que cumplieron su ciclo y (el DT Óscar Washington) Tabárez debería sacarlos. Tiene que meter mano en los de la Sub-20. Forlán ya tiene su edad, Lugano también...

—¿Cómo ve a Colombia?

—Colombia tiene al centroforward ese... (dice “centroforward” y piensa en Falcao). No sé si va a llegar a tiempo para el Mundial. Él dice que sí, vamos a ver... Juega bien Colombia. Pero ojo con los equipos africanos, esos van a dar la sorpresa.

***

Desde 1998, Ghiggia vive en Las Piedras. Con el dinero que ganó en Italia se compró un apartamento en Montevideo y una casita en el balneario El Pinar. Cuando enviudó de su segunda esposa, Clara, Alcides decidió vender la finca de la playa y mudarse a Las Piedras. Se enroló en una academia de choferes y comenzó a dar clases de manejo.

Allí conoció a Beatriz, su actual esposa, 42 años menor que él. A Beatriz le enseñó a conducir y también la ley del offside, qué es un córner y una vuelta olímpica. Ella no sabía quién era el hombre que hizo el gol más inesperado de la historia de los mundiales de fútbol. Eso se lo explicaron sus amigos, cuando les contó que su profe en la academia era un tal Guichia, Chichia o algo así. Ella tenía 27; él, 69.

Beatriz Masuí, su esposa, atiende un puesto que tiene en la feria de Las Piedras. Allí vende ropa para niños y bebés, en el stand más pegado a las vías del ferrocarril, que ya no transita por ahí. Ella dice que él la conquistó por su sencillez y su compañerismo. Él explica que buscó una mujer más joven porque ¿para qué iba a buscar una octogenaria como él? “Busqué alguien que me cuide a mí, no alguien a quien yo tuviera que cuidar”.

Beatriz dice: “Mientras haya respeto y cariño, lo demás es secundario”. Ahora, ella sabe de fútbol y cuán importante es su marido. “Me doy cuenta de lo grande que es él cuando veo que le hacen notas en la tele, a la edad que tiene”, dice.

La empresa Tenfield —que tiene los derechos de televisación del fútbol uruguayo— lo ayudó a erigir su vivienda en Las Piedras. A él no le gusta decirlo; lo cuenta desprejuiciada Beatriz: la empresa del empresario Paco Casal, y los exjugadores Enzo Francescoli y Nelson Gutiérrez le dan unos 400 dólares por mes y lo ayudan con las cuentas si algún mes Ghiggia tiene dificultades para vivir con comodidad.

En 2002, la colaboración de Tenfield fue vital. El 5 de junio de 2002, el diario La República tituló: “Ghiggia remató medallas de su glorioso pasado deportivo”. La medalla por el Mundial de Maracaná fue rematada en 1600 dólares y la compró un directivo de Tenfield, quien se la devolvió al crack de la final.

Por esos días, el diario El País editorializó: “La subasta estremeció a todos los uruguayos y llegó a las fibras más íntimas”. Fue un llamado para contribuir a solucionar “la difícil situación económica por la que atraviesa Ghiggia”. Mientras la gente escribía sobre la imperiosa necesidad de no dejar solo a Ghiggia en sus penurias, el Ministerio de Educación y Cultura salió a recitar todas las ayudas a los campeones del Maracaná. Hasta en Italia se conoció la noticia. El 9 de junio, Il Corriere Della Sera tituló: “Ghiggia è in miseria. Ha venduto tutto per potere sopravivere”.

Ghiggia negó el supuesto remate de su medalla del Maracaná, dijo que él la tiene en su poder bien guardada. Pero un funcionario de remates Gomensoro confirmó la operación: “Es una historia triste, muy delicada, sobre la que preferimos no hablar”, le dijo al periodista Leonardo Haberkorn, para la revista Gatopardo. Sí le confirmó que el remate existió y quién la adquirió (alguien de Tenfield) se la volvió a dar a Ghiggia.

Nueve años después, cuando en 2011 entrevisté a Ghiggia para mi libro A lo Peñarol. La pasión nunca pierde, me dijo lo mismo que a Haberkorn: que sus medallas y trofeos nunca se remataron, que fue mentira de los periodistas, porque los periodistas inventan.

***

El 13 de junio de 2012, Ghiggia, ya anciano, volvió a la portada de los diarios, pero por un hecho casi trágico. Un accidente automovilístico lo dejó al borde de la muerte. Estuvo un mes internado, hasta que le dieron el alta. En todo ese tiempo, la gente le demostró su cariño acercándose hasta la mutualista Médica Uruguaya con flores y plegarias escritas en papeles sueltos.

