¿Es posible dejar de fumar, para siempre, cuando uno convivió medio siglo con el cigarrillo en una relación tormentosa de amor y odio? ¿Y cuando uno supone que el ‘para siempre‘ a su edad no es una opción demasiado larga, y sabe que muchas cosas dejaron de importarle, menos el cigarrillo, o las ganas de dejarlo? Fui a preguntarle al doctor Horacio Giraldo Estrada en su consultorio, en un sexto piso. ¿Debo describirlo? (Regaño al jovencito marihuanero)

El consultorio del doctor Giraldo se parece a los de todos los médicos modernos por la limpieza, el mobiliario de maderas nobles, el biombo que oculta la camilla, y las escarapelas colgadas en el biombo, recuerdos laminados de seminarios, coloquios, simposios y talleres a los cuales asistió en el cultivo de la profesión. En los anaqueles entre libros, en las mesas sin polvo, hay fotografías de excursiones de familia, de padres, hijos, una esposa, el sobrino que también debe ser médico por el modo de sonreír. En las paredes las pequeñas certificaciones enmarcadas que acreditan la asistencia del doctor a esos seminarios, coloquios, simposios y talleres, hacen parada de honor al diploma de la corona: el del título sembrado de mayúsculas góticas, rúbricas de rector, escudos anacrónicos. El del doctor Giraldo está en latín. Yo le pregunto por qué diablos los jesuitas insisten en usar esa lengua muerta.

El doctor Giraldo calla como un muerto. Prepara lo necesario para nuestra entrevista y para la auscultación consecutiva de mis vísceras mayores, mis latidos, mis secretos resuellos, la tensión arterial. Es un hombre ocupado. Una hora nos regaló como un privilegio a la revista.

Los doctores ya no usan estilógrafos Parker como antes, de pluma de oro, aromáticos a tinta fresca, esas plumas encabadas en un trozo de mármol con aplicaciones de bronce, sino computadores. Giraldo Estrada hace silbar el suyo con un toque, pone papel en la impresora de última generación, y me mira. Le pregunto si es de Medellín. O Manizales. De Medellín. Responde distraído. No se acuerda de Medellín porque llegó a Bogotá de nueve años. Y me pregunta a quemarropa si quiero dejar de fumar. Sí. Y no. Respondo. Con sinceridad y ambigüedad. Siempre sucede con los vicios. Uno los detesta y los quiere.

Giraldo me obligó, me incitó será mejor decir, a narrar mi experiencia con el cigarrillo: cómo nació el amor, cómo evolucionó el odio, en qué valoro los tormentos de una dependencia hasta el punto de llevarme a buscar ayuda profesional contra el hábito insulso. Para empezar le digo lo que creo. Creo que fumo a pura fuerza de voluntad. Rechazo el cigarrillo, me descompone, me produce ardores en el sistema digestivo desde su comienzo en los labios hasta la cloaca pasando por el epigastrio y el hipogastrio. En una de las primeras fotografías que conservo del niño que fui, Abel mi tío, un cura de pueblo antioqueño que me tuvo para obispo de Santa Rosa de Osos, está sentado y me abraza con afecto con sus rollizos brazos mientras sostiene un cigarrillo. El humo alcanza mis ojos, que se arrugan, esto crispa la boca, y la contracción facial me da un gesto de resignación que parte el alma.

Cualquiera diría que ese niño odió el cigarrillo en adelante, para siempre. En cambio, desde cuando crucé el límite entre la última infancia y la primera pubertad me di a echar humo sin tregua con entusiasmo de maniático, por placer al principio y después como una fatalidad. Usted es un adicto. Me interrumpe Giraldo. Soy un maldito adicto, acepto yo, empeorándome. Y añado para mí: al aditamento macabro, extensión de las ilusiones como los alicates de las uñas, al cual atribuyen más muertes que al sida, las autopistas y la guerra. Pero vivir es lo letal, no el cigarrillo. Me digo. Y sigo.

El cura no era el único fumador en la familia. Fumaron mis padres, mi abuela, mi bisabuela, mis tías abuelas, mis tías bisabuelas. Tabacos amargos. Cigarrillos dulces. Un primo con ínfulas de artista aparecía a veces por la casa mordiendo una cachimba, ardiendo como un tren, y perfumaban las hebras de la picadura barata que él mejoraba aliñada con hojas de brevo de patio y vino barato o brandy barato como estiló una época barata. No sé si tuve una infancia feliz. En todo caso tuve una, envuelta en los humos de esa planta que asombró a Colón en el Caribe, cuyas hojas usaban los caníbales metiéndose canutos encendidos en la nariz. Piziete la llamaban, si el cigarrillo no arruinó mi memoria. (Ahora todo se me olvida. Menos la gana de fumar). (Elogio del cigarrillo)

Giraldo hizo un mohín. No sé si me rogaba que me callara los pormenores, pero los pormenores son siempre lo interesante. O si se preocupó por el grado de mi hundimiento en el vicio que me llevaba a rastrearle su universal historia.

