Usted es un personaje polémico y ha levantado polvareda al decir, por ejemplo, que los futbolistas son prostitutas con uniforme…

Creo que esa frase me va a inmortalizar. También una diferencia que tuve alguna vez con unos policías que agredieron a mi papá. Y aunque hoy manejo la mejor relación con la institución, quisieron vender que yo era un problema para ellos. Cada vez que me sancionan, hablan toda una semana de eso. Pero cuando uno tiene a Dios desde el corazón, uno tiene que estar tranquilo. Más me demoro en poner la cabeza en la almohada que en caer profundo.

¿Se arrepiente de haber dicho esa frase, la de los futbolistas?

Esa frase es sacada de contexto: en una disertación de más de siete minutos que yo estaba haciendo, decía que las instituciones que tienen una condición dominante, como Millonarios, como Nacional, como Cali, no deberían quitarnos a los equipos nuevos los jugadores que hemos formado desde divisiones inferiores sin que nosotros recibamos un peso. ¡Y ya somos diez los equipos ascendidos de la B! Infortunadamente, dos personas que estaban en esa asamblea me grabaron… y cuando usted desglosa la frase, suena muy fuerte, incluso vulgar, pesada. Pero dentro del esquema en que se estaba hablando era una frase que tiene una completa resonancia, toda vez que el jugador de fútbol está en todo su derecho de buscar un mejor futuro cuando se le acabe su contrato, pero, obviamente, respetando las instituciones y pagando por todo lo que estas invirtieron en él desde que era un niño. Le garantizo que donde los que hubiéramos grabado una disertación ajena hubiésemos sido Salazar o Pimentel, nos hubieran extraditado. A la fecha, y pese al testimonio de Erazo y Cadena como testigos presenciales, el hecho se encuentra en la más absoluta impunidad.

¿Tampoco se arrepiente de lo que dijo después de echar al técnico Jorge Luis Bernal: “Si usted tiene una empleada de servicio y le pide huevos, y le hace es torta, pues usted la saca”?

Puede que no haya sido el camino, puede que hubiera sido más elegante despedirlo en la oficina, pero es que yo ya lo había hecho con él en el camerino, ya le había dicho delante del grupo que le agradecía su esfuerzo, pero que había que cumplir y que habíamos tomado la decisión de prescindir de sus servicios. Lo que pasa es que hay una mala prensa en el país que le va a buscar la comba al palo a cualquier gesto que yo haga. Mire, nadie dice nada cuando uno trae un entrenador fracasado o que está en el archivo o que está guardado en el clóset del olvido. Por ejemplo, traje a Bernal, que venía de ser licenciado en dos equipos, y nadie dijo nada. Pero cuando tomamos la decisión, y hablo de mi comisión, de mi comité ejecutivo, de pedirle al señor Bernal que se fuera, ahí sí hablan de mí. Y, además, ¿será que una empleada del servicio carece de dignidad frente a la de un entrenador de fútbol?

¿En general, cómo se porta la prensa con usted?

Pocos hablan de lo que hemos hecho en Itagüí: teníamos 5000 niños en semilleros que el alcalde actual entregó a las escuelas del Real Madrid, y cambiamos la imagen de la ciudad por completo, pues antes la relacionaban simplemente con la cárcel de Itagüí, como ahora sucede con Cómbita. Además, somos el primer equipo profesional que se metió en una disciplina distinta al fútbol: el fútbol sala; fuimos campeones dos veces de la Liga Argos, campeones de la copa Merconorte en Venezuela y el 27 de marzo disputaremos en Brasil la Libertadores Futsal. Pocos conocen eso y pocos lo comentan. Pero, en general, la prensa es amiga nuestra.

¿Es verdad que usted insultó y provocó a unos hinchas de Millonarios?

Digamos que eso fue una desinformación del señor Carlos Antonio Vélez, quien luego de que lo conminara públicamente a través de una carta, con su silencio reconoció que yo tenía razón. Máxime cuando allí estaban Silva, el expresidente de Millos, y un accionista, ambos amigos personales. A Millonarios lo tengo en mi corazón pues fue allí donde debuté como futbolista. Pero eso fue una completa falacia, una bellaquería, simplemente uno de los tantos mitos que hay en torno a mí. Dicen hasta que yo bajo al camerino con pistola, que soy Juan Charrasqueado, que soy brujo…

¿Brujo?

