Una de las polémicas de este verano en la costa este de USA ha sido la escandalosa posibilidad de legalizar la marihuana en Washington DC. Bueno, “legalizar” es mucho decir y tampoco la palabra “despenalizar” resulta adecuada. La anatematizada propuesta no va más allá de reivindicar el modesto derecho a poseer dos onzas de marihuana y a cultivar tres plantas del diabólico arbusto. Esa demanda ha bastado para que los guardianes de las esencias morales de este gran país hayan salido de sus cavernas climatizadas donde invernaban en compañía del resto de la fauna paleolítica para recordar públicamente, léase inventar, los daños irreversibles que padecerán la decencia y la integridad de sus compatriotas si los legisladores prestan oídos a tan peligrosa iniciativa.

El movimiento represivo se llama Two is Enough, es decir, “con dos basta”, nombre que se refiere a que ya es bastante malo que haya dos drogas recreativas legales —el alcohol y el tabaco— como para que se autorice el uso de una tercera, la marihuana. Los voceadores de la franquicia cuentan y no acaban sobre los daños sin medida que provocan hasta ahora las dos drogas legales y que permiten imaginar el apocalipsis que supondría unir a ellas otra más, la tercera sin discordia. Uno de los más elocuentes de esa banda de escandalizados escandalosos es un antiguo congresista que cierto día estrelló su convertible contra la barrera de cemento que protege el Capitolio (¡en qué iría pensando el hombre!) por culpa de ciertas drogas que, para colmo, le había prescrito el médico. Si llegan a ser sin receta, a lo mejor vuela la Casa Blanca... Que se escuche con seriedad semejante testimonio en el asunto de la marihuana es tan ridículo como si fuese respetada la opinión sobre los riesgos del montañismo de alguien sin otra experiencia en cuestión de desniveles que haber intentado un día bajar la escalera de su casa en bicicleta.

Pero incluso esa ridiculez, que puede hacernos reír en un primer momento, encierra algo grave y dañino para la libertad que maldita la gracia que tiene. Las bebidas alcohólicas, el tabaco, la marihuana, los ansiolíticos, como también las creencias religiosas o las aficiones artísticas, son opciones que se ofrecen a la libertad de los seres humanos para aliviar el peso amenazador de nuestra mortalidad, que abruma a todos los seres capaces de pensamiento. Evidentemente pueden ser mal utilizadas en ocasiones, sobre todo cuando los oscurantistas niegan una información fiable sobre sus efectos, pero también ofrecen consuelo y permiten dar a la vida racional así reforzada un sesgo creativo que de otro modo permanecería bloqueado por íntimos terrores ciegos. Ya hace más de dos siglos que Lichtenberg nos avisó en uno de sus aforismos de que “más de un verso afortunado de Shakespeare puede deberse a un vaso de vino bebido a tiempo”. Prohibir esos remedios responde solamente a una enemistad no ya solo con la libertad humana, que elige e inventa constantemente la vida que gozamos y padecemos, sino con la propia cordura a la que aspiramos como el mayor de los dones. En nombre de la ortodoxia fanática (miremos lo que está ocurriendo con el Estado Islámico) o de una higiene no menos invasora, los puritanos pretenden sacralizar la angustia psíquica como única y última humanidad realizada. Dicho sea sin remilgos y desde mis más sinceras entrañas: ¡malditos sean!

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.