Esta dice que los españoles adquirieron pronto el hábito de fumar por curiosidad malsana, para espantar los mosquitos, y por aburrimiento entre dos masacres de indios. El tabaco pronto cruzó el vicioso mar, victorioso. Los europeos lo recibieron con alegría, zozobra y rabia. Las leyes turcas prescribían la amputación de los labios de los fumadores. Pero contra la prohibición, siempre sucede, el uso de soplar humo sobre el vecino se popularizó al punto que algunos reyes, emperatrices, princesas y meras damas de compañía se hicieron famosos por la inclinación. Que mereció además odas y elogios como acompañante de solteros, analgésico de amantes nostálgicos, aumentativo del glamour, y excitante de las musas de poetas y poetisas y novelistas un tiempo cuando las novelas estaban de moda y aún no había venido la telenovelización planetaria. George Sand, en confianza llamada Aurora Dupin, se vestía de hombre, y se daba lustre en las tertulias literarias del XIX acentuando su virilidad con el apéndice fálico de sus tabacos importados de las colonias. El tabaco evocaba países exóticos, esos mundos remotos que andan deseando los descontentos en todas partes sobre todo si son artistas. El censo de las pipas en la historia es largo. E infinitas canciones rindieron homenaje al hábito mortal. Sarita Montiel en una película insulsa cantó fumando espero con voz de adicta. Entonces aún dejaban fumar en los cines. Ertha Kith no fue la única que cantó Smoke get in your eyes. Un bolero canta: un cigarrillo la lluvia y tú. Se fuma en los tangos. Cuántas ridiculeces y vilezas estéticas cometimos por esa solanácea de hojas anchas y flores pequeñas y rosadas, que heredaron a la civilización cristiana, en venganza perpetua, los pueblos sometidos de América. Y encimaron la coca. América es tóxica. Y cacofónica. Cacao, coca, tabaco.
Algunos asesinos eminentes como Bolívar y Hitler odiaron el tabaco. Pero no faltaron los cultivadores del vicio entre los grandes carniceros. Churchill fumaba exquisiteces cubanas que combinaba con güisqui del país. Stalin, consta en la iconografía, se mostraba en ocasiones sonriendo con bigotes de humo como el gato comunista que acaba de comerse a Mickey Mouse, detrás de un cigarrillo norteamericano. La nomenclatura de la aristocracia del partido único jamás condescendió siquiera por patriotismo a los cigarrillos rusos famosos por malos y fofos. El odio al capitalismo le duraba hasta que alguien sacaba un paquete de Lucky Strike.

Poco a poco, en una crónica de siglos, el tabaco fue acorralado por el desprestigio. Las ciencias de la higiene, las hospitalarias estadísticas de la clínica y los bomberos sembraron de peligros el gusto bobo. Lobo. Hoy los pobres fumadores somos segregados como contagiosos. Repudiados en ascensores, restaurantes, autobuses, taxis, teatros y un largo etcétera. Un amigo mío decía: soy capaz de imaginarme al Papa fumando, pero no a Jesús. No sé lo que quiso expresar. El tabaco como la democracia es sagrado aunque nos mate.

Yo luché en vano, dije esforzándome por terminar, contra la autoridad de mi atrocidad. Dos veces dejé de fumar en mi humosa vida. Una por cortesía de huésped en casa de un amigo que detestaba la basura que dejaban mis cigarrillos, otra por amor: una novia que tuve consideró que era mi único defecto, y di el adiós a ese lunar único en mi carácter con la que iba a ser la última bocanada. Pero volví a las andadas, las encendidas, las chupadas. Asqueado del negro vicio y siempre detrás de un cigarrillo.

Vivo en un ambiente pútrido. Todo hiede a dragón. La ceniza cubre todo, mesas, suelos, tapetes. El escritorio es un tizón por las quemaduras de mis cigarrillos amnésicos. Los ceniceros rebosan, ofrecen el aspecto de una masacre. Puá.

Esta será la vencida. Me propongo someterme con seriedad a un tratamiento para redimirme del cigarrillo, aunque me duela dejar mi máscara de humo. No es fácil despedirse de los enemigos. Pero que conste. Dejo la responsabilidad de liderar la conspiración contra mi nefasta costumbre al doctor Giraldo. La dirección del proceso, la táctica, la estrategia. El doctor me propone dos tareas para empezar a luchar. Escribir en adelante una pequeña biografía de cada cigarrillo. Las circunstancias que me llevaron al sacrificio del efímero cilindro. Y anotar los motivos puntuales por los cuales haría el esfuerzo de llegar a no fumar sin esfuerzo. ¿Seré capaz? ¿Será posible?

La entrevista duró más de lo convenido. En todo caso a mí me pareció eterna. Mientras imprimía la historia de nuestra primera cita, la impresora de última generación me pareció demasiado lenta, lenta. Es que me moría de ganas de un cigarrillo. El primero de mis últimos cigarrillos, además.

Eso fue lo primero que hice en cuanto puse un pie fuera del edificio. Perplejo. Como ese personaje de Sartre que no sabe si botar unos gatos. Sí. No. Sí. No. Me hizo acodar de Joyce: Ni. So. (Un porro con Kevin Johansen)

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