Resulta que soy un hombre de profunda fe y antes de los partidos me echo agua bendita. Cualquier día llegué al camerino y les eché agüita bendita a mis jugadores en la cabeza, entonces se vendió el tema de que soy brujo. Esa era la única que me faltaba, “el Brujo Salazar”; pues si quieren, vengan y les hacemos consulta…

¿A qué atribuye esa fama?

Una cosa es el temperamento, la tozudez, la berraquera que tengo, y otra cosa es la campaña de desprestigio que hay contra mí en cabeza de equis personas.

¿Quién lo quiere desprestigiar?

Son varios. Uno de ellos está manejando en estos momentos el tema de las trasmisiones del fútbol, e increíblemente se está comiendo el 2,2 % de un contrato de televisión, cuyas cifras son 60.000 millones de pesos por año. Y ese 2,2 %, que es cerca de 1500 millones, es más de lo que reciben todos los equipos de la B en conjunto por derechos de televisión. Y lo he dicho públicamente. Yo pensaría que si usted hace un convenio, si usted me trae el contrato de televisión, le pago una vez y se acaba el problema. Además, la producción de televisión la hace un tercero cuya empresa también la maneja este señor, quien con recursos de la producción del fútbol está haciendo la producción de baloncesto. Eso es absurdo. Hice las cuentas en una asamblea de la Dimayor, donde dije: “Vea, si nosotros como Dimayor asumimos la producción de televisión, nos podrían quedar del orden de 1 a 1,5 millones de dólares al año para los equipos de fútbol”. Como soy contradictor suyo, no sé si basado en eso haya una campaña de desprestigio desde ahí también. Porque, aunque soy amigo de la inmensa mayoría del periodismo, hay periodistas que me la montan, y muchos de ellos tienen una doble moral enorme.

¿Por ejemplo quiénes?

Puedo hablar de uno que anda en la costa atlántica, montado en un yate prestado por un industrial antioqueño, paseándose por los campos de golf, porque es bien criollito, pero no sé cuándo adquirió sangre aristocrática. Me cuentan que próximamente un muchacho que purgó una condena en Estados Unidos, hijo de una gente otrora muy poderosa aquí en Colombia, va a publicar un libro muy polémico y le va a dedicar un capítulo a ese periodista… Me muero de las ganas por leerlo a ver qué sale ahí.

¿No va a decir el nombre?

Nooo… Solo digo que es famoso y que yo no sé si está enamorado de mí o qué, o su gusto por el clorhidrato lo lleve a verme como enemigo, porque en cada transmisión, en cada entrevista, cada vez que abre la boca, habla de mí.

¿Lo que usted dice es que es un periodista fletado por la mafia?

Hoy no lo creo. Pero tengo un vago recuerdo de ese personaje en un evento cuando yo era futbolista… Cuando yo era un pelado y jugaba con Millonarios, en pleno año 89, vi a  este periodista que le digo con el dueño del equipo.

¿Con Rodríguez Gacha?, ¿por qué no dice quién es ese periodista?

Esperemos, que todo eso se sabrá.

Usted era jugador en 1989, cuando suspendieron el torneo porque mataron a un árbitro, cuando el narcotráfico estaba completamente metido en el fútbol. ¿Cómo se vivía eso por dentro?

Lo que pasa es que el fútbol es una pequeña sociedad dentro de esta gran sociedad, y no es ajeno al fenómeno que sucedió en el país en esos años. Nosotros simplemente éramos empleados de los equipos de fútbol…

Pero usted jugaba en Millonarios, que era de Gacha, ¿lo conoció?

No estuve sino seis meses en Millonarios y, para ser sincero, lo vi solo una vez, en un asado.

¿Dónde, en su finca de Pacho?

Yo no conocía bien en ese entonces, pero era a las afueras de Bogotá… nosotros ni siquiera teníamos contacto.

