El ministro Andrés Felipe Arias se levanta después de un sueño intranquilo en el que Piedad Córdoba y Cecilia López trataban de violarlo en un aparatoso ménage à trois. La camiseta talla XS con la que duerme, cuyo estampado reza "No al despeje", está empapada de sudor. Su esposa le pregunta: "¿Otra pesadilla?". Él asiente. "¿La de que Carlos Gaviria queda presidente?". "No", dice Andrés Felipe, "esta fue peor, pero no tengo ganas de hablar de eso".

Andrés Felipe se calza sus Bubble Gummers, hace unos estiramientos y se monta en su triciclo estático para hacer algo de spinning y mantenerse en forma como se lo ha enseñado su jefe. Luego se ducha y se enjabona con furia, tratando de quitarse los vestigios de aquella pesadilla. Una ducha larga como las que se da cuando viene de reunirse con campesinos pobres y malolientes; labor incómoda que no puede esquivar ni delegar, pues quién quita que por ahí haya una cámara de televisión para atestiguar su compromiso social. ¡Ay!, si las plazas de mercado fueran tan aseadas como los supermercados, si estos tipos no trajeran ese desagradable olor a monte… Lástima que no sean tan decentes y aseados como sus amigos palmicultores. Pero, en fin, llegará el momento en que su jefe lo mueva de ese puesto y le dé uno más glamuroso, más acorde con sus capacidades políticas.

Él, por ejemplo, sería un excelente Ministro del Interior. No se quedaría dormido como Holguín Sardi ni tendría la pinta de marrano viejo que caracteriza a Valencia Cossio. Él pondría su imberbe y pulcra presencia al servicio de este gobierno redentor, saldría a gritarle con su voz de barítono a cualquiera que quisiera obstaculizar el proceso de refundación de la patria que adelantan las inmaculadas huestes de la Casa de Nari. Ya lo demostró cuando el Presidente dijo que nadie lo defendía y él salió como un perro guardián, un rabioso pincher, un chihuahua inmarcesible, a capotear el temporal. No le ha temblado la mano para enfrentarse a guerrilleros vestidos de civil, terroristas y asesinos como Robledo, Petro, Carlos Gaviria o Piedad. Él sabe que su talla de estadista lo conducirá a destinos más elevados que las opacas obligaciones de un ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, sobre todo cuando mamertos de toda laya se atraviesan a decisiones tan justas como la entrega de Carimagua a empresarios productivos. Ahora, por culpa del insulso debate que promovió Cecilia López, en el predio trabajan improductivas e incómodas familias de desplazados.

El hilo de las últimas reflexiones se ha tensado hasta producirle una jaqueca. Andrés Felipe, su cuerpo entero envuelto en una toalla de manos, va a la gaveta del baño, saca sus gotas homeopáticas pediátricas y se despacha un par, a la manera de su héroe, jefe y mentor. Se peina de lado las greñas suavizadas con BabySoft y sale al cuarto, se sube en el taburete que le sirve para sacar su ropa del clóset, escoge un vestido entero y una corbata. Se viste y va hacia su espejo mágico, que le devuelve una imagen de niño a punto de hacer la primera comunión. Andrés Felipe se aclara la garganta, pone cara de presidenciable y ensaya un par de frases en tono exaltado: "¡Farsante de los derechos humanos!", "¡Le voy a dar en la cara, marica!", "¡Dejen el gustico!", "¡La Far!….¡La Far!". Luego pregunta con voz melosa "Espejito, espejito, dime ¿quién es el más parecido a Álvaro Uribe?". El espejo le responde "Germán Vargas Lleras". Andrés Felipe se descompone: "¡No puede ser!, ¡pero ese ya ni siquiera es de la coalición!". "No importa", le dice el espejo, "él es lo suficientemente rabioso e intolerante". "Pero… pero, ¡a mí me dicen Uribito!". "Te pareces a Álvaro Uribe cuando tenía doce años", le dice el espejo mágico. "Pero eso indica que soy el segundo que más se parece a Álvaro Uribe", se consuela el Ministro. "Siento decepcionarte", sentencia el espejo, "después sigue Juan Manuel Santos". Andrés Felipe se ahoga en llanto. Su esposa lo llama para que venga a desayunar su acostumbrado Alpinito. Andrés Felipe se seca las lágrimas, recompone su imagen, se arregla la corbata y dice, mirando al espejo por última vez y frunciendo el ceño, "¡Ya voy!".

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