Ghiggia lo recuerda así: “Yo iba para Montevideo por la ruta 5 nueva. En todos los cruces hay cartel de Pare. Un camión no lo respetó y se tiró... cuando quise acordar, yo estaba abajo del camión. La culpa fue de él. A él lo metieron preso y le quitaron la libreta de conducir, pero después quedó libre. Cuando se detuvo a 100 metros del accidente y le preguntaron qué había pasado, él dijo que se había distraído y que nunca miró a la derecha”.

Los médicos no le dieron muchas esperanzas a Alcides. Su hijo Arcadio habló con los medios apostados en la mutualista dos días después del accidente. “Tiene comprometida la parte respiratoria. Los médicos están haciendo lo posible. Hay que esperar la evolución y ver qué pasa”.

Lo intervinieron por una fractura en la pelvis y sus pulmones quedaron comprometidos, por lo que se procedió a un drenaje permanente. Además de la intervención pulmonar, le operaron las dos rodillas, el tobillo derecho y le quitaron un trozo de rótula.

Cuando recibió el alta médica, el 17 de julio de 2012 —un día después de un nuevo aniversario del Maracanazo—, la noticia lideró los portales informativos. “La gente se portó muy bien... yo no esperaba tanto amor”, me dijo hace un mes en el fondo del almacén La Permanente de Las Piedras, a media cuadra de la feria. Ahí, a Alcides lo llaman “el campeón” y tiene una mesa reservada para atender a periodistas de todo el mundo.

Al viejo Ghiggia todavía le duele la cadera cuando el día está húmedo. “Pero empiezo a caminar y se me va el dolor... A veces me duele la rodilla derecha también. Me hicieron un corte vertical y me sacaron un pedacito de rótula, por eso tengo que caminar mucho”. No deja de ser irónico: el rápido puntero derecho que corría como una liebre en Peñarol, Milán, Roma, la selección uruguaya y en la italiana, hoy debe caminar cuatro o cinco cuadras por día, con bastón, para estar bien.

El chofer del camión que lo embistió quedó en libertad y retomó sus actividades cotidianas. En diciembre del año pasado estaba trabajando con un guinche en una obra de construcción. El guinche se desprendió y cayó estrepitosamente al suelo. Murió en el acto, me cuenta Ghiggia.

***

Ghiggia hoy tiene cinco nietos y un bisnieto que, dice, lo hicieron viejo. Alcides no tiene ningún arrepentimiento por no haber podido estudiar alguna carrera, y si pudiera volver atrás, haría todo igual. “Cuando lo hice, lo hice por algo y mal no me fue”.



En su largo periplo italiano, donde llegó a jugar con la selección azzurra cuando era declarado “oriundo”, pudo conocer otros países europeos como España, Alemania, Bélgica, Francia, Suiza y Suecia.

Ghiggia vive con el dinero de su jubilación por 21 años como funcionario estatal de Casinos. La plata que gana Beatriz en la tiendita de ropa barata es para comprar mercadería para la casa. Alcides se levanta sin despertador. Si hace mucho frío, se queda un rato más en la cama. Él, que corrió tan rápido, ya no está para eso. Camina “para no achancharse”, dice. Recién hace cinco años dejó de fumar y al poco tiempo dejó de tomar mate porque le daba acidez. Todos los mediodías almuerza donde un amigo que tiene restorán y le hace descuento, y después duerme siesta. Por las tardes acompaña a su mujer en la feria. De nochecita hacen las compras para la cena y ella es la que cocina.

Alcides Edgardo Ghiggia no tiene claro por qué se ganó el Mundial de Brasil en 1950. Ensaya distintas respuestas: dice que aquel plantel aunaba jugadores jóvenes con otros de experiencia, y que al haber enfrentado a Brasil unos meses antes por la copa Río Branco ya conocían el poderío del cuadro de Danilo y Zizinho. Por último dice: “Se ganó porque teníamos más ganas de ganar, o porque tenía que ser así, teníamos que ganar nosotros”. De nuevo, el destino como responsable.

Alcides convirtió goles en todos los partidos de Uruguay en ese campeonato del mundo. Es uno de los dos jugadores que, según registra la Fifa, han hecho goles en todos los partidos que jugó su selección en un mundial.

Juan Alberto Schiaffino, el 9 de aquella celeste campeona, dijo una vez: “Ganamos porque teníamos a Ghiggia”. Él, en típica respuesta de futbolista, dice que él solo no podría haber ganado un partido. Que es cierto que andaba bien, se sentía fuerte y rápido. Por eso en el entretiempo del vestuario del Maracaná, Alcides le dijo a Julio Pérez “tirámela larga que le gano”. Lo tenía bien estudiado a su marcador, Bigode. Sabía que a velocidad, nunca lo iban a poder frenar.

Para entrenar su velocidad, largaba los perros que su padre Alfonso tenía para salir a cazar. Los hacía correr y les jugaba carreras cortas, que ganaba él.

