Cuando empecé a interesarme en las películas de Federico Fellini, por allá en 1979, nadie hablaba de cine arte. Ni siquiera se hablaba de cine de autor. Fellini formaba parte del panorama general del cine italiano. Es más, el cine como tal, desde los hermanos Lumière hasta el entonces aún director emergente Steven Spielberg, se le llamaba el séptimo arte, sin importar de dónde venían las películas o si estas habían sido taquilleras. Nadie miraba si habían costado una fortuna o la habían hecho con las uñas. A Kubrick no se lo catalogaba de esto o aquello por no haber filmado sus superproducciones en Hollywood sino en estudios ingleses. Era Stanley Kubrick, director norteamericano radicado en Gran Bretaña. Y las películas de Glauber Rocha eran cine brasileño; las de Saura, cine español; las de Godard, cine francés, así como Ford Coppola y Scorsese hacían cine gringo.

Como el cine era el séptimo arte, se sobreentendía que todas las películas eran obras de arte, así el noventa por ciento de aquel arte (como sucede con la pintura, la arquitectura y la llamada música culta) haya caído en el olvido.

¿De dónde diablos salió el término cine arte? Es como si a cada rato a uno le repitieran que Las señoritas de Aviñón de Picasso es pintura arte, que la Novena sinfonía de Beethoven es música arte o que la Casa en la Cascada de Frank Lloyd Wright es arquitectura arte. Tal vez sea consecuencia de que a partir de los años setenta la cinematografía de países como Francia e Italia comenzó a decaer en cantidad y calidad. No hubo un relevo significativo de directores reconocidos y el cine comercial se volvió casi que sinónimo de Hollywood. No sobra recordar que los Visconti, Truffaut y compañía lograban a veces grandes éxitos de taquilla y no eran únicamente objeto de culto de cine clubes. Como casi todo el cine hecho por fuera de Hollywood se volvió marginal, de allí a caer en la trampa de ponerle el apellido Arte al cine de la periferia no hubo sino un paso.

Lo que molesta del término cine arte, además de su pretensión, es que encasilla de una manera burda un oficio tan complejo, diverso y que se nutre de influencias mutuas, de deudas y de homenajes. Cineastas europeos que admiran la edad dorada de Hollywood, directores catalogados de taquilleros y comerciales que se inspiraron en cineastas tan crípticos como Antonioni o Pasolini.

Dicen los expertos en la materia que cine arte es todo aquello que no se filma en Hollywood. Todo aquello que es de bajo presupuesto. Y cuanto más tercermundista la producción, más artístico el asunto. Hasta leí por ahí que "es un cine sin ánimo de lucro". Volviendo al símil de la pintura arte… ¿Picasso o Dalí —por no hablar de Andy Warhol o Botero— han sido o son pintores sin ánimo de lucro?

Y resulta que Hollywood le ha gastado millonadas en producción, publicidad y demás demonios del capitalismo salvaje a obras maestras del cine de todos los tiempos, mientras que a nombre del culto al autor y al bajo presupuesto se han realizado miles de películas pretenciosas que no dicen nada.

Como muy bien señalaba Diego Garzón en la edición pasada de SoHo, las películas de Dago García encajan perfectamente en la definición de cine arte. ¿Qué hacer con Munich, de Steven Spielberg, el paradigma por excelencia del cine comercial de Hollywood? Si uno la coge empezada, podría pasar por una película de Costa Gavras, uno de los popes del cine arte de autor comprometido: sucede en los años setenta, tiene que ver con política, con terrorismo, con el Mossad… "Cine mamerto", que llaman ahora.

Y es que negar a Hollywood lleva a otra clasificación burda y estúpida: calificar de "mamerto" a quien ve películas que no forman parte del gusto convencional de las masas. En los últimos años les ha dado por ahí en llamar "mamerto" a todo aquel que no se comporta como miembro obediente del rebaño. Mamerto el que se opone a que el ejército les dispare a los indígenas del Cauca, mamerto el que se horroriza por el trato infrahumano que les dan los dueños de los ingenios de caña de azúcar a los corteros, mamerto el que estudia Antropología o Historia en vez de Administración de Empresas o Relaciones Internacionales. Y, por la misma vía, llaman mamerto al que prefiere Ocho y medio a Titanic.

Y resulta que Andrés Caicedo, a quien en estos burdos tiempos el rebaño uribista calificaría de mamerto, era un defensor a ultranza del buen cine de Hollywood y criticaba de manera despiadada los excesos y desaciertos de los grandes maestros del cine europeo y latinoamericano.

En últimas uno ve películas y la verdadera gracia del cine es que uno puede pasarla muy bien tanto con Harry Potter como con El desierto rojo de Antonioni.

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