A los 42 años todavía no me consideraba lo suficientemente maduro, sensato y equilibrado como para dejar meterme un dedo por el sótano 2. A los 70 podría ser mejor, porque a esa edad uno se tiene más confianza, seguridad y, sobre todo, tolerancia. Cuando llegue al séptimo piso quiero haber superado la barrera del pedo en una hamaca con mis nietos y espero que ya no me importe salir en reversa de un garaje sin mirar hacia atrás. Pero en el cuarto piso, uno no es tan condescendiente. (Contra los influenciadores)

Aunque mi mente todavía sigue en la adolescencia, mi cuerpo se deteriora como la carrera de Juanes. Y por mis antecedentes familiares, donde ya hubo cáncer de próstata, necesito saber si dentro de mí hay algunas células aguardienteras que salen a cabalgata queriendo emborrachar otras células caseras y de buena familia para tratar de reproducirse de manera desordenada como lo hago yo. Además, ya fumé durante siete años, soy como flojo para lo que viene siendo el vegetal y la fruta, y desde que estoy en el útero materno sufro de sobrepeso. Por esos factores de riesgo y por la edad, es hora de hacerme un tacto rectal para detectar la presencia de un posible tumor, que para mí podría ser, quizás, más malo que cualquier papel de Jorge Enrique Abello.

Me lleno de valor, agarro el teléfono y abro la guía médica de mi empresa prestadora de salud esperando que no haya un urólogo de apellido Manotas. Sin importar la distancia que tenga que recorrer para ir a su consultorio, quiero un urólogo que no sea brusco, que tenga un dedo cariñoso, que entienda que esta es mi primera vez y que nuestra primera cita no sea en su consultorio, que por lo menos me invite a tomar un café por ahí cerca. Encuentro todo tipo de apellidos como Valencia, Jiménez, Correa y hasta Cucaita, quien ha debido dedicarse más bien a la ginecología. ¿Cuál de todos ellos tendrá dedos de tamaño promedio? Pero como soy todo un varón, me le mido a Correa, porque ese doctor debe tener los pantalones bien puestos.

Me responde una grabación, me pide que oprima la opción dos. Lo hago de manera suave porque así como uno da, recibe. Necesito hacerme dos exámenes: uno de tacto y otro de sangre que detecta el antígeno prostático y que, al analizar ambos resultados, se descarta o se confirma cualquier peligro. Por fin me contesta una operadora llamada Adriana, que no me confirma si el doctor Correa tiene los dedos largos. Me programa la cita para el 24 de septiembre a las once de la mañana. Señorita, ¿no hay otro día? Es que, ¿cómo me voy a dar semejante regalo de cumpleaños? No me gusta el ponqué con vela. Pero de inmediato recuerdo haber leído que el cáncer de la próstata es la segunda causa principal de muerte. En 2013 habrá cerca de 6500 nuevos casos de cáncer de la próstata y alrededor de 3000 hombres no alcanzarán a comer ni buñuelo ni natilla en el 2014. El índice de mortalidad del cáncer de la próstata está aumentando en Colombia y se ha triplicado en los últimos 30 años. Y como yo quiero cumplir muchos años más para llegar a los 70 rodeado de nietos que se enorgullezcan de su abuelo pedorro, acepto todo lo que me indica Nana, porque ya estamos en confianza.

Durante el atardecer del 23 de septiembre la gente me pregunta si estoy triste porque me paro en la ventana para que me caiga el sol sobre la cara mientras veo cómo se oculta el día. Me siento como si fuera al encuentro con un marinero que deja un amor en cada puerto. Me quedan menos de 24 horas de virginidad en la popa. Ya sé lo que sentían mis novias, tanto sirenas como bagres. ¿Será que ese doctor va a pensar que soy una cualquiera, una próstata cualquiera? ¿Será que lo llamo al día siguiente? ¿Les contará a sus amigos¿Me llamará él primero? ¿Les contará a sus colegas lo que hizo conmigo? ¿Si le facilito su trabajo se dañará mi imagen al saber la clase de hombre que soy? ¿Me quedará gustando y me convertiré en un Bob Esponja? Y de la duda paso a la rabia. ¿Cómo es posible que el hombre ya haya inventado la rueda, el papel, la imprenta, las frutas sin semillas, el cepillo de dientes, las neveras, la calculadora, la pastilla anticonceptiva, el trasplante de órganos, el computador; ya tengamos internet, cambios de sexo, televisión en 3D, código de barras, clonación, fibra óptica, GPS, gafas de realidad aumentada, ya estemos cansados de ir a la Luna, tengamos dinero plástico, podamos ver nuestra casa desde un satélite, adelgacemos 20 kilos con una cirugía, tengamos iPod, iPad, iPhone, carros eléctricos, y todavía una manera de saber si una próstata tiene células cancerígenas sea mediante un humano que le mete a otro humano masculino uno de sus dedos por el recto? (Defensa del hombre que se cuida)

