Un partido de béisbol es lo último que esperaba ver en mi paso por el Sahara. Pero el bateador está ahí. Lo veo, como un espejismo: calza turbante en lugar de casco y los jugadores corren descalzos por la arena. Al sureste de Argelia, donde aterricé esta tarde, las carreras de camellos son el deporte tradicional, las mujeres visten velo y como el calor sube sin esfuerzo a los 50 grados, los espejismos son cosa de todos los días: lagos cristalinos, bosques de palmeras. Un partido de béisbol no es una visión frecuente. La afición beduina realmente está ahí y festeja cada jugada bajo un sol fulminante como un batazo en la nuca.

Para ser exacto, esta tarde estoy en la Hammada, una región del Sahara que los beduinos conocen como el desierto del desierto. Es decir que además de agua, aquí tampoco hay sombra, ni caminos y mucho menos antenas para captar partidos de los Red Sox o los Leones de Caracas. Por eso es inexplicable que la pasión por el bate haya llegado hasta este punto; donde el único rastro humano que uno puede encontrar es un campamento de refugiados de guerra.

De hecho, aterricé en el Sahara para reportear la vida en un campamento donde el calor es tan ingrato que hasta respirar duele. Es un reportaje difícil y no puedo perder detalles. La historia es así: a fuerza de napalm y metralla, Marruecos invadió en 1975 la ex colonia española Sahara Occidental y desde entonces unos 165.000 saharauis viven refugiados en la Hammada argelina. Yo debo contarlo todo en un diario de España: los refugiados pasan sus días en tiendas de la Cruz Roja, beben agua que llega en camiones y se alimentan de lentejas, arroz, aceite y harina que aterrizan una vez por mes en cajas de la ONU y nunca es suficiente. Pero un beduino aparece de golpe bateando una pelota revestida en cuero y la historia da un vuelco, porque la visión es real. Tan real, que el bateador se aparta el turbante de la boca y me habla.

—Qué tal—, dice el refugiado beisbolista, en perfecto castellano. Entonces me siento parte de una película mal doblada o víctima de un espejismo sonoro: la lengua saharaui lleva siglos siendo el hasanía, un dialecto árabe. Sin embargo, la escena no es del todo incoherente: Antes de que bombardearan con napalm, el Sahara Occidental fue por más de cuarenta años colonia de España y por eso no es raro que un saharaui refugiado te hable en castellano. Lo inexplicable es que estos saharauis hablan con un inconfundible acento caribeño y dos por tres deslizan un cantarín —Candela—.

Los buenos viajes te obligan a entender lo inexplicable y este es el caso: la afición por el bate y la pelota cruzó el océano y los beduinos beisbolistas saltaron la enorme barrera cultural que separa al Caribe de la tradición musulmana. A unos 10.000 kilómetros de Cuba, donde el béisbol es el deporte nacional, y en medio del desierto más grande del mundo —ocho veces más extenso que Colombia—, se hace difícil razonar cuando el sol cae sobre tu cabeza como un golpe de karate. Pero la explicación es simple: por más de treinta años el gobierno de Fidel Castro ha becado a unos 5.000 saharauis refugiados para que estudiaran en Cuba. Y ahora, frente a mis ojos, están los resultados: los —cubarahuis—. Son ingenieros, médicos, arquitectos educados en La Habana que matan el tiempo bateando una pelota mientras esperan salir, algún día, del campamento de refugiados y recuperar su país. La ONU, que media en el conflicto, no tiene soluciones a la vista, y el presente, tan real en el Sahara, sigue apareciendo ante el mundo como un triste espejismo absurdo bajo un sol que duele.

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