La tarjeta de presentación de un artillero es muy sencilla. Dice: “Juan Pérez” y debajo, su oficio: “Goleador”. Detrás, números. No de teléfono, de goles. En el caso de Radamel Falcao García, “34, 38, 36, 34…”. O sea, la deslumbrante cifra de conversiones que llevaba año tras año en su desembarco europeo, primero en el Porto, luego en el Atlético de Madrid, el club que parecía ser su edén futbolístico, pues revestía sus proezas en la red con triunfos importantes y notoriedad europea, universal. Desparramaba alegría, generaba orgullo.

Ahí, Radamel abandonó el Atlético para ir al oscuro Mónaco, de un magnate ruso amigo de Jorge Mendes, el todopoderoso agente de Falcao. Fue como fallar un penal en la final del mundo: entonces escribí en El Tiempo una columna titulada “No eligió la gloria”. Se alejó de ella tentado por un contrato que solo tiene una decena de futbolistas en este planeta. “¿Y usted qué sabe de cómo son las cosas…?”, me prepotentearon. “La empresa a que pertenece su pase lo obliga y debe ir”. Falso. No existe la esclavitud en el fútbol; menos para los jugadores, que tienen autodeterminación para elegir club y representante. Si firmó con un fondo de inversión que le ordena su derrotero es porque quiso. A cambio se convirtió en archimillonario. Pero está escrito lo que ocurre cuando se prioriza lo económico sobre lo deportivo; Florentino Pérez da fe…

Efectivamente, cuando Falcao se marchó, el Atlético abrazó la gloria. Le dejó su silla a Diego Costa, sin duda, un elemento de menores condiciones pero que estaba en el lugar justo, en el momento justo. El brasileño recogió los frutos sembrados por el de Santa Marta. Y a fuerza de castigo por tal desatino conductivo, llegó aquella infausta rotura de ligamentos, en el momento menos indicado. Era “su” Mundial, fue el de otros. Y a partir de allí, lo que sabemos: una cadena de infortunios. El Manchester United, una meca dorada pero con Van Gaal, hombre de comprobada animadversión hacia lo latino. El rescate de Mourinho para el Chelsea; a Mourinho, que lo van… Y una nueva y larga lesión muscular. Total, que aquella tarjeta personal que rezaba “34, 38, 36, 34…” pasó a ser “34, 38, 36, 34, 4, 1…”. Se afeó. Falcao hacía siete goles en dos semanas, ahora lleva siete en dos años.

Y en medio de todo ello, varias citaciones de Pékerman para la Selección, con resultados menos que pobres. Hasta que José no pudo respaldarlo más y lo mandó al banco. Ahora vive el escarnio de la ingratitud. El piropo más suave que le dedican es “paquete”. El público puede llegar a ser muy cruel. Y gusta de endosarle a la prensa facturas que no debe pagar: “Primero lo endiosan y luego lo hunden”. En absoluto, los periodistas dijeron que era un fenómeno cuando lo era y que no anduvo cuando decreció su nivel. También Radamel culpa al periodismo; tiene cierta lógica, es más fácil eso que meter goles. El periodismo no es responsable de sus desdichas.

 Radamel cumplirá sus primeros 30 años sin fútbol, sin goles, inactivo. Para un predador —que es un goleador—, es como tener hambre y no poder cazar una paloma. No obstante, de este crudo presente a definirlo como “paquete” o “fiasco” hay un trecho del grosor del Mediterráneo. Nadie se lesiona porque quiere. Y nadie se jubila a los 30 en fútbol. Menos por un desgarro. Falcao dice estar totalmente recuperado de su rodilla, y le creemos. Lo muscular no es relevante. Más cuando se tiene la envergadura física del Tigre. Y sus condiciones técnicas, su determinación en el área, su olfato. Posee el potencial para tres o cuatro años de alto nivel.

Claro que primero deberá volver a priorizar lo deportivo. Para ello debe recuperar la soberanía sobre su destino (si la traba es un fondo inversor, ¿liberará este su inversión…?), hallar un club donde tal vez cobre mucho menos, pero en el que se sienta importante, con un entrenador tipo Simeone, que lo tenga verdaderamente en cuenta, lo valore y lo estimule. Así volverá a rugir en plenitud. La Selección es otro problema. El equipo carece de juego, de creatividad y armado, lo cual damnifica a los atacantes. No se trata de que le den la bola servida sino de que le llegue alguna vez una pelota decente.

Lo hemos escrito antes: con el debido respeto, ni Bacca ni Jackson ni ningún otro atacante colombiano en su mejor momento alcanzó nunca el nivel de Radamel en la Eliminatoria de 2014 o en sus producciones en Porto o en Atlético de Madrid, incluso en River. Es un centrodelantero espectacular y vigente, que tiene 150 goles más para dar. Lo de él es todo solucionable, con tratamiento se arregla. Lo que no se cura es la ingratitud. No hay pastillas para eso.

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