Decían, por ejemplo, que Pablo Escobar llevaba a los futbolistas a jugar a una finca con él, por la época en que usted jugaba en Envigado. ¿A usted le tocó?

Para nadie es un secreto que había jugadores que subían a La Catedral en ese entonces, pero uno realmente estaba concentrado en el tema del fútbol, por sacar un proyecto de vida adelante.

¿Los mafiosos pagaban por victoria o por gol?

Lo que pasa es que a uno como muchacho no le tocaban esas cosas. Si eso sucedía, seguramente lo repartían entre los jugadores importantes de la institución y con el personal técnico.

¿Cómo llegó usted al fútbol?

Desde los 7 años yo le pegaba ya a un balón de fútbol y soñaba con ser jugador algún día. Afortunadamente tuve oportunidad de jugar fútbol profesional a los 19 añitos. Resulta que había una filial de Millonarios en Medellín, y el Chiqui García fue un fin de semana a mirar jugadores allá, entre los cuales se encontraba este servidor, este montañerito. Ahí debuté, pero para junio me informaron que debía irme para el Cúcuta. Pasé también por Quindío, Envigado, Lanceros Boyacá, Rionegro… pero las lesiones me sacaron.

¿De qué jugaba?

Mi mamá dice que jugaba de terco, pero en realidad era central. Era muy técnico, me comparaban con Andrés Escobar, y eso que yo jugaba sin un riñón. Por eso cuando me preguntan qué estudié, respondo: “Soy muy estudiado, pero por el departamento de Nefrología de la Universidad de Antioquia”.

¿Cómo así?

Nací sin un riñón, será eso lo que me hace dar tanta rabia…

¿Cuándo se dio cuenta?

Estábamos en una finca en el occidente antioqueño, y yo maluco toda la Semana Santa, enfermo, apestado. El siguiente lunes llegamos a hacernos un chequeo ejecutivo y ahí determinaron los médicos que no tenía sino un riñón. Lo simpático es que, saliendo de la clínica, mi madre, con su fino humor, me dijo: “Hijo, qué inseguridad, te robaron un riñón y ni cuenta te diste”.

¿Eso fue hace cuánto?

Hace diez años. Yo ya había jugado fútbol, ya me había retirado. Y los médicos dicen, y este es un mensaje para mis contradictores, que me voy a morir de una cosa distinta a lo del riñón.

¿Cuál fue el mejor futbolista con el que usted jugó? Porque a usted le tocó una época de grandes futbolistas.

Ese Goycochea era un monstruo… Era un tipo que orientaba muy bien desde atrás, pero además era un hombre humilde. Los argentinos siempre han tenido ese estigma de agrande y de prepotencia, Goycochea no. Igual jugué con futbolistas de mucha importancia: la Gambeta Estrada, Rubén Darío Hernández…

¿Cuál era el jugador más difícil de marcar en su época?

El Pipa de Ávila… era un demonio, había que contratar una moto para marcarlo.

¿Qué mañas usaba para marcarlo a él, por ejemplo?

Yo les decía de todo a los del otro equipo, era parte de la estrategia de guerra. Una vez estábamos jugando con Cúcuta contra el Millonarios del Pájaro Juárez, en 1989, y lo hice echar.

¿Cómo?

Le decía cosas al oído: “Tu novia me atendió muy bien esta semana”, “esos chocolates que llevaste no me gustan, cambiá los chocolates”, y el tipo en un tiro de esquina enloqueció, me pegó y lo expulsaron.

¿Se dejaba provocar?

Sí, claro. Yo era muy pintoso en ese entonces y una vez, en un partido con Nacional, Barrabás Gómez me sacó de casillas. No sé cómo no me echaron: me gritaba que me fuera a un sitio de modelos que había en Medellín que se llamaba Caras Lindas, que a mí me iban a contratar allá, que yo no servía para jugar fútbol sino para Caras Lindas.

¿Quién no se dejaba ablandar por nada?

El Pibe Valderrama. Le metían, le tocaban los testículos y ese hombre no… no, eso era un genio, el mejor 10 que ha existido en la historia.