Las 200.000 personas que colmaron el estadio más grande del orbe se fueron conmocionadas aquel 16 de julio. Hubo muchos suicidios ese día, el domingo más triste del siglo XX para los brasileños. Ocho años después, un adolescente llamado Edson Arantes do Nascimento comenzó el camino de la redención y le homenajeó la victoria a su padre, Joao Ramos do Nascimento, que había somatizado el duro golpe del Maracaná. El propio Pelé se lo confesó a Ghiggia en un avión, en 2010: “Por su culpa, le juré a mi padre que iba a vengar el Maracanazo y sacar campeón a Brasil”. Pelé tenía 9 años cuando hizo ese juramento.

Hoy, en su casa, Alcides tiene guardados los DVD con las imágenes de los tres partidos finales del Mundial de 1950: contra España, Suecia y Brasil. Beatriz ya no lo deja ver su gol a los brasileños ni escuchar el relato de Solé porque dice que se emociona y no le hace bien. Ni siquiera los 16 de julio, día en que lo llaman de todas partes para que recree la jugada mítica.

En 1953 se fue a jugar a Italia. La página web de la Roma cuenta una anécdota de la llegada del puntero uruguayo: un telegrama confirmó el pase cuando el presidente de la AS Roma, Renato Sacerdoti, dirigía una asamblea de socios. Al llegar el telegrama, interrumpió la reunión para anunciar que “se ha concretado la contratación de un famoso campeón del mundo: ¡Alcides Ghiggia!” y los tifossi aplaudieron a rabiar. El 13 de julio de 1953, la hinchada romana lo esperaba en el aeropuerto, y al otro día 55.000 personas vieron su debut en un amistoso ante el Charlton inglés.

En dos años, dijo Ghiggia en una entrevista, ganó 12 millones de liras. No sabe bien cuánto era, pero era mucho. Estuvo nueve años en el fútbol italiano: tuvo tres Alfa Romeo (una coupé Superligera, una convertible y una Julieta), vio boxear a Cassius Clay en el Palacio de los Deportes, conoció a Anna Magnani, a Gina Lollobrigida, a Vittorio Gassman. A Alcides lo invitaban a las fiestas de millonarios, con personajes famosos del cine y él no se negaba. “Los futbolistas ya éramos codiciados. ¿Si tuve amoríos? Y… en ese momento hay que aprovechar, jeje. Si no, decían que eras del otro cuadro. Uno tenía sus escapadas, pero había un límite. Me iba bien con las mujeres. Las tentaciones estaban, pero había que cuidarse más, porque los paparazzi te seguían a todos lados. Yo era muy discreto”.

No consumió drogas. Dice que “no había de esas cosas”.

***

El 6 de diciembre del año pasado, Ghiggia fue una de las figuras rutilantes de la historia del fútbol convocadas por la Fifa para el sorteo del fixture del Mundial 2014, nuevamente en Brasil (como en el 50). “Estaban... el brasileño este (habla de Cafú), el alemán (Lothar Matthaus), un inglés que no sé cómo se llamaba (alude a Geoff Hurst), un italiano que jugaba de back (Fabio Cannavaro), estaba este argentino que vive en Estados Unidos (Mario Kempes). Éramos ocho. Hablamos de todo un poco, pero no de fútbol. De fútbol no hablamos nada”.

Le pregunto si la presentadora Fernanda Lima era tan bonita como se la vio por televisión. “Estaba bien... Muy simpática. Yo la llamé para hablar después del sorteo. Le pregunté si no había apretado la mano, porque se le cayó la bola...”. En Montevideo, la gente se reía porque entendieron que la bola del sorteo se le resbaló a él de las manos. Se enoja: “¡No, no, se le cayó a ella! Muy macanuda ella. Estaba en pareja con el otro que condujo el sorteo. La pasé muy lindo. Pero había un calor de 40 grados y ya no estoy para esos trotes”.

Ghiggia espera un mundial de mucho estudio entre los equipos, y para él, el fútbol es otra cosa: espectáculo, como el teatro o la danza, como la orquesta de Juan D’Arienzo que tanto le gustaba o bailar pegados los boleros. “A mí me gustaban los lentos, para estar cerca de la mujer, ¿me entendés?”. “El fútbol es un arte. Si das espectáculo, la gente va; si no, la gente no va”.

Ghiggia ya no pasa zozobras económicas —dice—, aunque recientemente vendió un reloj que le regaló la Fifa en Bahía. “Es precioso... ¿sabés cuánto cuesta? No te lo podés imaginar: ¡23.000 dólares! Busqué por computación (sic) y vimos el valor. Entonces con mi mujer lo llevamos y lo vendimos”, me dice. Queda claro: no le importan los trofeos, le importa el reconocimiento.

Antes de irme, le pregunto si le queda algún sueño por cumplir. “No... ¿A esta altura de la vida? ¿Te parece?”.

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