El 24 por la mañana me baño dos veces durante casi media hora, pero aún me siento “sucia”. Escojo los bóxer más nuevos que tengo. Mientras me visto y me miro al espejo, timbra mi celular. Es el fotógrafo de SoHo, quien me pregunta: “¿Bien o no? Qué, ¿calentando motores”. Le respondo: “Sí”. Me confirma la dirección del urólogo. Cuelgo pensando en que no sé bien cómo calentarme el motor para un examen de próstata. No quiero ni imaginarme en qué parte de ese motor se le mete la llave. A las 10:30 salgo de mi casa y me siento como un masmelo cuando lo ponen cerca de una chimenea y al lado de un paquete de pinchos de madera. Llego al consultorio pensando en que estoy pagando para que me hagan esto. Me encuentro con Esteban, el fotógrafo, quien me saluda con sonrisa de mimo. Vino con asistente, quien también me mira el rabo con el rabillo del ojo. Nos sentamos en la sala de espera donde está sintonizado TNT y están pasando Apolo 13. Los tres vemos el despegue de un cohete que se mete muy profundo entre el cielo. Ellos ven mi cara de preocupación y permanecen en silencio. “Mauricio Quintero. ¡Consultorio 6!”. Todos voltean a verme, me levanto con esa pereza escolar que me daba pasar al tablero a resolver una ecuación y me voy como vaca pal matadero.

El doctor Correa es un príncipe, hace parte de la Sociedad Colombiana de Urología y tiene más diplomas que una marquetería. Esteban y su asistente nos toman las fotos y me lleno de tranquilidad hasta que el urólogo les pide que me esperen afuera del consultorio. Me hace unas preguntas de rigor sobre mis antecedentes y factores de riesgo y me dice: “Pasamos a la camilla y nos bajamos los pantalones y los pantaloncillos hasta las rodillas”. Como me hablaba en plural, por un momento pensé que él también quería que yo le hiciera el examen, pero no veo que el doctor Correa se esté desabrochando su apellido. Me pide que me acueste boca arriba, miro el techo y siento que se pone un guante de látex. Oigo que destapa un líquido. Lo miro, es un gel transparente parecido a la vaselina. Se unta el dedo índice, me pide que afloje las piernas y me mete el Apolo 13 sin conteo regresivo. Pero en menos de diez segundos termina de examinarme. “Y… ¿eso era todo, ¿ya acabamos, ¿la molestia de unos cuantos segundos puede darme más años de vida? Doctor, mañana vuelvo si quiere”. Camino hacia su escritorio, me siento y no siento nada. Ni dolor, ni trauma, ni nada. Prefiero esto a sufrir el cáncer de próstata que nos tocó lidiarle a mi papá. El doctor me dice que estoy muy, muy bien pero que por mis antecedentes me va a ordenar un examen de sangre para detectar el antígeno prostático porque son necesarias ambas pruebas para descartar cualquier riesgo. Me despido mucho más tranquilo y salgo feliz. El fotógrafo y su asistente me preguntan cómo me fue. Solo me resta decirles que para ser macho hay que ser todo un varón. Por eso, para vivir más no hay que tener dos dedos de frente, sino uno por detrás. (¿Cómo una traba con marihuana puede terminar en el peor de los planes?)

PRODUCCIÓN: LUCY MORENO / NICOLÁS PINZÓN / AGRADECIMIENTOS ESPECIALES: JUAN PABLO BUSTAMANTE REHABILITACIÓN Y ENTRENAMIENTO FÍSICO EMAIL: JUANPABUSTAMANTE@GMAIL.COM.

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