¿Qué anécdota lo marcó en su época de futbolista?

Hay muchas, muchas… Una vez llegó un muchacho muy humilde al Cúcuta, y en una entrevista dijo que estaba dedicado a la lectura. Entonces, el periodista le preguntó qué estaba leyendo, y respondió: “No, estoy leyendo en estos momentos unos libros de la gata triste”. “¿De la gata triste?”, preguntó entonces el periodista. En realidad era de Agatha Christie.

¿Usted jugó con el Tino Asprilla en Cúcuta?

Sí, claro.

¿Era tan rumbero como dicen?

Recuerdo una vez que el técnico bajó a buscarlo a la habitación donde yo permanecía, pues yo era el único que tenía un televisorcito de 14 pulgadas, tenía mi betamax y tenía mi grabadorcita… los demás vivían arriba casi en un gueto de habitaciones de tres por tres con dos camas. El caso es que Faustino se nos había volado, y tocó buscarlo donde las “Gutiérrez”… Lo sacamos de allá a las tres de la mañana y al otro día fue figura: ¡hizo dos goles, y yo, un desastre!

¿Y usted no rumbeaba?

No mucho, pero no voy a decir que era un santo…

¿A qué se refiere?

Resulta que en mi época existía la pichicata, la pepa: una medicina que preparaban en Bucaramanga, una droga que se llama Daprisal, una locura. Alguna vez me metí un cuartico para jugar y a los dos segundos me expulsaron: tiré una patada de karateca que no parecía de jugador de fútbol. Tuve que llegar al hotel y salir a correr tres horas. Entonces dije: en la vida me vuelvo a mandar una joda de estas. Hoy en día, eso está muy vigilado, y gracias a Dios ha llegado el control de doping al fútbol colombiano.

¿Cómo eran las concentraciones en esa época?

Muy diferentes, muy pobres, si acaso teníamos el televisorcito y el radio. Ahora no: hay que buscar la forma de que el jugador se desconecte a las 11:00 de la noche, porque tiene WhatsApp, Instagram, Twitter… Nosotros, por ejemplo, tenemos unas multas para los que sorprendamos en las redes sociales a altas horas de la noche. Un jugador que se está preparando para una competencia importante debe estar a las 10:30 de la noche ya descansando, preparándose para el partido del otro día.

¿Cuál es el estadio más difícil en el que uno juega en Colombia?

El estadio más pesado, en el que yo nunca pude ganar, es el de Santa Marta. ¡Qué cosa tan miedosa! Allá le quitan a uno el agua en el camerino, el olor a heces es horrible, le desconectan a uno el ventilador, el tema del viento, la loca: vos estás esperando un balón aquí y cuando menos pensás el balón está por allá como a dos metros. Es una plaza dificilísima, garantizo que el día que ese equipo vuelva y suba jamás va a volver a descender.

Usted pasó de ser futbolista a ser distribuidor de cerveza, ¿cómo dio ese salto?

A mis 5 años vendía corozos que mi padre traía de correrías. Mi madre cuenta que, sin saber leer ni escribir, le pedí que me ayudara a hacer un aviso: “Venta de corozos a 25 y 15 centavos”. Además, empecé a trabajar a los 16 años; estudié Ingeniería de Petróleos en la Nacional y después Ingeniería Civil en el Politécnico; jugué fútbol profesional hasta donde pude y después de eso me dediqué once años a vender cerveza por todo Medellín, arriesgando mi vida, mi pellejo y todo mi patrimonio con unos camiones de Pilsen. Empecé con un camión y fui creciendo hasta tener más de 20. Es un negocio supremamente duro, donde nunca tuve una Navidad para mis hijos, porque fueron once años de trabajo constante.

¿Es buen negocio tener un equipo de fútbol en Colombia?

Uno grande, sí.

¿Y uno nuevo, sin hinchas?

