La idea de hacer una contrarreloj al aeropuerto entre un Uber y un bólido amarillo me llamó la atención desde un principio, especialmente porque nunca había pedido un servicio de Uber. Creo que Eduardo Arias nunca había montado en taxi, lo que nos ponía en igualdad de condiciones. Eduardo es, literalmente, gente de a pie. Claro, me iba a perder la oportunidad, así fuera hipotética, de que Navarro Wolff me recogiera. Me habría encantado hacerle una entrevista a un congresista manejando taxi. O trabajando, que viene a ser lo mismo. El único problema es que a Navarro no se le entiende nada. Habría sido como una conversación con un taxista paquistaní en Nueva York o uno haitiano en Miami. Con los Uber, salvo que se le aparezca a uno manejando John Uber Hernández, el zar del oro, o alguien del Ubérrimo, las cosas pintaban de bajo perfil.

Lo primero que hubo que hacer fue bajar la aplicación de Uber e inscribir una tarjeta de crédito. Un gran acto de confianza por estos días de cibercrimen organizado. Pero lo hice porque era Uber. Cosa que no habría hecho con un portal de taxis. A lo mejor son prejuicios. Pero digamos que la imagen de los taxistas extraditados no son el mejor antecedente para el gremio. Por fortuna, varios congresistas no le siguieron la cuerda a Navarro Wolff de ponerse a manejar taxi porque ahí sí se disparaban los paseos millonarios.


A las 6:10 p.m. se dio la señal de en sus marcas, listo, ya y puse la dirección de SoHo. A los 15 segundos recibí la confirmación de que en cinco minutos llegaría el carro. “Pida agua que en Uber regalan agua”, me dijeron algunos periodistas mientras me paraba de la silla y corría hacia el ascensor. Me despedí de Eduardo con una sonrisa maliciosa, pues en el fondo sabía que esa diferencia de tiempo en la salida me daría una gran ventaja. Pero el tráfico en Bogotá es una dimensión desconocida y cualquier cosa puede pasar. Miré el celular y vi cómo la imagen del carro en el mapa se estacionaba enfrente de la revista. Eran las 6:14 p.m. Un minuto menos de lo presupuestado. El ascensor se demoró en llegar más que el Uber. Cuando llegué al primer piso, me esperaba un Renault Duster blanco cuyas placas correspondían al pantallazo de la aplicación. La foto del conductor también le hacía justicia.

—¿Al fin esto lo van a acabar, es ilegal o qué va a pasar?

—Nadie sabe. Por lo pronto yo sigo trabajando. Hasta que se pueda.

—¿Y es verdad que la policía los está parando por ser de Uber?

—A mí nunca me han parado. Pero sí he oído que lo están haciendo. En todo caso, yo tengo el carné de la empresa de seguros donde trabajo por si cualquier cosa. Es más, tengo otro carné para los pasajeros que dice que son invitados especiales de la compañía de seguros.

Habría sido emocionante que nos pararan, aunque fatal para el tiempo de la contrarreloj. Tomamos la carrera 11 hacia el sur para bajar por la calle 63, voltear por la carrera 50 en la glorieta hasta la avenida 26 y de ahí derecho a El Dorado. Una ruta segura, estándar, sin complicaciones. El tráfico estaba pesado, pero los asientos de cuero me relajaban y los vidrios polarizados apenas dejaban ver las lucecitas de los carros que brillaban en la noche. Ninguna señorita repetía como lora “calle 138 carrera 56, calle 138 carrera 56”, ni había locutores gritando y riéndose en programas de radio a todo volumen. Si no fuera porque me tocaba hacer esta entrevista, me echaba un motoso. Solo faltaba mi botellita de agua para que todo fuera perfecto.

—¿Sería tan amable de regalarme una botellita de agua?

—No, lo siento pero ya no estamos regalando agua. Como las botellas venían con una etiqueta de Uber, tocó dejar de ofrecerlas porque si nos para la policía ahí sí quedamos pillados. Tengo chicles.

—No, gracias. Dígame, ¿esto de Uber sí es buen negocio?
Lea aquí cómo le va a Eduardo Arias en un taxi en hora pico 


—A mí me dan el 80 % del producido. Me consignan cada semana. Si trabajara a full en este negocio, me pondría unos cuatro millones, menos el 20 con el que se queda Uber. Es decir, para mí serían tres y medio. Pero como trabajo como carro particular, las cuentas son otras.

—Es decir, más plata. ¿Pero usted qué cree? ¿Que definitivamente trabajar en Uber es mejor negocio que un taxi?

—Depende. Muchos taxistas además de lo que se hacen tienen sus clientes. De hecho, yo también tengo un taxi que no manejo. Le tengo un conductor. Y me da para ir pagándolo.

—¡Ah, no! O sea que usted es de los taxistas que están de acuerdo con Uber.

—Es que el taxi tiene sus ventajas frente a Uber. Sí, hay que pagar un cupo caro. Pero usted lo puede inscribir en distintas aplicaciones. Puede tenerlo con radioteléfono. Puede meterlo a trabajar en un hotel. Lo trabaja todo el día, no solamente en horas pico, que es cuando básicamente lo llaman a uno. Puede arreglar tarifas con el pasajero. Mientras en Uber hay que cobrar lo que diga la carrera, en un taxi usted puede decir no lo llevo por menos de tanto. Y además el taxista puede recoger pasajeros donde quiera.
Vea aquí el video de UBER Vs un taxi en hora pico 

—Y llevarlos donde quiera. O mejor, no llevarlos donde ellos quieran. O no llevarlos. Pero a ustedes sí les toca llevarlos al destino que soliciten, así sea un borracho pesado.

—En Uber hay que llevar al pasajero a donde él diga. La otra vez se me montó un tipo que estaba muy, muy borracho. Obviamente pasó lo que tenía que pasar. Terminó vomitándose dentro del carro. Yo lo que hice fue tomar la foto y la envié a Uber. Al tipo le pasaron la cuenta de la lavada del carro a la tarjeta de crédito.

Y mí me acaban de pasar la factura de la carrera a la mía. Fueron $48.000 pesos hasta el aeropuerto según el recibo que llegó a mi celular. Un poco más caro de lo normal. Sin embargo, yo había aceptado que me cobraran 20 % más de la tarifa por ser hora pico cuando me confirmaron el carro en la aplicación. Se podría decir que tuve un poco de ventaja frente a Eduardo, que tenía que pedir un taxi por teléfono sin ofrecer propina. Pero son tecnicismos que ya el Comité Olímpico entrará a resolver. Llegué a las 7:05 p.m. a la puerta 7. Fueron 15,3 kilómetros recorridos en 50 minutos. Un pésimo promedio de velocidad. Pero llegué antes que Eduardo, que era el objetivo. Lo primero que hice fue tomarme una selfie dentro del aeropuerto mostrando la hora. Era la prueba reina de mi consagración en la contrarreloj. Cuando llegó Eduardo, diez minutos después, feliz de haber pagado 21.000 pesos menos que yo, subió al podio y posamos para la foto.
En Uber

- se demoró 15 segundos en confirmar.

- el servicio llegó en menos de 3 minutos.

- la carrera duró 51 minutos.

- valor de la carrera: 40.000

- cobro adicional: 8000

- Valor total: $48.000


* tenga en cuenta que: uber le preguntará si está dispuesto a pagar más cuando la demanda de usuarios es muy alta.

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