Una tarde de enero nos reunimos con los integrantes de la Fundación Tiempo de Juego, la cual dirijo, para  fijar el horario de actividades del semestre que comenzaba. Tras definir que los sábados son de fútbol, y los martes y viernes de cine y literatura, me quedé charlando con Johan y con Angie. Johan es, digamos, el duro del parche. Juega de central, es el capitán de la mayores, el favorito de las niñas y a sus 17 años acaba de ser contratado por la fundación como entrenador de los chiquitos. Angie juega en la Sub-16 de las niñas, es la novia de Johan y frecuentemente solicita los consejos secretos del cuerpo técnico para mejorar su nivel, porque no maneja muy bien la izquierda. Tampoco la derecha. La conversación duró poco porque Johan tenía partido de micro. Al despedirnos, noté cómo Angie esquivó el cariñoso beso que le intentó dar Johan. ¿Qué pasa , pregunté. Pues que Johan se la pasa jugando fútbol, piensa en fútbol, habla de fútbol, respira fútbol y ya solo me para bolas cuando terminan los entrenamientos, siguió protestando Angie.

Tiempo de Juego comenzó como un proyecto de la clase de Comunicación para el Desarrollo en la Universidad de la Sabana. Desde siempre, nuestro objetivo fue que los niños y jóvenes de los Altos Cazucá aprovecharan su tiempo libre haciendo algo  productivo.  Los tristes días y las largas noches que pasamos allí, entre gritos y disparos, nos mostraron cómo la falta de espacios deportivos y actividades lúdicas extracurriculares en la zona era lo que volvía a estos jóvenes vulnerables a las drogas y a integrar  las pandillas y grupos armados ilegales que pululan por estas lomas empinadas del sur de Bogotá. También notamos cómo sus olvidados habitantes nutren con sus sueños y esperanzas la agreste geografía del sector. Decidimos, entonces, escoger el fútbol como corazón del proyecto por su poder de convocatoria. También porque es lo que más nos gusta hacer en la vida. Por eso, lo de Angie aquella tarde, más que un reclamo era una voz de aliento. Bastaba mirar un año atrás.  Johan pasó de cargar cajas en una fábrica de aceites a ser entrenador de una escuela de fútbol. Su récord en las maquinitas fue reemplazado por una veintiuna con el balón.  El jefe de pandilla se convirtió en el capitán de un equipo y ya no era el ídolo por armar peleas callejeras sino por meter goles de cabeza.

Cuando estos jóvenes celebran goles, este no parece el sector más pobre de Soacha en el que, según Codhes, en los últimos cinco años han sido asesinados más de 800 jóvenes, ni la zona con mayor desplazamiento después de Chocó, donde a la pobreza y la violencia intrafamiliar se suma la guerra entre pandillas, y donde los que están creciendo a veces solo aspiran a formar parte de los grupos al margen de la ley, que los reclutan por unos pocos pesos. Un sector donde los niños se desmayan cuando apenas llevamos quince minutos de entrenamiento por falta de desayuno. La primera vez que fui, como periodista de Conexión Colombia, me hice amigo de dos niños que no tenían más de ochos años. Al regresar, veinte días después, habían muerto de hambre porque su mamá salió a trabajar y nunca regresó.

Al cumplir un año, 260 niños y niñas ya hacen parte de Tiempo de Juego. Los 160 que están desde sus inicios cambiaron los tenis rotos con los que entrenaban por un par de guayos nuevos. Cantaron en el concierto de Shakira, conocieron el centro histórico de la ciudad y alentaron a su equipo en el estadio al mejor estilo de las barras bravas. Johan y Angie siguen de novios y piensan en el deporte como un estilo de vida. Como sus historias, se tejen más de 200 cada semana. No importa que en la cancha en la que juegan a ser Ronaldinho sea de polvo y piedra cuando hace sol o un gran pantano cuando llueve. No importa que después del entreno toque ir a trabajar ni que esta vez el refrigerio estuvo escaso.

Aunque dirijo solo este barco, son muchos los que me han indicado dónde es el norte. Muchos más los que han sacado sus remos para ayudarme a navegar. Sin embargo, son mis alumnos, por así decirlo, quienes me han dado una lección de lucha en la adversidad. Ellos saben cómo se juega cuando no solo el marcador está en contra.
 
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Palabras de amor a mi equipo
Dentro del especial "Palabras de amor a mi equipo de fútbol", publicado en la edición 88 de SoHo, tuvimos el privilegio de publicar uno de los últimos textos que escribió el gran Roberto Fontanarrosa. Lo hizo, cómo no, dedicado a su equipo del alma, Rosario Central. También contamos con Joan Manuel Serrat quien, en un texto íntimo, nos habló de su afición por el Barça, y lo mismo hicieron algunos de los más selectos colaboradores que ha tenido SoHo: Millôr Fernandes, Carlos Vives, Antonio Skármeta y Guillermo Arriaga, elogiando al Fluminense, al Unión Magdalena, a la Universidad de Chile y al Atlante, respectivamente. Gracias a su generosidad, sus honorarios son ahora un gran aporte para que Tiempo de Juego siga adelante en su heroica labor.
 
Váyase de rumba y apoye a la Fundación
Mientras quede el fútbol quedan esperanzas. Así, tal cual, bajo este lema, la Fundación Tiempo de Juego está invitando a las fiestas que tiene programadas con el único fin de recoger fondos. El jueves 18 de octubre, la rumba es en Cha Cha con DJ Iliera, y el jueves 8 de noviembre, en Sayaka Deluxe, con Charles King y Sudaca. Enrúmbese y, de paso, apoye esta causa.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.