La clave para apalancar al Itagüí y para hacerlo sostenible en el tiempo fue, primero, sentarme con un hombre serio como Gabriel Jaime Cadavid, alcalde de Itagüí en el periodo anterior, que me dio su palabra y su respaldo durante los tres años y medio de su gestión. Durante los dos años siguientes recibimos el respaldo del actual alcalde, Andrés Trujillo, pero hoy estamos  en vilo, a la espera de la vinculación para el presente año. También tenemos el patrocinio de Colanta, que ha creído en el proyecto desde el principio. Y después de eso —gloria a Dios— hemos empezado a hacer algo fundamental: vender jugadores. Entonces, usted con la venta de jugadores casi que está librando el presupuesto. Nosotros, por ejemplo, este año vamos por muy buen camino.

¿Un jugador cuánta plata recibe cuando es vendido?

No es vender un jugador, es vender los derechos económicos, porque si no sería trata de blancas. En ese contexto, el jugador recibe el 8 % del valor de la transacción, como lo dictamina la Fifa. Basado en eso, es un gana-gana para el jugador, porque, por lo general, se va a un equipo rico, a ganar un sueldo mucho mayor, y se lleva ese porcentaje del negocio.

Ahí va un 8 %, ¿el resto de la torta cómo se reparte?

Para el equipo.

¿Pero entero?

Hay un 10 % de ganancia ocasional, hay un 25 % que se va para impuestos sobre la renta, hay retención en la fuente…

¿Quién le paga al representante o intermediario?

El equipo le paga alrededor del 10 %, pero se puede pactar el porcentaje. Pero yo digo una cosa: no tendría que haber empresarios. Si como equipos de fútbol nos entendemos entre nosotros, no necesitamos intermediarios. ¿Quiénes son algunos empresarios en Colombia? Sé de algunos empresarios de futbolistas que están a la espera de que un jugador esté aburrido en un equipo para decirle: “Renuncie para llevármelo allí y pagarle diez veces lo que le van a pagar allá”. Y el equipo que lo está preparando, que ha invertido en él, se queda sin nada.

Si usted no quiere que se vaya el jugador, por muy buena que sea la oferta, ¿qué pasa?

Si el jugador se quiere ir después de que cumple el contrato, se va, salvo que yo encuentre argumentos lo suficientemente válidos para tenerlo, que básicamente pasan por lo económico.

¿Y si no ha terminado el contrato?

No, tiene que cumplir. Y si el equipo ya no quiere al jugador, igual, tiene que sentarse con él y decirle: “Tenga, yo le pago los dos años de contrato”. Es así de simple.

¿Aquí no hay cláusulas de rescisión como en otras partes del mundo?

No, y eso sería lo ideal. No de rescisión, porque no lo permite la legislación colombiana, pero sí de indemnización, que es lo que hemos querido incorporar: que en los contratos haya una cláusula de indemnización donde diga: “Señor, usted tiene un contrato con nosotros por tres años. Si lo rompe unilateralmente, entonces páguenos tanto de indemnización porque nosotros tasamos que usted cuesta esto”. Así funciona en Europa.

¿Es difícil conseguir patrocinios para los equipos?

En el caso de los equipos jóvenes, como el nuestro, es sumamente complicado hasta conseguir patrocinio para la ropa. Por eso, pienso que desde la Federación deberían gestionarse apoyos a todos los equipos con los patrocinadores de la selección. Simple: que cada patrocinador que quiera estar con la Tricolor (carnita) también patrocine dos equipos colombianos (huesito), y todos felices.

Usted repite que el sistema del fútbol colombiano es injusto con los equipos recién ascendidos…

Mire, los estatutos de la Dimayor consagran que un equipo que ascienda —como Itagüí, como Fortaleza, como Alianza Petrolera— tiene que estar tres años compitiendo y no descender por promedio. Un modelo copiado de los argentinos que está hecho para que vuelvan a descender. Usted compite con equipos tradicionales, que son Nacional, Medellín, Millonarios, Santa Fe, Junior, Cali y Caldas. De resto, a los otros nos toca bailar con la más fea: porque venda una valla en un estadio de Itagüí o compita con esos equipos que se hacen 3000 o 4000 millones de pesos en una taquilla, que puede recoger en patrocinios de camisetas, o en publicidad estática, 5000 millones de pesos. Entonces es una competencia muy desigual, y usted tiene que mamarse tres años con buen promedio, pero después de eso le vienen y le dicen por estatutos: “No, señor, es que usted tiene que pagar 4500 salarios mínimos legales para poder volverse socio tipo A”, que es lo que está pasando hoy con Itagüí. Después de eso me convierto en socio tipo A y empiezo a recibir derechos de televisión y tiquetes aéreos.

¿Cuántos tiquetes le dan?

Hoy, por ser socios tipo A, nos dan 16 tiquetes por cada partido. Este servicio está tercerizado, entonces propongo que más bien busquemos un convenio directo con una aerolínea: ahí nos ahorramos la intermediación y nos ganamos los descuentos. En ese orden de ideas, también se podrían buscar convenios con una empresa farmacéutica, pues todos usamos casi los mismos medicamentos; con cadenas de hoteles, de tal forma que las tarifas por volumen sean más económicas. Incluso pensaría que, dados los tiempos de espera de los viajes, se podría buscar una empresa de chárter que nos ayude a optimizar tiempos y recursos. Próximamente, mis Águilas Doradas contarán con una unidad aérea para tal fin, luego de estudios concienzudos y muy calculados. Si Dios lo permite, su operación con terceros se puede convertir en una fuente de ingresos para la institución.

¿Cuántos hinchas puede tener Itagüí en un partido?

Creo que, contando a mi familia, unos 2050 hinchas propios. Lo que sucede es que en Antioquia y en otras regiones el buen trabajo realizado ha captado adeptos que nos ven como su segunda opción.

¿Cuánto cuesta mantener un equipo de fútbol en Colombia?

Un empresario que quiera tener un equipo de fútbol cumplido como Itagüí debe tener 7000 u 8000 millones de pesos al año, eso siendo un equipo muy austero.

¿Cuánto le paga a la estrella del equipo?

Puede ser un jugador de 10.000 o 12.000 dólares al mes.

¿Y en un equipo grande?

Tengo entendido que en equipos como Millonarios hay jugadores que se pueden ganar hasta 100 millones de pesos mensuales.
Más los premios, ¿cómo se reparten los premios?

Por promedio jugado. Por política, en Itagüí, mi capitán, mi amigo y mi hijo Choronta Restrepo reparte los premios y trata de ser muy equitativo… la señora que sirve el tinto, el utilero, el conductor del bus: todo el mundo se lleva un pedacito, proporcional, obviamente, a su condición y a su posición.

¿Quién tasa el precio de un jugador?

No hay una matriz que desarrolle eso y diga “cuesta tanto”. Simplemente, con base en el mercado, en la realidad de experiencias anteriores, uno simplemente tasa los derechos económicos de los jugadores y basado en eso intenta buscar un acuerdo.

¿Cuánto le dan a un equipo por ir ganando en copas internacionales?

Creo que a un Santa Fe por llegar a una semifinal de Libertadores le puede entrar más de un millón de dólares.

Se habla de técnicos que cobran por poner a debutar a un jugador, ¿eso existe?

Creo que es una realidad que hoy está sucediendo en Colombia: hay técnicos cometeros que obligan a los directivos a llevarse determinados jugadores a cambio de eso. Pero pienso que es una minoría.

Usted es de los directivos que se meten al camerino, hablan con los jugadores, sugieren cambios, ¿un técnico no se siente vulnerado con esa forma de trabajar?

Pregúntele a Leonel Álvarez, que terminó diciendo que ojalá toda la vida tuviera directivos como los de Itagüí, para que le ayudaran de buena fe y sin intenciones negras, como beneficiarse a través de un jugador. Los técnicos son ellos, los que saben son ellos, los que trabajan el día a día; uno es simplemente un “asistonto”. Eso es lo que hacemos nosotros a través de un comité, por lo menos en Itagüí.

¿Qué tipo de cosas les dice a sus jugadores?

El jugador colombiano se nos baja muy fácil. Y es una parte que tratamos de fortalecerles a ellos: les decimos que un partido se puede ganar en el último instante, que una copa del mundo se puede ganar en el último instante, como también se puede perder. Hay que tratar de que el jugador de fútbol esté lo más equilibrado, lo más protegido, lo más arropado posible para que en el desarrollo de los juegos la cosa transcurra con tranquilidad. En la práctica aprendí que con los jugadores de fútbol se gana más con el diálogo que con los gritos: “Se cogen más moscas con una gota de miel que con un barril de hiel”.

¿Qué jugador recuerda que tenga unos cojones que por nada se va para abajo?

Tengo uno: Choronta Restrepo. Es el típico antioqueño, campesino, arraigado como yo, que gane o pierda no se baja. Le pueden decir lo que sea y sale fortalecido. Hay que pensar que puede haber 40.000 personas gritando “Pa’ la calle, hijueputa”, como le gritaban a uno, eso es muy bravo. Eso no lo asimila todo el mundo.

Y es que muchos son unos niños todavía…

Sí, son pelaos, pero eso no es todo. Tuve un jugador, ganador de Copa Libertadores, que un día para un partido lo vi cagado. Y me le arrimé y le dije: “Hijo, ¿qué te pasa?”. Y respondió: “No, es que estoy como…”… “¿Vos es que sos huevón? —le dije— ¿A vos es que se te olvidó cuántas personas en el mundo pueden darse el lujo de decir que son campeonas de la Libertadores? Vos sos un toro, vos sos una fiera, mírate”. Y ahí reaccionó.

¿Ha hecho muchas locuras como dirigente?

Una memorable: en una de las tantas sanciones que me metieron, había un partido crucial y, para poder verlo, terminé disfrazado de mascota. Pero no me aguanté ni 15 minutos, porque eso olía horrible y con esa temperatura en Itagüí, 35 grados, me fui para la casa a oírlo.

¿Qué opina de que la empresa que patrocina la liga colombiana sea también dueña de un equipo participante?

Eso no tiene presentación. Cada vez que hago una referencia a ese tema, se lo toman personal y deterioran mis relaciones con los directivos de Nacional y, por ende, con Postobón. Mi posición como hombre de fútbol o como aficionado es que lo más sano que le puede pasar al fútbol colombiano es que quien llegue a comprar el nombre de los torneos no tenga equipos. No estoy diciendo que es lo más ético y lo más moral, pero sí lo más sano, porque levanta suspicacias. Soy uno de los que van a proponer en la próxima asamblea que se abra una subasta pública para la compra de los nombres de los torneos.

¿Usted les paga a sus jugadores salud, pensión y todo lo de ley?

Todo. El futbolista colombiano está en el mejor momento de la historia en materia de contratos. Además, tenemos a Coldeportes encima. Le digo una cosa: tuve que crear una gerencia solo para responder a Coldeportes, a la Dian...

Usted ha tenido diferencias con Ramón Jesurum, presidente de la Dimayor.

Mis diferencias con la Dimayor han sido profesionales, no personales. Eso sí: pienso que acá debería funcionar como en Argentina, donde una única entidad maneja el fútbol, la AFA. Así, lo ideal sería que la Federación asumiera las funciones de la Dimayor, que el año pasado tuvo ingresos por 20.000 millones de pesos, y que los dineros correspondientes a esa economía se reflejaran en todos los equipos de la liga.

Usted enfrenta en este momento una sanción de tres meses por sus declaraciones, ¿no cree que es hora de hablar con más mesura?

Me considero en el concurso mundial de giles, por no decir de huevones como el más, porque es que nosotros en la Dimayor aprobamos leyes que a nosotros mismos nos reprimen la libertad de expresión. Hoy estoy sancionado por tres meses, porque en mi cuenta de Twitter escribí que tenía serias dudas sobre un árbitro. ¡En Twitter! ¡Es lo más absurdo del mundo! Y yo, honestamente, no sé cuál es el criterio de selección para darles a los árbitros esta belleza de escarapela Fifa. En lo que sí creo es en un buen trabajo de la Comisión Arbitral, en cabeza del doctor Vargas.

¿No se va a callar entonces?

No me callaría mis verdades, ni siquiera estando a 35 grados dentro de un disfraz inmundo de mascota.

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